Nuestros hijos nos miran. Encontrar la dosis justa de preocupación y tranquilidad ante el coronavirus.

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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25 de marzo de 2020  • 00:57

Qué importante es que en este momento tan difícil para todos padres y madres busquemos hasta encontrar la dosis justa de preocupación y tranquilidad, miedo y confianza, inseguridad y tranquilidad con lo que estamos haciendo, angustia, y calma, enojo o desánimo y fuerzas para seguir, tristeza y alegría, impotencia y potencia, optimismo y desesperanza, y muchos otros. Ni tan, tan ni muy, muy, dice el dicho popular.

De todos modos es un equilibrio inestable, no perdura en el tiempo, volveremos a perderlo e intentaremos reencontrarlo una y otra vez, tanto para nosotros como para nuestros hijos, porque es nuestra tarea como padres hoy el acompañarlos en sus propias salidas de equilibrio, encontrar y compartir con ellos recursos para volver a la calma.

Si estamos muy plantados del lado de la preocupación la transmitimos a nuestros chicos y ninguno la pasa bien. Si en cambio estamos por demás positivos no vamos a cuidarnos ni a cuidarlos bien ni a enseñarles a cuidarse.

¿Y qué pasa cuando vivimos en pareja? Parece que la humanidad, ¡y las parejas!, se dividen entre, por un lado los hiper-preocupados, ansiosos y necesitados de controlar, y por el otro los negadores que no toleran la angustia y entonces racionalizan y no se conectan con ella. Pero el estado que más ayuda es el intermedio, es decir tener un poco de cada uno. Y es muy fácil en las parejas que conviven que uno se convierta en el abanderado del primer grupo y se angustie por los dos mientras el otro vive relajado y le cuesta esa visión de "fin del mundo" de su pareja, y sin saberlo con su modalidad relajada aumenta la preocupación del primero, y entran en un círculo vicioso en el que uno cada vez se preocupa más y el otro cada vez menos, y los dos se sienten solos y muy poco comprendidos.

¿Cómo encontrar la dosis justa? ¡Parece tan difícil!

Primero veamos qué podemos hacer los que pertenecemos al primer grupo, a quienes con facilidad se nos prenden las alarmas y desbordamos de angustia y preocupación.

En primer lugar estemos atentos a no dejarnos llevar por lo que sentimos cuando entramos en estado de alerta, ya que en ese caso toma el control el sistema límbico -más específicamente la amígdala- que apaga, desactiva, nuestra corteza cerebral humana y pensante cuando "declara" emergencia. Recuperemos el funcionamento del cerebro integrado a través de los medios a nuestro alcance, siendo el principal la respiración profunda, pero hay otros y cada persona va a descubrir -o ya sabe- cuál le funciona mejor: la meditación, hacer actividad física, rezar, técnicas de relajación, visualizar un lugar seguro. Son acciones que por un rato ocupan nuestra mente y no dejan espacio para que crezcan miedos, preocupaciones, enojos, inseguridades. Suelo recomendarlas para los chicos cuando les cuesta dormirse y son igual de útiles para ayudar a nuestra amígdala a volver a la calma y poder volver a funcionar con el cerebro integrado.

También podemos pedir ayuda de otros para volver al eje: con una charla telefónica, o un abrazo del que está cerca.

No hace falta estar en desequilibiro para usarlas, son prácticas que ayudan a sostener el equilibrio y a fortalecernos.

  • Muchas actividades que ocupan las manos y permiten una interacción "enfocada" con objetos y personas también colaboran para mantener la regulación: cuidar el jardín o la huerta, tejer, cocinar, tareas de la casa, lavar el auto, bañar el perro son sólo algunas de ellas. Compartirlas con los chicos es una gran oportunidad de pedirles ayuda y que se sientan útiles, de que nuestra carga no sea tan pesada, de estar juntos y entretenidos con objetivos comunes dando menos tiempo a nuestras cabezas de "darse manija" con cuestiones que de todos modos no podemos resolver nosotros.
  • A grandes y chicos otras actividades como leer, o que nos lean, pintar, escribir, dibujar, jugar, ver películas y series, etc. nos ayudan a volver a la calma. Algunas mantienen la mente ocupada, otras ocupan las manos y dan tiempo para que la mente pueda acomodar ideas y preocupaciones.

El segundo grupo, los que tienden a no preocuparse, puede incluir a algunos que se ocupan bien y por eso no se preocupan , pero en general nuclea a aquellos que no podemos conectar con la angustia y tendemos a negarla y racionalizarla.

  • Queremos sacar a nuestra pareja e hijos de sus preocupaciones pero los dejamos muy solos con ellas, no los acompañamos ni los ayudamos a encontrar un equilibrio mejor, y no los sostenemos.
  • Si nuestra pareja está muy angustiada o preocupada la ayudamos al conectarnos con la preocupación o la angustia -que seguramente la tenemos allá al fondo escondida hasta de nosostros mismos-, al compartirla la ayudamos a relajar la suya y se va a sentir acompañada.

Somos modelo para nuestros hijos, ellos nos miran y aprenden cómo es o cómo está el mundo y cómo manejarse: nos miran cuando nos ofuscamos, protestamos, nos deseperamos, nos miran cuando hacemos de cuenta que no pasa nada, y también cuando saludablemente intentamos ponernos la casa y la familia al hombro, armamos equipo y seguimos las pautas propuestas por el gobierno para pasar la epidemia lo más tranquilos y seguros que sea posible.

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