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Esculturas que caben en la palma de una mano y otras que se transforman en joyas componen el universo del pequeño formato que Antonio Pujía (1929-2018) moldeó durante décadas y que representa lo más desconocido de su obra.
Referente de la escultura argentina del siglo XX, Pujía fue autor no solo de magistrales piezas de gran tamaño sino también de un trabajo en miniatura repleto de detalles y simbolismo, con correlaciones y variaciones de esculturas más grandes.
El artista diseñó más de 500 obras pequeñas, entre minifiguras y joyas como anillos y colgantes. Una selección de medio centenar de estas creaciones se pueden ver online con descripciones sobre estas piezas realizadas a partir de moldes según el proceso de la cera perdida.
La técnica milenaria basada en la cera de abeja, practicada en sus tiempos por egipcios, griegos, romanos y civilizaciones precolombinas, fue adoptada por Pujía desde muy temprano, por herencia de sus grandes maestros. En este proceso, se modela el objeto en cera, se lo cubre con una masa y se lo envía a un horno. "La cera se licúa con el calor y sale. Es una lección de vida y muerte y, al irse, deja el molde, que se llena con el metal a mil grados y, al enfriarse, se saca esa cáscara y aparece la resurrección del objeto en metal", explicaba el escultor poco antes de su muerte.
Sucesor de figuras como José Fioravanti o Troiano Troiani y maestro de varias generaciones, Pujía era de los únicos que aplicaba esta técnica en Argentina, fascinado por su ductilidad para reflejar expresiones. En sus piezas de pequeño formato, se aprecia esta impronta: las huellas dactilares del artista, las nervaduras de alas de mariposas que el escultor usaba para esculpir, esqueletos de insectos muertos -como libélulas o escarabajos- que escogía para completar las escenas escultóricas, y ramitas y hojas que luego se fundían con la cera para generar el molde.

Sandro Pujía, hijo del escultor y encargado desde hace décadas de la difusión de su obra (curaduría, catálogos, montajes, fotografía, web), cuenta cómo comenzó el trabajo de su padre en el pequeño formato. "Fue a finales de los 60, cuando mi mamá le pidió que le regalara una joya. Fueron juntos a la joyería pero no les gustaba lo que veían. Entonces Antonio le dijo: ¿Sabés qué? Te voy a hacer una", explica.
La joya que Pujía hizo para Susana fue un colgante en plata con amatista con la figura de dos hipocampos, seres hermafroditas que en varias culturas simbolizan el amor. "Mi mamá empezó a usar las joyas en acontecimientos sociales y las mujeres empezaron a preguntarle de dónde las había sacado, y él terminó teniendo una línea de varios modelos que se vendían en galerías de arte, porque estaba esa ambigüedad en si eran joyas o esculturas", agrega.
El amor fue un tema clave en la obra de Pujía; el amor filial y de pareja, con representaciones amorosas y eróticas. "Para él, el amor era la fuerza vital, lo que impulsaba el mundo. Él se movía por amor y era movido por amor, y el amor está presente hasta en sus obras más trágicas, como en Los niños de Biafra (1970)", aclara el hijo del escultor.
La danza clásica, el tango y, de forma particular, la figura femenina, junto con particulares homenajes a los grandes artistas que admiró, son otros temas claves en su producción. Entre sus joyas figuran piezas como La odalisca de Ingres, Venus criolla o su Homenaje a Modigliani (figura femenina de 1x2 cm, correlación de una pieza de tamaño natural). Sobre sus anillos reposan mujeres, parejas apasionadas, manos entrelazadas, desnudos al sol. Mujer mariposa, del tamaño de una mariposa, es una de sus creaciones emblema.
Las miniesculturas miden desde un centímetro hasta 20. Ejemplos de estos trabajos son Pareja en el parque del paraíso (1972), Pareja besándose (1972) -concepto que replicó infinidad de veces dentro de una serie que desarrolló durante 25 años-, Vuelo (1974) o Los amantes de Verona (1998). Todas las piezas son de plata.

"El pequeño formato a veces es tomado como algo menor. En el caso de Antonio, supera ampliamente eso porque él tenía expresión, opinión y sustento artístico, moral, ético y estético. Es una colección vasta, con contenido y original. Muy pocos escultores trabajaron con tanta profundidad el pequeño formato. Es una verdadera rareza", afirma Sandro.
Previo a su fallecimiento, el pasado mayo, el escultor trabajaba con su hijo en la publicación del catálogo. "A él le gustaba mucho hacer cosas pequeñas y darles un sentido utilitario, que se pudieran llevar encima, como las joyas. Así el arte salía de su taller y tomaba vida en otros lugares y con otra gente", concluye.
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