
Salir a la caza de la foto perfecta... bajo la lluvia
Un cronista decide participar del multitudinario Maratón Fotográfico de Buenos Aires en el día menos indicado para la tarea
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Afuera llueve a baldazos. Y aquí adentro, al amable reparo que ofrece el Centro Metropolitano de Diseño, en Barracas, todos pensamos en una sola cosa: cómo proteger nuestro equipo -cámaras de fotos, pero también, en algunos casos, trípodes- del agua contra la que tendremos que luchar cuerpo a cuerpo durante el resto del día (y de la noche). Es sábado, la lluvia tiene previsto quedarse por varios días en la ciudad y faltan unos pocos minutos para las 12, hora de largada de la segunda edición del Maratón Fotográfico de Buenos Aires.
Es una carrera, literalmente, pero contra el tiempo. Los casi 800 participantes tenemos hasta las 9 de la mañana del domingo siguiente, para volver aquí a Barracas con 24 fotos que ilustren las consignas que recién se conocerán en el momento de la largada. También es una cacería: hay que salir a buscar la foto, esas imágenes que se esconden en algún lugar de la ciudad y que deberán ser encontradas. Suplicamos, además, que la lluvia nos permita tomar esas fotos y volver con la cámara sana y salva: la regla básica del concurso es que sólo se pueden sacar fotos en la calle, y hoy la calle hace agua.
Las 12, hora de salir. La multitud de amantes de la fotografía atraviesa el hall central del Centro Metropolitano de Diseño camino a la puerta, y al atravesar el cartel de largada reciben de mano de los organizadores -la ONG La Usina y Axion Energy- la Guía de Juego. En sus páginas, además de las instrucciones para presentar las fotos, pueden leerse las consignas a ilustrar. La primera es todo; la segunda, miedo; entre las 24 me llaman la atención casi, tras, ¿cuál es la diferencia?, y la letra de la canción Tristeza de la ciudad, de Los Abuelos de la Nada.
Algunos fruncen el ceño al hojear la guía, otros se ríen y otros simplemente buscan algún lugar impermeable entre sus ropas donde guardarla. Ya habrá tiempo para pensar las consignas, ahora hay que salir. Al acercarse a la puerta abierta, por la que se cuela el viento y el ruido de la lluvia, la multitud ralenta su paso. Se produce una coreografía de paraguas que se abren, capuchas que se levantan, impermeables que se cierran y el gesto de chequear si la cámara se encuentra a salvo (dentro de una mochila, en una bolsa...). Al fin salimos.
Cacería
La primera foto es presa fácil. Tras un par de escalas técnicas, encuentro la consigna miedo en una esquina de las barrancas de Vicente López. Es una esquina de barrio como tantas, sus paredes cubiertas de enredaderas, pero coronadas por tres líneas de alambre de púas, por sobre las cuales asoman varias cámaras de seguridad.
Me pregunto si no es una foto obvia -ya mi mujer me advirtió que evite caer en lugares comunes como ilustrar Tristeza de la ciudad con gente en situación de calle-, pero la foto me gusta. Además restan 23 consignas por ilustrar y conviene aprovechar la persistente pero menos invasiva garúa que ha reemplazado a la lluvia para cumplir con la tarea. Emprendo camino al Barrio Chino del Bajo Belgrano.
No soy el único. Apenas llego, veo a una mujer sacándole fotos a una pared; de una de sus manos asoma la Guía de Juego. Al pasar a su lado trato de adivinar cuál es la consigna que está ilustrando, pero no se me ocurre nada: frente a su lente sólo hay una pared cubierta en parte por una enredadera. Unas cuadras más adelante, un muchacho saca fotos del jardín que divide a dos hileras de pintorescas casas; cuelga de su cuello la credencial de la maratón.
Camino el Barrio Chino mientras repito como un mantra las consignas. De a ratos me detengo creyendo haber dado con novedad, aviso, materia prima u otras, pero rápidamente cambio de idea o, en el peor de los casos, tomo fotos que no llegan a plasmar la idea. Entonces siento que la presa se ha escapado.
Pronto noto que el tiempo también corre a un ritmo mucho más rápido. Dejo el Barrio Chino con sólo tres consignas en mi haber: barrera es una lujosa 4x4 estacionada sobre la bicisenda; ¿Cuál es la diferencia? son tres macetas idénticas que albergan plantas de la misma especie, dispuestas en forma equidistante una de otra en el alféizar de una ventana; Tristeza de la ciudad es el marco de la puerta de una vieja casona en un intento de evitar que se desmorone por el peso de los años, del descuido y del edificio que han levantado a su lado. Creo no haber sido (tan) obvio. De todos modos, ya son las 4 de la tarde y emprendo viaje hacia el Centro.
La siguiente escala es Puerto Madero. Me recibe una garúa que va tomando fuerza a medida que recorro los docks. Acá son varios los participantes que me cruzo, varios seducidos por la vía prácticamente muerta que corre paralela a la avenida Madero. ¿Estarán buscando ilustrar la misma consigna? No tengo tiempo para indagarlo, son casi las 5, el cielo está cada vez más encapotado y empiezo a sospechar que no voy a llegar a cumplir con todo lo que me piden.
Miro a través de la lente las grúas, los veleros amarrados en el yacht, los restaurantes y los turistas que, paraguas en mano, recorren el barrio. Saco muchas fotos, obtengo unas pocas consignas: materia prima es un anaquel de botellas a través de la ventana espejada de un restaurante; costumbre son unas cuantas cadenas con sus candados dejadas por los motoqueros en un poste de luz, e infinito es el casual paso de un interminable tren de cargas por la vía casi muerta.
Recupero el paraguas que había dejado en mi auto estacionado en plaza Roma, subo por Lavalle y doblo en 25 de Mayo en dirección a la Casa Rosada. Ahora diluvia con ganas y las calles están casi vacías, apenas transitadas por algún turista desorientado. El tono gris de las fotos obtenidas hasta ahora amenaza con volverse siniestro, a la luz de lo desolador del paisaje urbano que me rodea. Tanto es así que la consigna persona termina siendo un añoso maniquí de sastre que desde una vidriera mira hacia la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.
Camino varias cuadras sin mucho éxito. La lluvia no me permite sacar fotos, a no ser guarecido en la entrada de algún edificio. Ya ni turistas quedan, los únicos seres vivos son los serenos de los edificios de oficina. Se han hecho las 7 y la luz también me abandona. Vuelvo al auto con la idea de hacer un último intento en Palermo, que me imagino lleno de vida y movimiento. Pero a mitad de camino me doy por vencido y encaro el camino rumbo a casa. Manejo pensando en las fotos que se ocultan detrás de la lluvia.






