Se fue a vivir a Estonia, un país donde el transporte es gratuito y la seguridad, norma: “No hay noticias de crímenes”
Vivía en San Luis y no le interesaba ver el mundo hasta que un evento cambió todo; hoy vive en Estonia, un país donde halló calidad de vida a pesar de los impactos culturales: “Hacen mezclas raras para el desayuno”.
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Andrés Torresan nació en Córdoba, aunque casi todos sus recuerdos comienzan en San Luis, provincia a la que se mudó siendo muy niño. Sin hermanos, tuvo una infancia tranquila, entre estudios, amigos y aventuras que no traspasaban las fronteras de los barrios conocidos.
El mapa del mundo era apenas eso, un planisferio con los nombres de los países pintados en diversos colores, que no despertaban en él demasiada intriga, tampoco en aquellas ocasiones en las que sus padres viajaban a Europa u otros lugares de América y él quedaba bajo la tutela de sus abuelos maternos.
Ya de más grande su madre, profesora universitaria, fue becada en tres ocasiones por una universidad italiana. Durante un período que se extendió por un año, Andrés escuchó sus historias que llegaban desde lejos, pero que, aun así, no generaban demasiado impacto en su vida. Hasta entonces, la relación de Andrés con el mundo exterior era casi nula y su curiosidad permanecía adormecida.
Así su vida siguió. En el año 2010, cuando ya había concluido la universidad en San Luis, decidió continuar con una maestría en Administración de Empresas en la ciudad de Córdoba, que ofrecía la posibilidad de estudiar un semestre en Francia. Pero a él aún no le interesaba ver qué había más allá, le importaba obtener un título que le permitiera enriquecerse en una carrera que lo apasionaba desde pequeño.
Y entonces, llegó ese día que torció el rumbo de sus pensamientos. Sus padres se acercaron a él con una propuesta diferente: tomar unas vacaciones en familia en México y Estados Unidos. Aquel evento inesperado cambió el curso de su vida.

Abrir las puertas al mundo y el surgimiento de un destino inesperado: Estonia
Del viaje regresó fascinado. Sus ojos habían visto realidades con las que jamás había soñado y en su interior comenzó a crecer algo que creía que no formaba parte de su vida: el irrefrenable deseo de viajar sin límites y conocer el mundo entero.
El primer paso, por supuesto, fue decirle que sí al intercambio en Francia, otra experiencia de vida transformadora que duró cinco meses, y que le permitió conocer personas de varias culturas y un puñado de países europeos. De aquella travesía volvió a la Argentina en enero del 2013, con la meta de conseguir un empleo que le permitiese trabajar para tomar vacaciones en destinos desconocidos: “Acepté una oferta en San Luis y, a partir de entonces, cada año conocí diversos lugares, e incluso visité parientes en Italia que nunca había visto antes”, cuenta Andrés, que años más tarde comenzó a compartir los viajes junto a su novia, Camila, con quien está en pareja desde el 2018.

Aquel estilo de vida fluía y parecía inalterable. 2020, sin embargo, arribó sin piedad para modificarlo todo, el trabajo, los viajes pero, más aún, los pensamientos: “Ahí se me afianzó una idea que rondaba en mi cabeza hacía tiempo. Deseaba hallar un trabajo en el extranjero para poder vivir otra cultura a fondo, desde un punto de vista profesional”, dice Andrés.
Con ocho años en la industria del entretenimiento, las posibilidades existían. Con la dedicación pertinente, pronto llegó una oferta en Austria, que el joven rechazó y, más tarde, otra vía LinkedIn, que despertó en él una curiosidad irresistible: trabajar y vivir en Estonia.
Tras conversar con el reclutador y conocer las condiciones, a la semana supo que, tanto él como su novia, tendrían un permiso de residencia acorde. Pero, ¿dónde quedaba exactamente Estonia? ¿Cómo era el país? ¿No era acaso riesgoso irse a un país geográficamente cercano a la guerra entre Rusia y Ucrania? Andrés investigó mucho y, junto a su pareja, decidieron aventurarse a una tierra desconocida e intrigante.

Vivir en Estonia: “Hasta que no lo vivís no podés dimensionar el impacto”
Irse no fue fácil. Andrés vendió todo, rescindió el contrato del departamento, comenzó un raid de despedidas, y renunció a un trabajo de ocho años. Al aeropuerto llegó acompañado por sus padres, que lo apoyaron incondicionalmente, aunque se hallaran envueltos en una tristeza profunda inevitable: “Encima en Ezeiza había tres familias más despidiendo a sus hijos”, revela.
Tras 18 horas de viaje el argentino llegó a Tallin, Estonia, el 24 de junio de 2022. Ahí se hallaba con una sola valija y sin su novia, que aterrizaría un mes más tarde. Entre la multitud del aeropuerto divisó una cara conocida que llevaba una gorra con el nombre de su nuevo empleador, se acercó y quedó impactado al descubrir que quien lo buscaba era su jefe.
“Que venga él directamente me pareció un gesto increíble”, manifiesta. “Me preguntó cómo estaba, cómo había sido el viaje y me acompañó al hotel, no lo esperaba. Me dejó tranquilo y me ayudó a tomar confianza”.
“Más allá de que había investigado mucho, el shock cultural fue muy grande. Hasta que no lo vivís no podés dimensionar el impacto. Lo que también facilitó las cosas fue llegar en verano, donde las temperaturas rondan los 28 grados y hay hasta 19 horas de sol, la playa está cerca y todo es muy verde. También fue bueno arribar un viernes; tuve tiempo para conocer la ciudad donde iba a vivir y aclimatarme un poco”, continúa Andrés. “Lo primero que descubrí es que tiene un centro histórico, patrimonio de la Unesco muy bien preservado”.

Trabajar en un país con otra cultura laboral: “La empresa había apostado por mí, debía demostrar que había valido la pena”
Estonia, una nación ubicada en Europa del Norte, al límite del mar Báltico y el golfo de Finlandia, le impuso a Andrés un ritmo muy alejado de la sensación de ser turista.
Tras el breve fin de semana para aclimatarse, en el nuevo comienzo se sintió como un extraño dentro de una película donde su rol estaba desdibujado. El lunes llegó rápido y, si bien conocía con profundidad la industria, empezar un nuevo empleo en un país desconocido fue más que un desafío.
Ante él surgió una empresa totalmente diferente, con una cultura laboral alejada a sus costumbres e incluso con nombres de personas demasiado extraños para sus oídos: “¡Nombres difíciles de recordar”, explica Andrés. “Esos primeros días consistieron en trabajar y completar trámites, tener que buscar una casa dónde vivir, contratar los servicios, abrir la cuenta bancaria, todo en un entorno nuevo”.
“Son todas cosas que tenés que aprender a hacerlas otra vez. Me ayudó mucho que acá todos hablan inglés. En ese sentido tuve suerte, porque hacer eso mismo en un idioma como el de ellos (estonio) es casi imposible”, continúa. “Por otro lado, al comienzo se trató también de trabajar mucho. La empresa había apostado por mí y cubierto los gastos de traslado para sumarme a ellos, por ende, yo debía rendir al máximo, demostrar mis capacidades y que había valido la pena”.

Costumbres bienvenidas, costumbres extrañas: “En el desayuno mezclan papa con pescado frío, quesos y fiambres”
Para Andrés, el primer mes fue agotador. Fue recién con la llegada de Camila, que el país emergió con mayor esplendor, con sus playas pedregosas, antiguos bosques y un sinfín de lagos, así como con sus castillos románticos, y las iglesias y fortalezas sobre las colinas, construcciones con huellas de la Unión Soviética, país del que solían formar parte.
Y con el paso de los meses descubrieron en su nuevo hogar costumbres muy alejadas a las argentinas, algunas muy bienvenidas y otras un tanto extrañas: “La principal costumbre que nosotros no tenemos en absoluto es la del sauna, que se hace entre amigos, conocidos y está presente a todo momento, después de un partido, en un paseo de campo, incluso para hacer negocios”, cuenta. “Todos se sacan los zapatos dentro de la casa y también en las oficinas. Se explica por el clima, para no trasladar el barro y la nieve del invierno. Es una costumbre muy buena que adopté enseguida”.

“La gastronomía acá no tiene nada demasiado autóctono, sino que han tomado platos de las culturas que se relacionaron con Estonia. Mucho alemán, báltico y escandinavo. Para ellos el desayuno, por ejemplo, es una comida más. Es, tal vez, su plato más fuerte y hacen mezclas que nosotros llamaríamos raras, como comer para el desayuno papa, pescado frío, escabeche, fiambres, quesos. Después almuerzan, no meriendan y cenan tipo 18 o 19″, describe. “Con respecto al idioma es muy común encontrar comunicación escrita en estonio, ruso e inglés (no solo en una carta de restaurante)”.
“Por una cuestión climática todo se hace puertas adentro. Desde el fútbol, el tenis o el shopping”, agrega. “Las compras se resuelven todas en un mismo supermercado, ¡los hay por todos lados! No existe el almacén, la carnicería de barrio, y similares. Y la gente va seguido al súper porque casi nada tiene conservantes: la leche o el pan se vencen enseguida”.

Burocracia cero, transporte gratuito, gente educada y seguridad: “No ves en los diarios noticias de crímenes y uno se acostumbra a eso muy rápido”
El 5 de junio de 2022, días antes de que Andrés emprendiera su mudanza, Argentina y Estonia jugaron un amistoso de fútbol, donde Messi anotó cinco goles. Tanto los medios argentinos, como los de su nuevo lugar de residencia crearon numerosas notas periodísticas que trascendieron lo meramente deportivo. ¿Quién es Estonia? Los medios argentinos cubrieron todo dato curioso al alcance, un suceso que favoreció al joven emigrante antes de su llegada, pero que luego lo llevó a cotejar los dichos con la realidad.
“En Argentina se dio a conocer que acá, en Estonia, no hay burocracia ni papeleos, todo es online, algo muy cierto. Tengo mi documento de identificación estonio y todo está asociado ahí. Todo es muy rápido. También es un país pionero en la visa nómade , que te permite estar en el país por un año (aunque no por eso se accede a todos los servicios del Estado, como la salud por ejemplo). Pero ojo, no es tan fácil como lo pintan. Es un país abierto a la inmigración siempre que tengas papeles, el perfil y un contrato. Después el Estado sí es muy eficiente para resolverte la llegada. Una empresa se puede abrir en dos horas y el sistema fiscal es considerado como uno de los más competitivos del mundo. Pero otra cuestión a tener en cuenta es que no todas las ramas laborales se ven beneficiadas en este país. El IT es el sector más accesible para un inmigrante, para el resto necesitás hablar el idioma local en un nivel aceptable”.
“En lo laboral, también es llamativo que hay grandes beneficios en relación a las licencias de maternidad y paternidad, que se pueden extender hasta los dos años del recién nacido. El Estado brinda una asignación monetaria que lo acompaña”.
“Por otro lado, Tallin es una ciudad chica, limpia, de tránsito sencillo. Los transportes públicos son gratuitos para los residentes. Hay colectivos, tranvías y las personas también se mueven mucho en monopatín. Bolt, una compañía importante en Estonia, resuelve muchas cuestiones de movilidad”, afirma. “Es una ciudad muy segura, no ves en los diarios noticias de crímenes y uno se acostumbra a eso muy rápido”.
“En cuanto a la gente, acá tienen uno de los mejores índices de educación y se nota. Hablan mínimo tres idiomas, el servicio militar es obligatorio para los hombres, dura once meses, pero tenés un período de varios años para hacerlo, aunque lo suelen hacer antes de comenzar la universidad”, cuenta. “Las personas son muy introvertidas, están cada uno en su mundo, con sus auriculares. Si les pedís ayuda son muy serviciales, pero no se acercan porque sí. En el trabajo no hay charla coloquial, está bien pedir las cosas directamente, sin preámbulos y eso a un argentino le choca. Si le digo a un compañero: hola, ¿cómo estás?, lo incomodo, ellos sienten que realmente tienen que decir cómo están y los pone en aprietos. Me ha pasado y es algo llamativo, porque en ese caso te contestan en serio. Eso sí, cuando traspasás la barrera introvertida, son increíbles”.
Una aventura inolvidable en una cultura diferente: “En la vida lo peor es preguntarse ¿qué hubiera pasado sí…?”
A veces, creemos que hay cosas que no nos interesan simplemente porque no las conocemos. Esa fue la experiencia de Andrés, un hombre que pensaba que no tenía tanto interés por ver el mundo, hasta que abordó por primera vez un avión hacia tierras lejanas, con realidades muy diferentes a las propias, un evento que abrió su mente e impulsó en él el deseo de seguir traspasando fronteras.
Desde el despertar de su amor por los viajes, Andrés ha recorrido decenas de naciones a lo largo del planeta, una forma de vida que lo ayuda a tener nuevas perspectivas y a apreciar lo propio como nunca antes. Muchas travesías las hizo solo, otras acompañado, como en su presente actual, donde vive en Estonia con su novia, Camila, un detalle crucial para semejante aventura cultural.

“Nunca antes Estonia había aparecido en mi radar como país para vivir”, dice. “Viajé mucho por trabajo y turismo, y esta cultura nórdica es muy diferente al resto de Europa. En Argentina siempre tuve una buena vida y no descarto volver el día de mañana, ya que lo afectivo y lo social se extrañan. Pero esta es una oportunidad de vida que se presentó y me presentó una mirada hacia el mundo inédita. Es una aventura inolvidable en la cual Camila, mi novia, ha sido un pilar fundamental, mi gran soporte. Hacemos un equipo fantástico y sé que si estuviese solo acá todo sería diferente”, reflexiona conmovido.
“Esta experiencia me enseñó a ser más flexible y paciente. También a perder la vergüenza y el miedo a equivocarse. Si algo no sale bien, hay que ir de nuevo a la carga y uno aprende a hacerlo sin sentirse mal por ello. Vivir en el extranjero, en un país tan diferente, es una enseñanza constante. Es una oportunidad que decidimos tomar porque entendimos que en la vida lo peor es preguntarse ¿qué hubiera pasado sí…?, arrepentirse por lo no hecho años más tarde”, concluye.
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