Punta del Este: estrategias y hábitos para cuidar el bolsillo

Sobremesa en La Susana, donde los argentinos pagan con tarjeta para aprovechar los descuentos en IVA y de los bancos
Sobremesa en La Susana, donde los argentinos pagan con tarjeta para aprovechar los descuentos en IVA y de los bancos Fuente: LA NACION - Crédito: Natalia Ayala
Nathalie Kantt
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29 de diciembre de 2018  • 00:12

PUNTA DEL ESTE.– A diferencia de otros años en los que se limitaba a esas pocas compras previas que ayudan a contener la ansiedad familiar de la llegada, para estas vacaciones Paula D. decidió traer de Buenos Aires todos los productos de alacena que con su marido y dos hijos necesitarán durante los 20 días de veraneo esteño. Como le advirtieron que el balneario estaba muy caro, se preparó. Les anticipó a los chicos que habrá solo un helado por día en la playa y saldrán a comer afuera los miércoles y viernes, días en que su banco les hace el 30% de descuento en restaurantes.

La temporada en Punta del Este tarda en arrancar. Los turistas argentinos llegan de a poco y muchos coinciden en que impusieron cambios en sus hábitos de veraneo: el alcohol y los productos que no necesitan refrigeración viajan masivamente en el baúl del auto desde Buenos Aires, se cuidan con los gastos y buscan los descuentos de los bancos a la hora de elegir dónde comer, además del 22% de devolución de IVA que aplica a todas las compras con tarjetas extranjeras en restaurantes, cafés y servicios de catering, y del 24% en nafta cerca de los pasos de frontera si se paga con tarjeta.

Los espacios más exclusivos, así como aquellos con una identidad ya construida, seguramente sean los ganadores de esta temporada. A diferencia del supermercado, donde los turistas sienten la diferencia en relación con la Argentina, los restaurantes no aumentaron sus precios con respecto al año pasado. Y, si bien comer afuera cuesta más que del otro lado del charco, la devolución del IVA y los acuerdos con los bancos permiten reducir la factura a la mitad.

Esta vez traje latas, productos de limpieza e higiene, y de almacén. Jabón para lavar tamaño familiar, aceite porque sé que en Punta es más caro, sal porque siempre siento que la uruguaya no sala, champú, crema de enjuague y hasta papel higiénico. Vino no tomamos, pero trajimos cuatro para llevar cuando nos invitan. Y hasta metí en el auto un molde para hacer tortas así no tenemos que comprar. El supermercado está muy caro, 30% más que en Buenos Aires", asegura Paula, de 38. Este año sacrificó su usual vista al mar por un alquiler hacia adentro del balneario.

Un escenario parecido es el que describen Teresa y Carlos.: "Trajimos muchas más cosas que otros años, sobre todo alcohol: champagne, vino y cerveza. También yerba, jabón para lavarropas, panes dulces de Plaza Mayor porque son buenos, frutos secos y cápsulas de café Nespresso porque acá no venden. Y ya vimos que con el banco tenemos que salir a comer miércoles y viernes porque tenemos un 30% de descuento, así que la celebración por los 48 años de casados la haremos un día antes", bromea Teresa. El matrimonio no parece correr peligro por ese detalle.

Los precios de supermercado son la mayor crítica entre los habitués o propietarios argentinos que este año y pese a la crisis pudieron venir al Este. "Hago las compras en San Carlos porque tengo casa en José Ignacio y además porque acá es carísimo. En San Carlos todo cuesta la mitad o menos. No me gusta que me roben", dice Florencia R. en el estacionamiento de la cadena Tienda Inglesa de Punta del Este. Cuenta que viene en familia con sus tres hijos y, como se quedan del 20 de diciembre al 10 de febrero, las diferencias de precios son notorias cuando se hacen las cuentas al final del verano.

Llevar comida a la playa abarata costos
Llevar comida a la playa abarata costos Fuente: LA NACION - Crédito: Natalia Ayala

Los grandes ganadores

Las quejas incluso vienen de los propios uruguayos, como Adriana González, que carga su camioneta con decenas de bolsas y cuenta: "Me traje todo lo congelado de Montevideo, no compré carne, pollo, gaseosas ni bebidas alcohólicas, y acabo de gastar 40.000 pesos [1250 dólares]. No lo puedo creer. Es un delirio".

En el balneario, los productos en las grandes cadenas suelen tener un aumento de 15% en relación con Montevideo, de por sí más caro que en Buenos Aires. Los restaurantes, en cambio, no aumentaron sus precios en relación con el año pasado, una estrategia común que, sumada a la devolución del 22% del IVA y al acuerdo de descuentos con los bancos, podría catapultarlos como los grandes ganadores del verano, al menos a aquellos restaurantes y cafés destacados que ya cuentan con una clientela fiel. Si bien comer en el Este es más caro que en Buenos Aires –un promedio de entre 50 y 60 dólares en algunos de los mejores lugares del balneario–, las cuentas pueden a veces reducirse hasta casi la mitad, y la opción resulta más atractiva que comer en casa.

Así y todo, los cambios de hábitos de los turistas argentinos también se notan en algunos de los refugios gastronómicos de Punta del Este. "Al igual que los brasileños, los argentinos empiezan a mirar la factura. No al estilo francés, en donde dividen todo y miran si se cobró un agua de más, pero se detienen en algo que antes no hacían", observa Martín Pittaluga, uno de los fundadores del emblemático La Huella, en José Ignacio, donde se come por 1700 pesos argentinos. Si bien este espacio es totalmente atípico (abre todos los fines de semana del año, siempre está lleno y todos los que pisan Punta del Este quieren ir al menos una vez), también es reflejo de un cambio en el consumo. "Hay menos fiestas, se reduce la cantidad de invitados en mesas que antes eran multitudinarias, y hay mayor discreción: a los que les fue muy bien durante este año, porque también los hay, no se muestran", reflexiona Pittaluga.

Comer en casa y llevar la comida de playa son elecciones para muchos que optan por evitar el elevado costo de comer afuera. Claudia Lala es la gran anfitriona de la casa Sahara, donde se instalan sus hijos, todos sus primos más amigos e invitados. Cada uno de los visitantes tiene una función en el preparado de las comidas familiares, ya sea en la casa o para llevar a la playa. Además, todos juntos organizan una gran fiesta de fin de año de su productora de eventos Brinner Haus, comandados por uno de los hijos de Claudia, Stefano Brancato y su primo Gonzalo Mendoza.

Compartir los platos

En el histórico Andrés, parada 1 de la Mansa, el análisis es similar. "A los habitués de años, esos que vienen también en invierno, los vi casi todos. Eso sí, con tranquilidad. No hay ostentación de mesas con champagne, no hay mal humor, no hay agresividad. Hay cautela, y todo es controlado", relata Andrés, hijo del fundador y a cargo del restaurante que existe hace 47 años. Templo de los mejores soufflés de queso y de espinaca del balneario, además de la carne y una variedad de casi 10 soufflés dulces, aquí sí se sintió la supresión de la salida familiar del mediodía. "Ya no hay dos salidas, y de noche es más cortado. Las visitas son más discontinuadas", agrega. El precio promedio es entre 50 y 60 dólares, y tampoco hubo aumentos respecto del año pasado.

Las compras en San Carlos ayudan a bajar costos
Las compras en San Carlos ayudan a bajar costos Fuente: LA NACION - Crédito: Natalia Ayala

En Cuatro Mares, una esquina rodeada de ventanales cerca del faro de la Punta, cuentan que, pese a no haber aumentado los precios y a tener convenio con un banco, las mesas de argentinos están más austeras. "Menos entradas y menos postres. Todos comen su principal, pero comparten la entrada y piden menos postres. Hubo 40% menos de laburo en la primera quincena de diciembre, es un hecho. Siento que esta va a ser una temporada muy de uruguayos, y ellos se animan a venir en febrero", sentencia el cocinero Gastón Yelicich. Comer en Cuatro Mares cuesta unos 1500 pesos argentinos y se destacan la pasta de espinaca, los pescados, los camarones salteados y los postres de un pastelero que trabajó en lo de Joel Robuchon. Los fines de semana al mediodía cuesta un poco menos, es buffet y hay feijoada.

Arranque tranquilo

En los días previos a Navidad, circular por estos lados se asemejaba a un 2 de diciembre: sin tráfico en calles ni rotondas, pocas balcones encendidos en los edificios, y la posibilidad de sentarse casi en cualquier restaurante sin reserva previa.

Hace una semana, durante una comida organizada por Fernando Trocca, algunos cocineros del balneario coincidían en que habían multiplicado el personal con demasiada anticipación: los salones seguían a mitad vacíos. Otros prefirieron posponer su apertura para estos días, justo después del 24. Los clásicos fuegos artificiales de Nochebuena fueron escasos, y se concentraron llamativamente en Punta Ballena. El 25 se empezaron a poblar las calles, sobre todo con patentes uruguayas y brasileñas. En Buquebus confirmaron que durante todos esos días los barcos llegaron a Montevideo con la mitad de pasajeros. Hace un año, en esta misma época, explotaban.

En Gorlero, los comercios más tradicionales reconocen que la temporada empieza más tarde. "Entra menos gente porque en la Argentina está complicado. Es normal y pasa cada tanto. El arranque está más tranquilo", cuenta Esteban Giménez, dueño del eterno El Quijote, al comienzo de la principal, donde se vende de todo, desde productos de cocina hasta cosméticos, pasando por relojes y juguetes.

"El boom de gente se espera para después de Año Nuevo, cuando normalmente solían venir entre las dos fiestas –agrega Agustina, de Foto Taki, que hoy diversifica la venta de cámaras con relojes, anteojos y tecnología en general–. Al menos eso es lo que se escucha por acá".

Corto, más exclusivo

Con menos turistas y poca clase media, el verano se perfila más exclusivo y más corto. E incluso exhibe situaciones paradójicas: La Susana, por ejemplo, hizo el doble de cubiertos durante la fiesta del 24 (aunque es cierto que su público es mayoritariamente estadounidense).

"Veo menos gente, pero en estos casos es cuando voy a los históricos y observo que hicimos 190 cubiertos el año pasado y 320 hace unos días. Más allá de lo coyuntural, acá se come bien y es divertido. Agrandamos terraza y bares, y compramos mobiliario. Pronosticábamos que íbamos a crecer y eso está sucediendo", cuenta el chef ejecutivo de Estancias Vik, Martin Betancourt. Dice que por ahora los argentinos que se acercan a este parador no escatiman, y que incluso consultan por la cena de fin de año, que cuesta 500 dólares.

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