
Trabajar más no es sinónimo de trabajar mejor y las vacaciones son el tiempo ideal para hacerse cargo de este hecho y apagar el maldito celular.
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A la estrambótica mezcla de thai food con picadito playero, el balneario moderno promete Wi-Fi gratuito para solaz del trabajador hiperconectado: da pena observar al empleadito esclavizado que, con la fruición de un data entry, aporrea el teclado y se compadece de los rayones que la arena provoca sobre la pantalla. Una delicia familiar, una tortura emocional: si para el workaholic las vacaciones pueden provocar el peor síndrome de abstinencia al trabajo, los últimos estudios sobre productividad revalorizan la importancia del ocio en nuestras carreras y demuestran que la receta para ser más eficientes consiste, simplemente, en no trabajar tanto.
Ahí, donde los estatutos laborales argentinos computen dos semanas de vacaciones durante los primeros cinco años de trabajo, en los Estados Unidos se tomarán 16 días por temporada y en Francia, el doble. Entonces, ¿qué nos lleva a mantener ese sometimiento al calendario, esa creencia insana de que cuánto más tiempo se trabaje más productivos seremos? Los europeos fueron pioneros al entender que el ocio aumenta la eficiencia y eso lo plasmaron en audaces leyes laborales, aunque el descubridor de la idea fue el mismo que patentó el fordismo como modelo fabril (¡febril!) de producción: ya en la década del 20, Henry Ford redujo de seis a cinco las jornadas laborales de los empleados de su automotriz, y bajó la carga horaria semanal de 48 a 40 horas. En desafío a la obsesión yanqui por la productividad, el gurú descubrió pronto que el trabajador descansado rinde más. Y si en la playa la obsesión por chequear los mails se vuelve maníaca, que el estudio de la Universidad Nacional de Singapur sirva como ansiolítico: aquellos que pasan menos del 20 por ciento de su tiempo online webeando por Internet son un 9 por ciento más productivos que los adictos al clic compulsivo. O que la revista Cognition anime a cerrar la computadora: un informe confirma que, en cualquier labor intelectual, las pausas breves y periódicas ayudan a mantener la concentración muchísimo más que las maratones extenuantes.
Trabajadores del mundo, únanse en la vocación por un descanso prolongado. Es hora de que los asalariados entiendan que el verdadero lujo de nuestra época es el tiempo: casi como los bosques o las reservas de agua dulce, el ocio es un recurso amenazado. Así lo afirma el periodista alemán Ulrich Schnabel en su libro Ocio, la felicidad de no hacer nada, un manifiesto a favor de la moral del dolce far niente, o la dulzura del boludeo. Si es cierto que vivimos agobiados por la presión laboral y sometidos por la ansiedad de estar siempre conectados, la promesa de Wi-Fi para todos hará de nosotros el pálido reflejo de un autómata atado a la pata del escritorio, aun a 404 kilómetros de distancia. ¿No será hora de ir recalculando?
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