
Ocurrió un verano en París
Bajo el influjo de No me iré sin decirte adónde voy, último trabajo del best seller francés Laurent Gounelle, LNR recorrió la Ciudad Luz durante la estación que mejor le sienta
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PARIS.— "En Montmartre el cielo es omnipresente y uno respira. La colina es un pueblo y, cuando a la vuelta de una tortuosa calle se ve la ciudad más abajo, ésta parece tan lejana y hundida que uno se siente de pronto más cerca de las nubes que del ajetreo parisiense." Así describe Alan Greenmor, personaje central de la novela No me iré sin decirte adónde voy, el lugar de París donde vive y donde más a gusto se siente. Es en este barrio donde LNR se encontró con Laurent Gounelle (de 45 años), autor del libro y particular compendio de amabilidad, discreta calidez y pausado charme. Casi un recién llegado al mundo editorial, publicó en 2008 su primer trabajo, El hombre que quería ser feliz, un sorpresivo éxito de ventas que en muy poco tiempo (y, según cuenta su autor, fundamentalmente por el efecto de boca en boca) se convirtió en bestseller en Francia y fue traducido a unos 23 idiomas en el mundo. Guiados por sus palabras, buscamos sumergirnos en el París de Alan, personaje que, durante un intenso verano parisiense, decide dar un decidido cambio de timón a su vida. No para convertirse en otro, sino para ser más genuinamente él mismo.
Y aquí está el padre de la criatura, con su segunda novela en las librerías, una tercera en preparación, dedicado en exclusividad a la escritura (lo que incluye el guión de la versión cinematográfica de No me iré…, film en el que participaría el actor Jean Reno), disfrutando del cielo de Montmarte y diciendo que sí, que hace unos cuantos años estudió Economía y vivió mucho tiempo convencido de que en la vida no iba a tener mucho más que una profesión que no le convencía. Hasta que vino el quiebre. A los 28 cambió de rumbo, se interesó por las ciencias humanas, la psicología cognitiva, la programación neurolingüística. En 2006 –el año en que cumplió 40– supo del dolor de perder al padre, de la radical alegría de ingresar él en la paternidad y, además, comenzó a escribir. "Quería compartir con los demás algunos descubrimientos vitales que había hecho –cuenta, entre risas suaves–. Que es posible hacer las cosas de manera diferente y que es importante elegir lo que uno quiere para su vida. Tenía la ilusión de que todo iba a resultar fácil porque me parecía obvio que los demás lo iban a leer: lo estaba haciendo para ellos y no para mí. Estaba siendo ingenuo, es verdad. Pero... ¡el libro funcionó!"
Tras las preguntas y fotos de rigor, nos invita a recorrer y compartir con él un rato más del atardecer en la Butte. Porque sí. Porque le gustan los tiempos lentos y adora demorarse en las charlas plácidas o en el sabor de un buen té. Y porque el lugar, cierto, está lleno de turistas en busca del Sacré-Coeur y del espíritu de la bohemia que merodeaba por aquí a fines del siglo XIX, pero también lo está de franceses que se adueñan de las proverbiales mesitas en la vereda para disfrutar de una copa de vino mientras los últimos resplandores del sol veraniego se dejan ver por entre las callecitas empinadas.

Viaje iniciático
Sin ser mero dato geográfico, la ciudad ocupa un lugar importante en la novela. "Los lugares están vinculados con aspectos emocionales de Alan", explica el autor, además de confesar que, en muchos casos, sus descripciones también tienen que ver con los rastros que el entorno parisiense imprimió en su subjetividad.
Cruza entre ficción y autoayuda, No me iré... narra las diversas pruebas que Alan debe superar para ascender desde el infierno personal que lo impulsa a intentar suicidarse arrojándose de la Torre Eiffel hasta la posibilidad de ser dueño de su propia vida."Un viaje iniciático", acuerda un anónimo visitante suizo que, en medio de la charla, se acerca con prudencia, indaga a Gounelle, y le confiesa que acaba de leer su libro, que lo ha recomendado a sus amigos, que está de paso por París y que, por favor, le firme un autógrafo.
En esta sensible cartografía, los lugares más señoriales de París, como la avenida de los Campos Elíseos, el Arco de Triunfo o la Plaza de la Concordia, estarán ligados a su vida laboral y a los momentos más duros del singular tour de force que decide emprender. Otra línea es la de espacios más intimistas, conectados con una temporalidad distinta de la actual, como la antigua Galería Vivianne o la casa de té Mariage Frères, que ofrecen refugio y serenidad al personaje.
"La novela es una metáfora de la vida –comenta el escritor–. Cuando la gente lee libros de autoayuda, está al tanto del mensaje y eso puede crear resistencias. Pero cuando leés una novela, no estás realmente tan pendiente de los mensajes que se incluyeron en ella. Te proyectás en los personajes y en el modo en que ellos encuentran sentido a la vida. Esto, creo, intensifica la posibilidad de proyección y potencia el aprendizaje."
La influencia de la psicología cognitiva y las técnicas de desarrollo personal se perciben en todo el libro. Junto con una sorpresiva –y demoledora– irrupción de un Jacques Lacan que la trama de la novela no deja demasiado bien parado.
–No lo quiere mucho a Lacan...
–Ha sido más bien una broma. Más que contra Lacan, contra la tradición francesa de sobreintelectualizar. Los franceses respetan mucho la intelectualidad. Pienso que se enamoraron de Lacan. ¡Porque es obvio que nadie lo entiende! [risas] Pero verdaderamente no tengo nada contra él.
Hijo de madre y padre franceses, Gounelle, no obstante, se percibe a sí mismo como proveniente de una cultura diferente. "Mi familia tiene orígenes italianos, españoles, belgas, alemanes –se explaya–. Mi madre, católica; mi padre, protestante. Tradiciones muy diferentes. Puedo sentir la necesidad francesa de intelectualizar y al mismo tiempo reconozco el valor de una actitud más práctica. Cursé parte de mis estudios en Estados Unidos y me sedujo su estilo pragmático."
También en el cruce de dos culturas, Alan Greenmore, de origen francés, criado en Estados Unidos y radicado en Francia en su adultez, piensa al recorrer las calles de París: "Yo, que apenas conocía otra cosa aparte de los centros comerciales de Estados Unidos, impersonales y fríos, me daba cuenta de hasta qué punto los franceses tenían la suerte de poder disfrutar todavía en algunos lugares de una vida de barrio, animada por los pequeños comercios. ¿Eran, sin embargo, conscientes de ello, o iban a dejar que estos últimos se extinguieran y se llevaran consigo el último resto de calor humano que quedaba en la ciudad? ¿De qué serviría consumir más a menor precio en los hipermercados, si era para volver a encerrarse en sitios convertidos en ciudades dormitorio, de donde esas tiendecitas, el alma de las ciudades, habían desaparecido hacía mucho?"
Laurent Gounelle comparte muchos de los puntos de vista de su criatura ficcional, en especial la mirada crítica frente a las posturas economicistas. "Creo que el sistema financiero va a colapsar y esto será un evento positivo, incluso si en el corto plazo resultara duro afrontarlo –asegura, sin que el tema altere su permanente sonrisa–. Creo que los seres humanos nos merecemos un desarrollo que atienda al crecimiento personal y espiritual en lugar de responder sólo a parámetros económicos. No sé si ocurre lo mismo en la Argentina, pero aquí en las encuestas hay un indicador del estado de ánimo de la gente que se basa en el nivel de consumo. Me parece algo estúpido, porque es a la inversa: la gente consume más cuando algo no está bien en su interior. El nivel de consumo no es un buen indicador del estado del espíritu de la gente, aunque en el marco de la cultura occidental se crea que sí."
Ríe al terminar la frase, respira con gusto el aire de una ciudad que sin duda lo conmueve (aunque haya optado por vivir en las afueras, a prudente distancia de la conmoción urbana, logrando que el verde y la calma los rodeen a él, su mujer y sus dos pequeñas hijas). Sus gestos son cada vez más plácidos. Mira a los ojos, se detiene en breve silencios, sonríe con levedad. Parece decididamente alejado de aquel que, cuenta, alguna vez fue: un ser tímido, marcado por un miedo paralizante y hostil. "El miedo está en un nivel profundo de mi personalidad. Algunos tienen problemas con el poder, otros porque quieren ser perfectos… Mi problema siempre fueron los miedos. Tuve que trabajar mucho para liberarme. Hice improvisación, que es lo más aterrorizante que le puede ocurrir a alguien tímido [risas]. Y parapente, para manejar el pánico. Estas cosas ayudan, porque cuando confrontás con la realidad y ves que seguís vivo, el miedo desaparece; simplemente, nada peor puede pasarte. Es muy liberador." ¿Habrá, quizás, algún método menos extremo para erradicar el maldito miedo, como lo denomina él? La respuesta llega casi con tono de canción beatle: "El amor es la llave –dice–. Es la llave de todo. Suena un poco tonto, lo sé. Pero es la llave [risas]. El miedo te mantiene lejos del amor. Y el amor te protege de sentir miedo. Si aprendés a amar a la gente y amarte a ti mismo, podés cambiar. Hay que observar a la gente en los subtes. En el subte de París nadie sonríe ni se mira entre sí. Me encanta, cuando estoy allí, pensar: Toda esta gente es querible, estoy seguro de que podría ser buen amigo de cualquiera de ellos. Descubrir cuán maravilloso puede ser el otro. Incluso con aquellos cuyo comportamiento es complicado, realmente creo que se puede estar de su lado, realizar un profundo intento de acercamiento. Podemos proyectar lo que el otro es, interpretar su comportamiento. Y la percepción siempre va a estar inducida por el modo en que hemos confiado en las personas a las que amamos".
FOTO 1
Las tullerias
Limitadas por la Place de la Concorde y el Louvre, desbordan belleza y monumentalidad. Sus jardines fueron diseñados en el siglo XVII (subte: estaciones Tuileries, Pyramides, Palais Royal y Louvre)
"Seguí andando, más lentamente ahora. No tenía ganas de volver a casa. Dándole la espalda al Louvre, dejé la calle de Rivoli para penetrar en el Jardín de las Tullerías [...]. Me quedé largo rato así, fundiéndome con la naturaleza, con mis pensamientos progresivamente absortos por la atmósfera del lugar"
FOTO 2
Mariage Freres
Casa de té. Rue des Grands Augustins, 13 (subte: estación Odéon)
"La conocí un domingo por la tarde en Mariage Frères. Bastaba que entrase en ese lugar aislado del tiempo para sentirme en paz. Tan pronto como empujaba la puerta, el primer paso sobre el parquet de roble que crujía bajo los pies lo sumía a uno en el ambiente refinado de una tienda de té bajo el imperio colonial francés"
FOTO 3
Arco de triunfo
Concluido en 1836, preside los Campos Elíseos (subte: estación Charles de Gaulle-Etoile)
"Me colé entre los coches hasta la ancha acera de los Campos Elíseos, luego subí en dirección al Arco de Triunfo corriendo bajo una llovizna muy fina [...] Me había atrevido a decirle todo lo que pensaba a un desconocido. Empecé a sentirme ligero y, sobre todo, libre."
FOTO 4
Cartier
Av. des Champs Elysées, 154
"Me armé de valor y giré la cabeza hacia la derecha. El edificio de piedra labrada se erguía allí, imponente. El inmenso escaparate se extendía en dos pisos, magistral, imponente. [...]
–Imagina –añadió Dubreuil– cómo será tu vida cuando no haya ninguna situación en el mundo en la que puedas sentirte incómodo."
FOTO 5
Les deux magots
Bolvd. St-Germain, 170 (subte: estación Saint-Germain-des-Prés)
"La terraza de Les Deux Magots estaba abarrotada, tanto de turistas como asiduos, estos últimos con tendencia manifiesta a hablarse de una mesa a otra. Christine Vespalles llevaba un sombrero monumental [...] Tenía setenta años, aunque se percibía en ella un espíritu y una fuerza vital dignos de una joven de veinte."
FOTO 6
torre eiffel
La estampa que, cada noche, congrega multitudes que brindan a sus pies (subte: estación Bir-Hakeim)
"¿Y qué vas a obtener a cambio de tu muerte segura? –dijo señalando el vacío con la punta de su cigarro. Cometí el error de mirar en la dirección indicada y quedé presa de un violento vértigo. La visión me aterrorizó y, al mismo tiempo... el vacío me llamaba."
FOTO 7
Galerie Vivienne
Inaugurada en 1826, destacada por sus mosaicos y comercios. Rue des Petits Champs, 4 (subte: estación Bourse)
"De pronto nos encontramos en una especie de callejuela cubierta por un viejo techo de vidrio amarillento y de hierro forjado. Un olor triste, algo húmedo. [...] El más mínimo ruido resonaba débilmente en la cúpula, La gente andaba con lentitud."






