
Retratos de Idishe Mame
El libro Madres judías de gente célebre –que publicará Ediciones De La Flor– rescata el papel crucial que tuvieron las progenitoras de figuras como Woody Allen, Einstein, Chagall o Sarah Bernhardt. La Revista anticipa un fragmento sin desperdicio sobre la madre de los geniales Hermanos Marx
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Al menos para la cultura moderna, una idishe mame es todo lo que una madre puede ser y aún más. El vínculo es tan fuerte que pocos hijos de madres judías han dejado de señalar su omnipresencia, a veces con humor, otras veces con angustia, en ocasiones con una mezcla de ambas cosas y, también, con una pizca de orgullo: sin el esfuerzo de ellas, no habrían llegado a ser lo que son.
Con esa presunción, Bruno Halioua, francés y dedicado a la medicina -como quería su madre- ha recopilado, en su libro Madres judías de gente célebre, una colección de historias entrañables que tienen como protagonistas a algunas de las figuras más importantes de los siglos XIX y XX y, sobre todo, a sus respectivas madres: Woody Allen, Sarah Bernhardt, Albert Cohen, Marc Chagall, Moshé Dayan, Albert Einstein, Sigmund Freud, Anna Frank, Romain Gary, Karl Marx, los Hermanos Marx, Amadeo Modigliani y Marcel Proust.
A continuación, un fragmento de la increíble historia de Minnie Marx, la madre de quienes se dedicaron a revolucionar el humor desde la pantalla de cine:
El Gran Proyecto
Minnie -la madre de los futuros Hermanos Marx- es muy popular en el barrio. Los vecinos la visitan a menudo para consultarle sobre sus problemas personales: "Les daba consejos sobre su vida sentimental -relata su hijo Groucho-, les indicaba dónde encontrar trabajo y cómo evitar las complicaciones. Cuando necesitaban dinero, ella lo pedía prestado. En cualquier circunstancia se las arreglaba tan bien que para mí era una maravilla (...) Siempre tenía la última palabra, ya se tratara del propietario, el almacenero, el carnicero o cualquier acreedor. Desplegaba sus tesoros de habilidad, sutileza e imaginación".
(...) Como Minnie está liberada de las obligaciones domésticas, porque Frenchie, su marido, cumple a las mil maravillas con ese papel, puede consagrarse por completo a su Gran Proyecto de hacer triunfar a sus hijos en el mundo del espectáculo. Como primera medida, es preciso que todos sus hijos sepan tocar el piano.
Por lo tanto compra uno, que paga con cinco dólares al contado y un dólar por semana. Leonard, alias Chico, su preferido, será el pilar artístico de la familia. "Cuando Chico estudiaba piano -recuerda Groucho-, mi madre se sentaba a su lado, con una escoba en la mano, y vigilaba que hiciera su media hora de ejercicio." Julius, alias Groucho, con su bella voz de soprano, será el solista. Pero por desgracia es víctima de una transformación precoz. Minnie lo convence de que se vuelva humorista. ¿Qué hacer con Adolph, alias Harpo, aparentemente el único miembro de la familia desprovisto de todo talento? No estará excluido del Gran Proyecto. Chico le da lo que en el lenguaje de los Marx se llama "lecciones de música de segunda mano".
Minnie dirige los ensayos con mano de hierro mientras Frenchie lava los platos tarareando, pero no demasiado fuerte, porque desafina...
Minnie garantiza la cohesión de los miembros de la familia mientras prepara su "salvación". Pero no es fácil triunfar en el show business cuando no se tiene ni apoyo ni dinero. Por lo tanto, a Minnie y a Frenchie se les mete en la cabeza jugar al póquer para conseguir un dinero que les permita empezar. Luego de una fase de entrenamiento, están a punto para sacar a flote la nave Marx.
Cuando salen, Frenchie y Minnie ofrecen invariablemente el mismo espectáculo desopilante. Frenchie tira encarnizadamente de los hilos de un corset dos talles más pequeño, tratando en vano de aprisionar las generosas redondeces de su mujer. Luego, Minnie ajusta así nomás sobre sus cabellos ya blancos una peluca grotesca. Después ambos esposos, por fin listos, salen del brazo. Pero en mitad de la partida Minnie desaparece en el baño, vuelve a los pocos minutos, con el corsé en una mano y la peluca en la otra, liberada de esos atributos femeninos que, piensa, le impiden alzarse con todo.
Su hijo Groucho, al que se le escapa el sentido profundo de un ritual semejante, la interroga:
-Mamá, ¿por qué te pones ese corsé espantoso y esa peluca ridícula? Te molestan y, además, es obvio que son de mala calidad.
-Julius -responde Minnie-, tú no entiendes nada. Cuando una dama sale de noche le gusta mostrarse en su mejor aspecto.
-Claro, mamá, pero apenas llegas a casa de tus amigos te los quitas.
-Por supuesto, me los quito porque me molestan. Pero por lo menos, cuando llego, ¡estoy bella!
¿Valdrá la pena aclarar que la nave Marx jamás salió a flote gracias a la menor ganancia en el juego? Pero Minnie no se desalienta.





