
Orquídeas, una pasión
En el mundo hay 25.000 especies de esta flor de la seducción, pero desaparecen por destrucción de su hábitat, 47 especies al año. Andrés Johnson, ( El Inglés ), tras diez años de perseverante relevamiento en el Parque Nacional Iguazú, encontró 70 especies criollas nuevas, que ahora editó en una guía
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Los primeros en hacer referencia a las orquídeas fueron, cuándo no, los chinos (Confucio exaltó su fragancia, allá por el 551 antes de Cristo). Pero deben el nombre a un griego: Teofrasto, alumno y amigo de Aristóteles. Orquídea deriva de orchys (tes-tículo), metafórica alusión a los bulbos de las especies que Teofrasto conoció a orillas del Mediterráneo. Con el tiempo, Dioscórides -otro griego- reforzó esta asociación atribuyendo a algunas la virtud de estimular tanto el apetito sexual como la fertilidad. Y, sin otro mérito, las orquídeas saltaron al menú afrodisíaco de Europa.
Su verdadera fuente de erotismo salió a la luz a principios del siglo diecinueve. Exactamente en 1818, cuando William Cattley -un floricultor inglés- decidió plantar los tallos que se usaban para empaquetar cargamentos de flora tropical. Ante su sorpresa, brotó una maravilla púrpura de pétalos aterciopelados. Y se desató la locura. Espoleados por una cotización exorbitante, los cazadores de orquídeas rastrillaron las selvas de Asia, Africa y América en busca de nuevos asombros. La cosecha resultó trágica para la naturaleza: en una sola expedición se voltearon cuatro mil árboles para arrancarles las orquídeas que colgaban de las copas.
En 1853, por suerte, uno de los jardineros de James Ueicht & Sons -el vivero más afamado de Inglaterra- advirtió que era posible hibridar las orquídeas. El hallazgo abrió las puertas al cultivo y la fabricación de variedades, aliviando un poco la presión sobre las poblaciones silvestres. Lo que no decayó fue el entusiasmo de nuestra especie por la más sexy de las flores. Todavía no existe mejor manera de conquistar una dama que enviarle una orquídea, dentro de una caja colmada de moños. Y el hobby de cultivarlas ha prendido hasta en estrellas de Hollywood como Sigourney Weaver o Francis Ford Coppola. Se entiende: por algunos ejemplares llegan a pagarse más de veinticinco mil dólares.
Las orquídeas son seductoras por necesidad. En su mayoría dependen de los insectos para la polinización (algunas, de un bicho único). Buscando atraerlos, sus flores han desplegado los engaños más sofisticados. Llegan a copiar las formas y los colores de las hembras, e incluso destilar su aroma sexual. Gracias a esta diversificación, lograron constituir la familia de plantas con flores más numerosa del planeta.
Reúne alrededor de 25.000 especies. La mayoría son epifitas (se apoyan en otras plantas), aunque no faltan orquídeas que hunden sus raíces en la tierra o prosperan sobre las rocas. Algunas tienen el tamaño de una cabeza de alfiler. Otras, varios metros de largo. Hasta hay especies del sudoeste asiático que llegan a pesar una tonelada y producir diez mil flores por temporada. Contra la creencia general, el grupo no resulta exclusivo de las franjas tropicales y subtropicales. Allí vive el ochenta por ciento de sus integrantes. Pero también crecen orquídeas en latitudes tan frías como las de Siberia, Alaska y Tierra del Fuego. Sólo están ausentes del continente antártico. No extraña: poseen una prodigiosa capacidad de adaptación (fueron, por ejemplo, las primeras plantas en renacer tras la erupción que devastó Krakatoa).
Ecuador -que atesora más de dos mil especies- es el país de las orquídeas. La Argentina, un país con orquídeas: doscientas cincuenta, según las estimaciones, aunque probablemente haya más. Están por todas partes, salvo los áridos ambientes de la Puna y la estepa patagónica. Incluso engalanan las riberas del Plata, las serranías de Córdoba y los bosques sureños. Y si no fuera por una especie de Nueva Zelanda, descubierta hace poco, la orquídea más austral del mundo sería fueguina.
En su mayoría, las orquídeas criollas lucen flores insignificantes frente a las que ornan los trópicos. Pero nada tienen que envidiarles en materia de belleza. Esto no bastó para despertar el interés de los botánicos ("En los ambientes académicos se consideraba a las orquídeas algo frívolo, propio de viveros o vestidos de casamiento", explica la doctora Maevia N. Correa, nuestra solitaria especialista).
En cambio, sedujo a Andrés Johnson, agente de conservación de la Fundación Vida Silvestre Argentina (FVSA) y destacado fotógrafo de la naturaleza. A tal punto, que les consagró diez años de su vida. El resultado acaba de salir de imprenta: Las orquídeas del Parque Nacional Iguazú (Editorial L.O.L.A.), una guía pensada tanto para entendidos como para simples amantes de las plantas. Detrás de sus 300 páginas, sus 96 fotos y sus 85 dibujos hay una historia que merece ser contada.
Por sus venas corre sangre británica. Pero Johnson nació en Buenos Aires y se moldeó en las sierras cordobesas, "corriendo detrás de lagartijas y alacranes entre espinillos, molles y peperina". Quizá por eso terminó embarcado en la carrera de guardaparque, tras coquetear con la veterinaria. Su primer destino fue el Parque Nacional Iguazú. Luego, ya en las filas de la FVSA, pasó ocho temporadas en la precordillera de Santa Cruz monitoreando la situación del esquivo macá tobiano, el ave argentina más cercana a la extinción (ocupa el trigésimo lugar en el listado mundial). Al final volvió a Misiones para hacerse cargo de la Reserva de Vida Silvestre Urugua-í. El área protegida demoró más de lo previsto en concretarse. Para no desesperar, El Inglés se dedicó a estudiar otras formas de vida amenazadas: las orquídeas.
"Si queremos garantizar la supervivencia y mantener la diversidad genética de nuestras orquídeas, primero debemos saber cuántas son, dónde están, cuáles gozan de algún amparo y cuáles no, qué peligros potenciales o reales las aquejan -señala Johnson-. Esta razón hizo que el Proyecto Orquídeas de la FVSA se planteara inventariar las especies del Parque Nacional Iguazú, primera y principal área protegida de nuestra ecorregión más rica: la selva paranaense. De paso, surgió la idea de realizar una guía fotográfica."
Se adjudicaban al parque 14 especies de orquídeas. El trabajo de Johnson elevó el número a 85 (34% del total estimado para el país). Nada tuvo de fácil. Para llegar a los sitios donde crecían ciertas orquídeas debió adentrarse en la selva por senderos de tapires, en cuclillas y arañado por los yatevó, o hundirse hasta las rodillas en el barro. Y la cosa apenas empezaba con la recolección de ejemplares: estuvieron, además, las consultas con especialistas -radicados mayormente en el exterior-, las indagaciones bibliográficas y la minuciosa documentación fotográfica. "Salvo contadísimas excepciones, evité fotografiar las orquídeas in situ -cuenta Johnson-. En su gran mayoría, nuestras especies tienen flores diminutas y no alcanza una lente macro para retratarlas. Muchas veces me vi obligado a usar fuelle. Y en exteriores esto significa -sumado a una despreciable profundidad de campo- que basta cualquier brisa para tornar imposible una foto en foco. Por eso preferí coleccionar las orquídeas en estado vegetativo, mantenerlas vivas en el sombráculo de mi casa de Puerto Bemberg y, cuando florecían, tomar las fotos bajo condiciones controladas. De todos modos, gasté una fortuna en rollos. Es que estiré la etapa fotográfica a casi seis años, buscando mejorar resultados con cada floración. Además, algunas fallas de revelado me obligaron a repetir fotos. Y, buscando un registro fidedigno de los colores, realizaba versiones levemente subexpuestas o sobreexpuestas de cada toma. La cosa era garantizar una imagen adecuada. Si fallaba, tenía que esperar todo un año para volver a intentarlo y eso representaba un verdadero problema en el caso de especies raras o escasas."
Con la floración también llegaba la hora de dibujar. Johnson se lanzó a la tarea dotado de lápiz, una lupa binocular y un talento que ni siquiera él mismo sospechaba tener. "Aprendí dibujo a dibujo -confiesa-. Mi enorme ventaja fue contar con material vivo. Las plantas herborizadas, por más que se las hidrate, jamás retoman su forma original. Y los dibujos que se basan en ellas terminan siendo poco fieles a la planta viva."
El esfuerzo sirvió de mucho. Años atrás, la Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente Humano -a cargo de María Julia Alsogaray- pretendía imponer a las Cataratas un proyecto de desarrollo turístico que amenazaba alterar irremisiblemente el sector isleño del Iguazú superior. Los relevamientos de Johnson revelaron que este menospreciado ambiente albergaba orquídeas no protegidas por ningún otro sector del parque e incluso algunas nuevas para la Argentina. El indicio gatilló un inventario más abarcador por parte de técnicos de la Administración de Parques Nacionales y continuaron saltando sorpresas: especies arbóreas únicas, un ave nueva para nuestro territorio y hasta una bromelia que se creía desaparecida cuando la represa de Itaipú sepultó al Parque Nacional Sete Quedas. Este ignorado patrimonio hizo que se reformulara el proyecto, procurando minimizar su impacto.
Johnson no se contenta. Espera que su guía atraiga una legión de orquidiófilos al Parque Nacional Iguazú y estimule empresas parecidas a la suya. "Las orquídeas precisan de toda nuestra ayuda -dice--. Paradójicamente, conforman la familia de plantas con flores más numerosa del mundo y, a la vez, la de situación más comprometida. En parte, debido al comercio irrestricto de ejemplares silvestres (no es casual que se haya prohibido el tráfico internacional de un centenar de especies y sujetado a estrictas regulaciones el de las restantes). Pero, sobre todo, por la destrucción o degradación de las áreas naturales. Son en extremo sensibles a las alteraciones ambientales. Según ciertos cálculos, 2500 orquídeas afrontarían hoy la extinción y el grupo se estaría achicando a razón de 47 especies por año, vacío que no alcanza a compensar el continuo descubrimiento de nuevas variedades."
¿Qué podemos hacer por las Marilyn Monroe del reino vegetal? "En principio, conservar muestras viables de todos los ecosistemas que hospeden orquídeas mediante la ampliación de nuestra red de áreas protegidas -replica Johnson-. Y ayudaría la propagación artificial de las especies de mayor demanda, ya que podría aliviar la presión existente sobre las poblaciones silvestres. Cuesta creer que los argentinos aún no hayamos descubierto ese filón. Cada cápsula del casco romano, una de nuestras orquídeas más deslumbrantes, contiene cinco millones de semillas y en condiciones controladas se puede lograr hasta un ciento por ciento de fecundación. Y no es el único ejemplo." La falta de olfato comercial corre pareja con la ingratitud. No sólo debemos a la familia de las orquídeas sobredosis de belleza y un aromatizante universal, la vainilla. También figura en lista un puñado de maravillas. El casco romano, por ejemplo, produce una fragancia irresistible para las abejas. Apenas entra alguna a la flor masculina recibe un golpe digno de Bonavena, que adhiere los sacos de polen a su espalda y la echa nuevamente a volar. En cambio, las flores femeninas -cuyo diseño difiere sensiblemente- son de lo más hospitalarias. De esta manera, la especie asegura una polinización cruzada. "¿Quién puede resignarse a perder muestras de ingenio tan sorprendentes?", pregunta Johnson.






