Rabas, cornalitos y mejillones: qué vinos elegir para comidas de playa
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El menú de algunos paradores costeros ofrece un puñado de clásicos de playa entre las hamburguesas y los pebetes que dominan la escena. Sin necesidad de buscar mucho, emergen las estrellas, rabas y mejillones, junto con los cada vez más escasos cornalitos.
Es que en la fantasía de una vacación viendo romper las olas, los bocados del mar ocupan el podio de las primeras ideas. Y a la hora de darse un gusto, se puede despuntar el vicio con unas ricas frituras de mar, desde Las Toninas a Mar del Plata, y pagar por ellas poco más que una milanesa con fritas ($300).
Desde clásicos de Villa Gesell, como Club de Playa Eliseo o Club de Caza y Pesca, al balneario del Viejo Hotel Ostende en la localidad homónima, o el populoso Parador Hemingway en Cariló, el plan de comer un plato de mar con la vista perdida en el horizonte no está lejos. Pero, cualquier sea el caso, a la hora de las bebidas, no hay nada mejor que pedir una copa de vino blanco. ¿Pero cuál?
Los fritos con limón

Personalmente, las rabas me gustan con unas gotas de limón. Si están bien hechas, el calamar queda tierno y a la vez firme y el perfume del limón realza su gracia marina como la maresía a las tardes del verano.
Es ese limón el que hay que ponerle un buen contraste. Y en los paradores de la costa abundan las cervezas para hacerlo –por cuestión de precio– pero es infinitamente mejor un Sauvignon blanc o blanco de base ídem. Con un plus, claro: los blancos son accesibles.
Buenos ejemplos para unas rabas o cornalitos con limón, serían los Sauvignon Blanc cítricos como Séptima (2018, $200), Los Cardos (2018, $180) y Portillo (2018, $140). En un plan un poco más sofisticado, Andeluna 1300 (2018, $315), La Linda High Vines (2018, $360) y Trumpeter (2018, $317). Aunque, claro, el máximo ejercicio marino y de lujo sería comerlos con Costa & Pampa (2017, $600).
A la provenzal
De los platos calientes que se pueden pedir en un parador atlántico, los mejillones provenzal son de los pocos que no se sirven fritos. A la provenzal, la forma más corriente, es también una de las más ricas: cocidos con agua con sal y un chorro de vino blanco hasta que se abren, luego se completan con ajo y perejil y una cucharada de oliva.
El resultado es la gloria del finger food, aún cuando el enchastre final se estire hasta las muñecas y no se haya terminado de comerlos para repasar con un trozo de pan el fondo de la cazuela de barro (si están bien servidos, claro).
En los platos provenzales el ajo es a la vez el atractivo y el sabor dominante. En mi experiencia, lo mejor es contrastarlo con un blanco jovial, como un buen Torrontés. Tiene a su favor que hay grandes ejemplares bien accesibles: Etchart Privado (2017, $112) es el mejor ejemplo, floral y ligeramente goloso, también Quara (2018, $110); o los más expresivos Amalaya (2018, $200) y Críos (2018, $255), de frescura elevada.
Aunque claro, cualquiera de los Sauvingon arriba mencionados también funcionan muy bien. Y si para completar el combo hay que pedir una milanesa, pebete o ensalada, los blancos recomendados le pondrán una cuota de rica frescura.
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