
SARRASANI EL CIRCO REGRESA
La mítica carpa de origen alemán vuelve a Buenos Aires. En el Tattersall de Palermo se reavivará la magia de un show que inauguró el siglo. Esta es la historia de una empresa faraónica que lo aguantó todo: guerras mundiales, nazismo, crisis económicas e incendios. Porque, como siempre, el show debe continuar
1 minuto de lectura'
Hay una mujer con ropa de montar y unos caballos que galopan en círculo. Hay también una tribuna de circo repleto y miles de ojos pestañeando un hechizo. Esa mujer encandila. Esa mujer es capaz de doblegar el músculo rabioso de toda una tropilla. Esa mujer con garbo de actriz en blanco y negro, la que aparece en esta filmación antigua y sepia, está sentada hoy a mi lado.
-Yo no trabaja más con animales. Esto terminó. No puede, porque no puede caminar. Cada uno tiene un fallo cuando llega a cierta edad. No me siento vieja, pero no estoy como antes. Ahora tengo en casa un perrito. Quiqui. Me lo dieron en los protectores de animales. No necesito que sea de raza, y si es enfermo mejor todavía, porque lo puede cuidar como una mamita.
Los años no arrancaron ese acento de los labios. Trude Stoch-Sarrasani nació en Zurich, pero hace treinta años que vive en la Argentina. La viuda de Hans Stoch-Sarrasani hijo, la nuera de Sarrasani padre, la directora del circo más importante de la historia, parece una fraulein sencilla a punto de tomar el té.
Aunque ella, a los 87 años, aún prefiera tomar decisiones. El encuentro es en las oficinas del arquitecto Jorge Héctor Bernstein, con el que piensa reflotar un nombre con huella: en julio próximo, en el Tattersall de Palermo, reabrirán el mítico Circo Sarrasani. El que sacudió el asombro del público europeo y sudamericano, el que tuvo sede fija en Buenos Aires y fue declarado Circo Nacional Argentino, el que sobrevivió a guerras, nazismo, bombardeos, incendios y todas las demás crisis de este siglo. Ahora, a diferencia del proyecto antiguo, la tecnología agregará elefantes virtuales planeando sobre el público y figuras tridimensionales.
-No estoy nerviosa con la reapertura. Algo ansiosa, tal vez. Quiero volver a verlo, si es que viene como me prometen que va a ser.
-¿Cómo le prometen que va a ser?
-El más lindo del mundo.
Los ojos de Trude se llenan de un sueño húmedo y celeste. Algo similar le habrá ocurrido al alemán Hans Stoch aquella noche de 1893, en la que decidió que su nombre artístico sería ése: Sarrasani. El arrastre, el dejo italiano en el ronroneo de las letras, resultaba exótico. Y además estaba Sarrasane, la novela de Balzac sobre un artista pobre que cambia su futuro cuando se cruza con una fortuna.
Hans también quería cambiar su vida. A los 15 años había escapado de su casa en busca del circo propio, y a los 29 -por obra del trabajo más que del azar- lo estaba inaugurando. Hans ya era el gran Sarrasani: clown-domador conocido en toda Europa, rubio macizo con esposa y dos hijos, que estaba cavando las bases de un imperio. El cóctel de presentación fue perfecto: tecnología moderna más algunas gotas de exotismo.
En tiempos de energía escasa (en 1902), la fachada era un derrame de luces y el interior tenía calefacción y otras rarezas del confort. Sarrasani decidió globalizarse. Marroquíes, chinos, japoneses, javaneses, turcos e indios se mezclaban con tigres de bengala, camellos, cebras y tapires.
Allí están, vestidos de faquires, volando por los aires colgados de los pelos. La filmación -que en realidad corresponde a unos años después- tiene el fatalismo épico de los Sábados de superacción. Guarda el corte trunco de las cintas antiguas, pero muestra el brillo de una quimera fastuosa. Acróbatas saltando sobre el lomo de un caballo, pirámides humanas que rascan el cielo, elefantes subiendo escaleras en dos patas y miles de ojos pasmados de gozo. Ese era el Sarrasani: un elogio de la desmesura, una empresa faraónica arrojando su carne sobre el fuego.
Las imágenes son del Circus Theater Sarrasani, que fue abierto en Dresden en 1912. Con él, se incorporó también la última atracción: unos sioux made in USA acampaban en la entrada. El ardid publicitario tenía nombre y número: Los indios del Wild West.
Claro que, frente a tanta ave rara, los clásicos estaban en baja. Era el caso de unos forzudos demasiado alemanes, que habían sido contratados por toda la temporada, pero no emocionaban a nadie. Hasta que una noche, Sarrasani los llevó a tomar unos tragos a una cantina de Berlín. Allí, entre copetines, se pusieron violentos y el aire se llenó de sillas, botellas e incluso gente. Lo que no dijeron las primeras planas fue que, al día siguiente, con las localidades agotadas, Hans pagó todos los daños.
Sarrasani, hombre raro y difícil. Alma carismática y tirana capaz de apropiarse del asombro y el miedo.
-Era especial. Su manera de caminar, su gesto, su trato. Si hubiera sido distinto no habría llegado a ser lo que fue. Pero había cosas que no me gustaban: tenía en su carromato un timbre que había que tocar cuando uno le quería hablar. Y había tres luces: ocupado, venga en una hora o venga próxima semana. Y venía uno de 500 kilómetros y decía venga en una semana. No me gusta eso. Y yo no quería esperar para hablar con mi suegro. Siempre esperaba a que saliera y corría atrás y lo agarraba en el camino.
Trude se ríe bajito. Un cuello de puntillas la viste de ángel, pero es apenas eso: la apariencia ingenua y débil de un duende veloz.
En tiempos de la Primera Guerra Mundial, ella aún no estaba en el circo. Fueron años duros para la empresa: el Estado requisó maquinaria y animales, los elefantes y camellos fueron usados por el ejército para trasladar provisiones y artefactos de guerra, y los trabajadores debían hacer el servicio militar o eran expulsados por pertenecer a países enemigos. Las funciones continuaban -el espectáculo se llamaba Europa en llamas-, pero la racionalización de alimentos condenó a muchos animales a morir de hambre.
Hubo entonces un arca, pero se armó después del diluvio: en 1923, tres naves, 230 hombres y 180 animales partieron hacia una primera gira sudamericana. Y a pesar de las trabas burocráticas locales, la conquista fue un éxito. Dos años más tarde, el regreso a Dresden concluyó en un desborde barroco: la carpa era un espejismo morisco, y un globo y siete aviones se encargaban de la propaganda.
Mientras tanto, Hans junior crecía entre las bambalinas de su propia Alhambra. Lentamente -y a diferencia de su hermana- se fue deslizando por la vida del circo. Años más tarde -junto con los amigos y socios Max Friedländer, Josef Bambdas y Von Hanke- tomaría las riendas de la empresa.
-Había diferencias entre ellos. El viejo era el rey, y al rey no le gusta tener otro rey al lado. Junior era muy inteligente, trabajador. Así ocurre muchas veces: el padre tiene un poco de celos al hijo.
Hay un afiche detrás de Trude. Un hombre con turbante y mirada hipnótica guarda entre sus brazos un circo entero. Esa cara -pintada, como todos los afiches, por Friedländer- es de Sarrasani. O un dios gitano que parece dueño del filo y de la ley.
-Muchos no lo soportaban y renunciaban. Le tenían miedo, no sé por qué. Siempre nos multaban por distintas cosas, y una vez me multaron por borracha. Y yo lo más que tomo es té, apenas brindo con un poquito de champagne, y me molestó. Esperé a que el viejo saliera del carromato y lo seguí. Le dije: "yo nunca toma alcohol, yo toma té y nunca supe que con té se podía ser borracho. Múlteme por lo que quiera, pero con justicia". Y él dijo: "entonces voy a multarla por otra cosa". Al día siguiente me descontaron diez marcos por ir a quejarme en pantuflas.
Mesiánico y fundamentalista, dicen que era. Y dicen también que no hubo bofetada más grande que el auge del nacionalsocialismo. Hitler hizo tambalear su omnipotencia. En los corrillos nazis, el Sarrasani era apodado Judenzircus: imputaban al director haber despedido a tres empleados del partido, y albergar en su plantel elementos semitas. Antes que soportar la presión del Reich -le exigían ceder el circo para actos del partido y pedían la depuración del personal-, Senior prefirió clavar su carpa en América del Sur.
Sus trabajadores judíos (principalmente Friedländer, Bamdas y von Hanke) eran eficientes y no los pensaba despedir. Las tratativas para el viaje a América del Sur, además, se estaban gestionando con la empresa naviera de un hombre muy poco ario: Arnold Bernstein. El crédito bancario se consiguió hipotecando los bienes del circo, y en 1934 dos navíos repletos zarpaban del puerto de Rotterdam.
Entre el caos del embarque, una morocha de belleza frágil luchaba contra una valija demasiado grande, y alguien se acercó a ayudar.
-Así conocí a mi marido: por mi baúl.
Trude se acuerda de esas tres semanas de viaje eterno. Ella quería conocer América y la mejor forma era alistándose en el cuerpo de baile. Allí estaba, entonces, en ese mundo flotante.
-Cada uno trataba de entender al otro, pero japoneses nunca entendí. Igual, estaban los gestos. Nos comunicábamos con las manos, los pies, todo. Cuando uno es joven no tiene dificultad. Cuando vine a la Argentina no hablaba una palabra. Para comer íbamos a un restaurante y señalaba en la carta con el dedo. Una vez que me lo traían, ya sabía qué pedir la vez siguiente.
Bife, mucho bife, kilos de bife. En plena guerra, los órdenes sociales se invirtieron extrañamente: Europa pasaba hambre y América latina nadaba en abundancia.
-En Alemania conseguíamos costeleta, pero sólo una chiquita para una semana. Y cuando llegamos acá nos trajeron un plato más chico que la carne. Sobresalía la carne. Uia, dijimos, con esto podemos comer un mes. Y también llamaba la atención la avenida Alem. No había semáforo y ningún artista sabía cómo pasar. La vida era tan distinta. En la Argentina los lunes eran día de descanso, eso en Europa no existía. Debe trabajar todo el día y si no trabaja no hay sueldo. Y los artistas alemanes aprendieron esto enseguida, porque el segundo lunes de estar en la Argentina no vino a trabajar ninguno.
Para ese entonces, Senior había fallecido en San Pablo (donde fue el desembarco) y detrás del nombre mítico viboreaban serios problemas económicos. La única solución era de digestión difícil: reducir el personal y pedir un crédito al Reich. Un tal Goebbels manejaba las gestiones y Junior no dudó en contactarlo. ¿El argumento? La importancia de mantener alta la imagen del circo alemán en el exterior. Casi al pasar, además, mencionó que Friedländer -judío- se había ido del circo tras la muerte de Senior. Y el crédito se consiguió.
Rápido para los negocios. Sarrasani hijo tenía el don de saber arreglar con los poderosos de turno. El poder, eso sí, en cualquiera de sus formas: podía ser un dictador (en ese momento abundaban en América latina) o un canillita. Una mañana, de gira en Montevideo, se había olvidado el dinero para comprar el periódico. El vendedor igualmente se lo dio. "Tome, Sarrasani, llévelo -dijo-, yo lo conozco y su nombre garantiza que recibiré mis centavos." Al lunes siguiente, los cinco mil canillitas de la ciudad tenían una función gratuita. Y desde entonces, las revistas publicitarias del circo se distribuyeron sin cargo por todo Montevideo.
Cuando el Sarrasani se partió en dos, una sede volvió a Hamburgo y otra quedó en América del Sur, con los empleados judíos. En plena Segunda Guerra Mundial, Alemania ardía y las concesiones debían ser totales: no bastaba con que el director estuviera afiliado al partido, sino que era necesario un compromiso absoluto. En las empresas se exigía un certificado de ario y también se prohibían los nombres de artistas que sonaran a países enemigos.
Junior estaba débil de salud, y las negociaciones recaían en Trude. Su desempeño en el circo había sido un eterno zigzagueo: primero bailarina, luego administradora (ya estaba casada con Sarrasani), después amazona en un número con caballos y ahora esto. Del show on a la guerra. La mujer de gesto angelical, el hada esmirriada y pálida, podía enfrentar a las jerarquías nazis sin levantar la voz por encima de su nariz.
-Cuando uno tiene un negocio así, debe conocer a toda esta gente. Nunca sentí miedo por nada. Una vez estuve con el doctor Leich (ministro del gobierno nazi) porque no estaba conforme con una medida de Hitler. Le pregunté por qué no le decía a Hitler que cambiara de idea, y él me contestó: "¡Ay!, amorcito, usted no entiende".
La muerte de Junior hizo de Trude una viuda joven y hermosa. A los 28 años ya tenía en sus espaldas un negocio entero. Y tenía, también, una ferocidad camuflada entre cuellitos de broderie.
-Una vez no nos dejaron pegar publicidades, y fui al doctor Leich y le dije: "¿Usted está para ayudar a los viejos empresarios o matarlos?" Ni uno ni lo otro, me contestó. "Entonces me deja hacer mi propaganda", le dije.
-¿Por qué no la dejaban?
-Porque no le gusta mi cara, puede ser. Ellos no explican. Y a mí no me gusta cuando uno, Hitler o Menem, es prepotente. Si veo que es malo, yo le digo. Y en esa época decían que los judíos no existían, y para mí sí existían. Fui a Berlín porque quería tener oficialmente una chica judía en la banda, ya no quería más clandestina, y me contestaron qué tanto con esta judía. Goebbels me dijo que él decidía quién era judío y quién no. Y yo le contesté: "¿Ah sí? Entonces yo digo que en mi negocio no tengo ningún judío". Y ahí, con Gabor Nemedi, terminamos en prisión.
Trude -junto con Gabor, un acróbata húngaro con quien formó pareja tras la muerte de Junior- venía sumando puntos para conocer la cárcel. El primero: en una ciudad alemana, sólo los arios podían acceder al palco, mientras que los polacos debían ir arriba. Ella no aceptó las disposiciones y se fue. El segundo: los judíos podían trabajar sólo en trastienda, porque la publicidad les costaba la vida. Y, sin embargo, un número de payasos húngaros le mojaba la oreja al Reich: llegaban de Hungría sólo para hacer la función, y apenas terminaban -antes de que algún miltar se enterara del desliz- se volvían al país. El tercero: había una orden de entregar todos los combustibles, neumáticos y carpas en pos de la victoria final, pero Trude la ignoró y enterró 55 neumáticos y dos carpas en el bosque. El cuarto: en una reunión, Gabor había parodiado con morisquetas la figura de Hitler.
-Y el quinto fue que a la pista yo le había sacado la alfombra porque a los caballos el piso duro hace mal a las venas. Entonces reemplacé con tierra y aserrín. Con el aserrín se hacía siempre un motivo distinto. Un día hicimos una estrella fabulosa, y yo estaba muy orgullosa. Ahí vienen de la Gestapo y le digo al señor: "Lindo, ¿no es cierto?" Y se puso furioso: "¡Esta es la estrella de los judíos!", empezó a gritar. Yo no sabía cuántas puntas tenía, para mí daba igual, pero la tuve que borrar. Tan linda que estaba, y tanto trabajo toda la mañana. En cinco minutos no había más estrella.
Al terminar la guerra, lo que murió en cinco minutos fue el circo. Lo de la victoria final falló, y un bombardeo hizo escombros 32 años de historia. Sin techo y sin dinero, hubo que buscar trabajo en las carpas vecinas. Gabor Nemedi ofrecía sus dotes de acróbata, y Trude su número de caballos. El paisaje era otro, y el requisito de empleo también: para trabajar había que exhibir el sello de desnazificación. Certificado Persil, se llamaba. Un apodo doméstico proveniente -¡qué ironía!- de la marca de jabones más famosa de Alemania.
Y lentamente la carpa se fue rearmando. El resto del plantel, esparcido por todo el mundo, volvió a su origen como un elástico que no cede. En torno de Trude estaban casi todos, y los viejos números volvieron a nacer. Entonces se alquiló un espacio y, como aún era pequeño, se lo llamó Circo Europa. El nombre Sarrasani sólo podía rimar con desmesura. Así lo entendió Ismael Pace, dueño del Luna Park, cuando los invitó a revivir la leyenda a orillas del Río de la Plata.
Otra vez, el mítico Sarrasani. El 28 de abril de 1948, en el lugar hoy ocupado por La Nacion, abría sus puertas la estructura circense más grande de América del Sur. El público se acercaba aunque fuera para conocer el zoológico y Eva Perón lo declaró Circo Nacional Argentino.
Era conocida la afinidad de la jerarquía castrense por el estilo militar alemán (incluso, muchos nazis se asilaron silenciosamente en el país) y las relaciones con el poder eran perfectas. Perón y Evita eran del plantel estable de fanáticos, hasta que el gobierno necesitó el espacio por requerimientos urbanos, ofreciendo a cambio terrenos alternativos, con los gastos de infraestructura a cargo de la Fundación Eva Perón.
- Pero yo no quise, porque eran por Caballito, muy lejos. Yo quería perfecto, como el lugar anterior, así que nos fuimos con el circo a Brasil. Tuve premio consuelo, igual. Me regalaron un Mercedes-Benz último modelo.
Pero el circo de Brasil se incendió. El circo como un corte que no sana, como un amor que endulza y a la vez hiere. Con el nuevo accidente, Trude se retiró quince años a una granja cordobesa, hasta que nació una nueva oferta. En esa oportunidad, el terreno era en Retiro -donde hoy está el Sheraton- y el proyecto se llamaba Revista Sarrasani. Con ese nombre, y en 1970, estalló un circo boom que duró siete años (hasta que Trude volvió a Europa, contratada para formar adiestradores de caballos) y llenó las pantallas con películas como Había una vez un circo.
Y ahora, progreso interesante, el Sarrasani está en boca de Hollywood. Treinta años más tarde, la intención de reflotar el proyecto -con sedes paralelas en Dresden y el Tattersall de Palermo- llega acompañada. Por un lado está la próxima edición de un libro escrito por Gustavo Bernstein, actual director artístico, de donde se tomaron varias de las anécdotas contadas en esta nota. Por otro, hay varios ofrecimientos de la primera plana de cineastas para recrear toda la historia.
Casi cien años de Sarrasani, y un film con high tech y sonido estéreo. Ya no hay lugar para el sepia, porque el cine cambió tanto como el circo. Ahora, los chinos, los marroquíes y los tigres watussi llegan por cable coaxil, y no son la sensación de nadie.
Pero los números, eso sí, prometen el cielo.
-Nací prácticamente con el circo. Cuando me casé trabajé junto con mi marido, y cuando murió no pude llorarlo porque me faltaba, sino que me tuve que ocupar de todo.
La mirada de Trude vuelve a perderse en algún sueño.
-Lo único, que quizá... debí aceptar el ofrecimiento de Evita. Esos terrenos. Tantos años sin el Sarrasani... Pero yo era muy testaruda, terca, terca.
Dice, como si fuera un defecto.





