
Parque Los Glaciares: crónica de viaje
Una aventura de cuatro días en Helsingfors, un lugar casi desconocido para los argentinos, pero que es meca de trekkers, escaladores y turistas de todo el mundo que llegan en busca de lo más genuino de la Patagonia
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Jueves: La Leona
Ni un alma en el camino. Inmensidad entre grisácea y marrón claro, seca y desértica. Recién hemos hecho cien kilómetros, pero ya llevamos más de dos horas de viaje desde que aterrizamos en el aeropuerto de El Calafate. El ripio de la ruta 40 obliga a andar despacio. Al costado hace su curso el río La Leona. Algunos avestruces corren entre los mataguanacos, unos arbustos retacones y redondeados que salpican las planicies patagónicas entre piedras y pastos secos.
En el cruce del río la combi se detiene. Llegamos a La Leona, un antiguo hotel de campaña en medio de la nada, blancas las paredes, rojo brillante el techo, la bandera argentina y un gran mapa afuera, unos álamos detrás. Adentro, pequeño y austero.
Sobre el mostrador, pastafloras, tartas y un lemon pie recién horneados por la dueña de casa llaman a la tentación. Elena Saldia Westerlund, rubia y alta, ojos celestes clarísimos, piel del Sur apergaminada por los vientos helados, nos recibe en la cocina. Cuenta que llegó al lugar en 1968 cuando su marido, un finlandés que ya falleció, compró La Leona para convertirla en hostal. Aquí vivió siempre, aquí pasó veranos de sol tibio e inviernos impiadosos en medio de la nieve. Una vida dura donde no menguaron las necesidades ni las escaseces, pero de donde jamás pensó irse.
¿Es cierto que la zona se llama La Leona por el perito Moreno? Nos han dicho que cierta vez estuvo a punto de morir atacado por un puma hembra, atraído posiblemente por el olor de la piel de guanaco con la que se había cubierto para pasar la noche, (el guanaco es la presa favorita del puma, llamado león por aquí). La oportuna intervención de los compañeros del explorador le salvó la vida.
"Así dicen...", responde con esa parquedad característica de aquellos personas acostumbradas a no derrochar nada, ni siquiera palabras.
La Leona ha sido por 70 años posta de peregrinos, un alto obligado para viajeros, escalado- € res y baqueanos. En estas épocas de boom turístico son miles los extranjeros que llegan de todo el mundo; antes, los lugareños y los turistas ocasionales eran los que abrevaban en su hospitalidad inalterable –algo tan propio del rudo Sur–, buscando una cama caliente, un plato de comida o quizás un rumbo que habían perdido.
Terminado el café, seguimos. Estamos en la provincia de Santa Cruz, dentro del Parque Nacional Los Glaciares, una inmensidad de 600 mil hectáreas. A lo sumo nos cruzamos con dos o tres autos. Vamos a la estancia-hostería Helsingfors, en la punta sudoeste del lago Viedma.
Pasamos por la estancia Santa Teresita. Caballos, ovejas y carneros observan cómo se apagan las últimas luces del día. Más ñandúes y algunos guanacos a la distancia. Poco a poco, la abierta planicie comienza a cobrar imponencia. Aparecen quebradas y arroyuelos, patos, gansos y flamencos. La Cordillera con sus picos nevados parece cada vez más cercana, y todo se vuelve más verde, menos árido.
Cuando cruzamos el arroyo Ramstrom, bautizado así en honor al pionero escandinavo que llegó allí en 1907 y fundó la estancia, ya divisamos las luces de Helsingfors, que en finlandés quiere decir Helsinki, capital de Finlandia. Estamos a punto de llegar a uno de los rincones patagónicos preferidos de trekkers, escaladores y aventureros de todo el mundo, aunque para los argentinos es prácticamente desconocido.
Viernes: el glaciar Viedma
A las ocho y media estamos frente al hogar con leños siempre encendidos en el lobby, preparando la excursión al glaciar Viedma junto a Pablo Crespo, gerente operativo y guía máximo del recorrido, natural de Río Gallegos, y al frente de Helsingfors de octubre a abril.
El tiempo acompaña: frío, pero con sol radiante. La luz del día y los rayos del sol se filtran entre los viejos troncos. Alamos, pinos, lengas y secuoyas que el hijo de Ramstrom, Knud, trajo de California rodean el casco de la estancia. Una pareja de caranchos espera cerca de la cocina que Santiago Albiano, el joven chef (ex Sheraton, ex Catalinas, ex Acuario en Las Leñas), les tire algo para picar.
A unos cuatrocientos o quinientos metros, el lago luce plateado, como un gran espejo de aguas tranquilas. Caminamos rumbo al muelle. El Zodiac ya está listo. Nos ponemos los chalecos salvavidas y partimos. Hace frío, pero no hay viento. El bote acelera y empieza a surcar esa traslúcida superficie líquida y glaciar de 1100 kilómetros cuadrados. Unico sonido, el motor. Sabemos que no somos más de veinte personas en cientos de kilómetros a la redonda, en íntimo contacto con la naturaleza en los confines del mundo; sin embargo, nos sorprende una olvidada sensación de seguridad, como si abrazados por esta desbordante naturaleza estuviéramos a salvo de todo peligro. Quizás hay algo de eso: en Helsingfors no hay teléfono, ni Internet, ni radio, ni tele, y mucho menos diarios.
Tras dejar atrás la cadena Huemules, nos metemos en el Anfiteatro de la Cascada, un rincón que permanece casi invisible a menos que uno se desvíe unos cientos de metros. Diez minutos más tarde estamos frente al glaciar. Imponente y majestuoso, apretado entre paredes montañosas rojizas y brillantes, con sus cortes y sus picos, con sus tonalidades que van del blanco al azul pasando por toda la gama de los celestes y los grises. De pronto, un rugido que parece nacer en el fondo de la tierra. "Es un desprendimiento", dice Pablo, que ha hecho este recorrido cientos de veces con cientos de extranjeros que quedan perplejos ante tamaña maravilla. € El Viedma no tiene las dimensiones del Perito Moreno, pero lo compensa con el misterio que le impregna su difícil acceso.
El Zodiac se acerca a unas piedras y bajamos. Empezamos una caminata por la orilla del glaciar. Descendemos unos metros. De pronto surge ante nosotros un espectáculo increíble. Una cueva de hielo con un pequeño lago de agua cristalina a nuestros pies. Nos damos vuelta y miramos hacia arriba: la abertura de la cueva, toda de hielo, recorta un pedazo de cielo azul intenso.
Sábado: la laguna Azul
Estamos prácticamente solos en la hostería. Santiago, junto a Haydée (de San Miguel, provincia de Buenos Aires, 10 años en Helsingfors, tres palabras en inglés, como dice ella misma) y Verónica (del Chaco, vive seis meses en la hostería y seis en El Calafate) preparan sándwiches, frutas y barritas de cereal que Luis, el baqueano chileno nacionalizado argentino, carga en la gran mochila. Hoy es día de cabalgata y picnic. Ascenderemos ocho kilómetros, hasta unos 750 metros sobre el nivel del mar, para visitar la laguna Azul.
Montamos cada uno un caballo. Luis va adelante dando precisas indicaciones para no correr ningún peligro. Salimos por detrás de la hostería y empezamos a bordear el arroyo Ramstrom, de agua tan chispeante y clara. Es el curso de agua que da electricidad a la hostería gracias a una turbina montada unos kilómetros más arriba.
Bordeamos las laderas del cordón Huemules y el Mascarellos. Nos detenemos y miramos hacia atrás. El casco de la estancia desaparece tras los álamos, brilla el lago, las nubes ocultan la silueta del Fitz Roy. "Firme la rienda", grita Luis desde adelante, razonablemente preocupado por nuestras habilidades como jinetes. Los caballos van al paso, pero seguros, por un estrecho desfiladero de unos cuarenta centímetros. Alrededor de una hora y media para la subida y otro tanto para la bajada. Pasamos por un pequeño valle con bosquecillos de lengas y restos de viejos incendios. Por aquí y por allá, manchones de nieve en el suelo. Mataguanacos y piedras milenarias al costado del camino. Prados de neneos con sus florcitas amarillas. Vamos todos €
en silencio escuchando el canto de los pájaros. Sobre la cima de una montaña se ve el vuelo de algunos cóndores. A la derecha baja una cascada desde lo alto de la Cordillera. Paleta de marrones, cobrizos, dorados y ocres. Luego, nuevamente una pequeña planicie más seca y grisácea.
Luis dice que hay que dejar los caballos y seguir a pie unos diez minutos, al cabo de los cuales llegamos a esa hoya de intenso azul, rodeada de montañas nevadas y con otro majestuoso glaciar desembocando por la izquierda. Es el glaciar Alfredo, en honor también al pionero finlandés que, como tantos otros escandinavos, llegó a esta Patagonia a principios del siglo XX huyendo del yugo ruso.
Elegimos unas piedras firmes y disfrutamos de nuestro picnic sin decir palabra. Como cuando fuimos al Viedma, aquí también truena la tierra. Se escuchan los desprendimientos del hielo.
En el camino de regreso vamos redescubriendo formas, aromas y colores. El arroyo Ramstrom serpentea ahora a nuestra derecha entre piedras y pequeñas quebradas, metiéndose por recovecos y reapareciendo luego con más fuerza. Los caballos saben el camino de memoria. Muchos extranjeros eligen hacer esta travesía caminando, algunos con guías y otros, los más experimentados, asistidos sólo por un handy que la hostería les provee.
Hay alivio cuando aparece a lo lejos y allá abajo esa mancha oscura que forman los álamos que rodean Helsingfors. Tres horas a caballo tienen lo suyo para los que no estamos acostumbrados. Cuando llegamos, ducha, siesta, y después, pisco sour junto al fuego de la chimenea.
Domingo: Los Hermanos
Nos levantamos a las nueve, como todos los días. Nos duele todo, pero no queremos perdernos un último paseo: llegar a caballo hasta la estancia Los Hermanos, al igual que Helsingfors también propiedad de la familia Susacasa, que en 1969 compró la estancia a Knud Ramstrom, hijo de Alfredo, y continuó el emprendimiento ganadero. Hace ocho años decidieron dedicar el casco al turismo, fundamentalmente al que viene del exterior, y trasladar la actividad ganadera a Los Hermanos.
Visitamos la huerta, caminamos entre las hileras de álamos y vemos cómo se secan los cueros de oveja en un enorme galpón de techos colorados, como todas las construcciones que vimos por la zona. Volvemos por otro camino que conduce directamente al lago. Frente a nosotros, lo que el perito Moreno creía un volcán, esa mole de 3375 metros de altura llamada Fitz Roy, una de las cimas que escaladores de todo el mundo quieren conquistar. Nevado y colosal, con el cerro Torres al lado, acompaña los marrones y los ocres que despliegan la cadena Huemules y el cerro Mascarellos. Inmensidad, belleza y silencio. Dicen que es muy raro verlo tan recortado sobre el horizonte: casi siempre está semioculto por las nubes.
Seguimos por la orilla del lago hasta el establo. Bajamos de los caballos. Ya nos queda poco tiempo. Las valijas están listas y el auto espera. Despedida.
Emprendemos el regreso. A nuestra izquierda sigue el lago Viedma, interminable y bellísimo. Giramos ligeramente la cabeza en el mismo sentido para mirar por última vez la silueta del Fitz Roy, el gran tótem de la Patagonia. Los tehuelches lo consideraban un santuario donde moraba el dios del fuego, y como tal lo veneraban. Vienen a la memoria palabras de Germán Sopeña, amante y meticuloso conocedor de la Patagonia argentina: "El Sur es un viaje de ida".
Por Ana D’Onofrio
Para saber más
Libros: "La Patagonia blanca", de Germán Sopeña, y "Viaje a la Patagonia austral"’, del perito Francisco P. Moreno
www.helsingfors.com.ar
www.argentinaxplora.com
Importante
- Cómo llegar: Avión desde Buenos Aires a El Calafate y desde allí en auto o combi hasta la estancia Helsingfors, distante 180 km.
- Clima: seco, con una temperatura máxima promedio de 18 grados en verano y una mínima promedio de 1 grado en invierno.
- Hay que llevar: mochila, zapatos de trekking, zapatos de descanso, rompevientos, polar o suéter abrigado, remeras térmicas, guantes, gorro, bufanda, pantalla solar.






