
Spencer Tracy & Katharine Hepburn
Estas dos grandes figuras de la era dorada del cine mantuvieron durante 27 años un romance discreto, intenso e incondicional
1 minuto de lectura'
Hollywood era el espejo del mundo. El mundo se miraba en esa imagen que fingía reflejarlo, y hacía lo posible por parecerse a ella. A miles de kilómetros, en un país remoto llamado Argentina, cuando se hablaba de un amor romántico y abnegado, la gente pensaba en Katharine Hepburn y Spencer Tracy. Eran los swinging sixties y el fin de cierta hipocresía. Tal vez por eso se conocía en ese momento una larga historia que estaba llegando a su fin.
Spencer Tracy, un hombre que nació con el siglo, tal vez el mejor actor de la historia de Hollywood, se levantó una noche de 1967, a las 3 de la mañana, y fue a la cocina para hacerse una taza de té caliente. Katharine oyó el golpe de la taza haciéndose trizas contra el suelo. Spencer había muerto.
Kate quiso borrar todo rastro de su presencia en esa casa antes de que llegara la familia de él: la legítima esposa, los hijos. Con ayuda de su asistente, sacó su ropa y sus objetos personales y los puso en el auto. Después cambió de idea y volvió a llevar todo a la casa.
En la iglesia católica del Inmaculado Corazón de María se celebró la misa de réquiem por el alma de Spencer Bonaventure Tracy. Todo Hollywood estaba presente para despedir a una de sus grandes estrellas y dar el pésame a sus hijos y a su viuda, Louise Treadball Tracy. Encerrada en su casa, Katharine Hepburn se negaba a recibir a la prensa.
Unos días después, Kate llamó a Louise.
–Sabes, Louise –le dijo–, podemos ser amigas. Tú lo conociste al comienzo y yo al final.
–Bueno, sí –dijo Louise, vengativa–, pero verás, yo pensaba que era sólo un rumor...
Fue un largo rumor de 27 años. Katharine Hepburn y Spencer Tracy se conocieron en 1941, como protagonistas del film La mujer del año.
El era un irlandés de Wisconsin. Alcohólico perdido. Ella era una señorita de la alta sociedad. Ella tenía 34 años. El tenía 41.
El era católico ferviente. Ella era creyente, pero no religiosa. Su madre era una abanderada del control de la natalidad. El nunca se llevó bien con sus padres. Ella adoraba a la familia en que nació y los visitaba todos los fines de semana cuando no estaba en rodaje.
El prefería quedarse en casa. Ella era fanática del aire libre.
El era indiferente a los deportes (excepto el polo, que dejó antes de conocerla). Ella era loca por el tenis y el golf, le gustaba nadar y andar a caballo. El era terco y autoritario. Ella, independiente y fuerte.
El estaba separado de su esposa, pero no pensaba divorciarse nunca y seguía viéndola con regularidad. Se consideraba un hombre casado. Y mujeriego. Ella era divorciada. Y había vivido varios sonados amores, entre otros con el multimillonario Howard Hughes.
El era un hombre formal y tradicional. Ella, una rebelde que desafiaba las convenciones.
Pero los dos eran inteligentes, cultos, ególatras, demócratas, fanáticos del presidente Roosevelt, amaban su trabajo por encima de todo, y tenían un extraordinario y malévolo sentido del humor.
Cuando le propusieron a Spencer Tracy, un actor consagrado, trabajar con Katharine, contestó con toda franqueza:
–¿Cómo puedo hacer una película con una mujer que tiene las uñas sucias, una sexualidad ambigua y usa siempre pantalones?
Pero después de ver la última película de ella, Historias de Filadelfia, decidió aceptar el papel. Se encontraron por primera vez en las oficinas de la Metro.
–Me temo que soy un poco alta para usted, señor Tracy –dijo Kathy, desde su metro setenta de estatura realzado por diez centímetros de taco.
–No se preocupe, señorita
Hepburn –dijo Tracy–. La pondré a mi altura.
La leyenda había comenzado.
Spencer Tracy se había casado con Louise en 1924. Eran dos jóvenes actores de reparto en una compañía teatral que hacía giras de repertorio. Cuando su primer hijo, John, tenía unos meses de vida, los médicos confirmaron que el bebe era completamente sordo. Louise dejó su carrera para dedicarse completamente a ese hijo. Se negó a internarlo en una institución. Descubrió que podía enseñarle a leer los labios y después, poco a poco, a emitir sonidos y pronunciar palabras. Era una tarea lenta y penosa. Tuvieron otra hija, Susie. Entre tanto, Tracy triunfaba como actor de cine. Y el matrimonio se desmoronaba. Louise y Spencer vivieron juntos más de quince años. Ella lo apoyó y lo alentó en su carrera y comprendió su angustia como padre. Toleró sus amoríos y sus borracheras, frecuentes y graves, y siempre tuvo su puerta abierta.
Cuando Spencer se enamoró de Katharine, ya no vivía con Louise, pero la visitaba todas las semanas. Mantenían una relación de profundo cariño y amistad. Esa relación fue inconmovible y duró toda la vida. Hasta el fin de sus días, cuando ya hacía mucho que los hijos se habían ido, cada vez que su salud se lo permitía, Spencer siguió viendo a Louise. En sus internaciones, las dos mujeres se turnaban para estar con él.
No se puede decir que la entrega de Louise haya hecho feliz a Spencer Tracy. Tarea imposible que Katharine emprendió con muchas esperanzas y pronto dejó de intentar. Ni el éxito como actor, ni el amor de las mujeres, ni el respeto de sus colegas, ni los elogios de la crítica, ni el dinero, ni la pasión de su público fueron suficientes para él. Tracy fue toda su vida un hombre atormentado, acosado por el insomnio, siempre dispuesto a ahogar sus penas en el alcohol.
La mujer del año fue un gran éxito. La pareja Tracy-Hepburn había demostrado una química que los espectadores adoraban. Todos querían más. Y así fue. Llegaron a filmar juntos ocho películas. En su relación personal, Kate aceptó ser extremadamente discreta. Después de todo, nunca había permitido que la prensa husmeara en su intimidad. Los dos cuidaron las apariencias y nunca convivieron bajo el mismo techo. Cuando viajaban, ni siquiera se alojaban en el mismo hotel. No hay ni una sola foto de los dos que no sea de trabajo.
Louise estaba siempre allí. En cambio para Kate su carrera era fundamental y así, tal vez sin proponérselo, adoptó la estrategia contraria. Durante veinte años viajó por todo el mundo. Hizo numerosas giras teatrales, una de ellas por Inglaterra, otra por Australia. Durante varios meses vivió en el Congo, filmando La Reina Africana, con Humphrey Bogart. Sus relaciones con Tracy no fueron siempre maravillosas. El recaía una y otra vez en el alcohol y reaccionaba violentamente cuando ella trataba de rescatarlo.
Habían pasado veinte años cuando la revista Look publicó por primera vez un artículo en el que dejaba entrever que la relación Tracy-Hepburn quizá no fuese sólo de compañeros de trabajo. Para entonces, Spencer Tracy empezaba a pagar una vida de excesos con problemas cardíacos y un enfisema pulmonar. Siempre cuidando las apariencias, Kate alquiló una casita cerca de Tracy y se dedicó a cuidarlo. Durante los años siguientes, rechazó toda propuesta de trabajo para estar junto a él. Sólo aceptó participar en la última película que filmaron juntos: Sabes quién viene a cenar, con Sidney Poitier.
Por fin estaban viviendo juntos. Aunque nunca compartieron la misma habitación, cerca del final, él dormía con la cuerda de una campanita a mano: en el otro extremo estaba ella. La soga era bastante larga como para permitirle a Kate moverse por la casa, incluso salir al jardín. Spencer murió tres semanas después de terminado el rodaje de su última película.





