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Famosos y tatuajes

Tatuajes de un ex Decadente: Nico Landa

Nazareno Brega
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11 de febrero de 2019  

Los tatuajes ya no son, salvo que así se desee, para toda la vida, y eso exonera a aquellos seres impulsivos sin tabúes a la hora de encarar un diseño en tinta. En otros tiempos, parecía demasiado riesgoso llegar al estudio del tatuador y hojear un catálogo sin una idea clara sobre qué llevar en la piel. Nico Landa dejó de tatuarse hace 18 años, en una época en la que todavía era impensado borrarse un tatuaje, y a lo largo de esa vida loca ligada con el rock (que incluye una década en Los Auténticos Decadentes, una carrera al frente de Los Animalitos, componer con David Byrne o la reciente edición del disco El amor es un accidente), siempre le dio rienda suelta a todo impulso entintado. Tatuarse el nombre de una chica que recién conocía sin haberle dado siquiera un beso, el de los músicos que admira y los regalos que recibió del público durante una gira o escribir una canción mientras lo tatuaban son algunas de las jugosas anécdotas que Nico llevará siempre en la piel.

¿Cuál fue tu primer tatuaje?

Tengo cinco, aunque algunos son compuestos, y el primero me lo hice en 1995, a los 21, cuando fuimos con Los Decadentes a Los Ángeles para grabar Mi vida loca. Dice "la familia" y tiene unos cartuchos de dinamita con el nombre de mi sobrino y un corazón con el nombre de mi sobrina. Me lo tatué como un gesto de amor hacia ellos. Habíamos terminado el disco y me quedé una semanita más allá en la casa de un español. Salíamos todas las noches a lugares como el Whisky a Go Go y el Troubadour y una de las veces me llevó al estudio de un amigo tatuador, así que fui sin tener ni idea de qué quería. Y ahí, mientras nos tatuábamos, terminé escribiendo, en el papel de calcar que usan ellos, una de mis primeras canciones. Se llama "La tatuadora". Todavía tengo la hoja por ahí.

Fuente: Brando - Crédito: Ignacio Sánchez

¿Cuándo te hiciste el último tattoo?

Habrá sido a fines de 2001, porque recuerdo que veíamos en la tele cómo se pudría todo en Plaza de Mayo. Me lo hizo el Negro Flores, de Paraná, en un estudio de Palermo donde paraba una crema rockera muy interesante. Íbamos mucho con Juanse ahí. El tatuaje es una V en el brazo con los colores de San Lorenzo. Es por mi hijo, Valentín.

Pasó mucho tiempo, ¿pensás hacerte alguno más?

No había pensado nunca en volverme a tatuar, pero este año mi hijo, que ya tiene 18, se hizo uno en la pantorrilla con una frase de una canción que escribí con Cuino Scornik y dice: "Hay que dejar la vida en una canción" junto con una guitarra. Se lo hizo en casa y me quedé charlando con el tatuador, así que le pedí que me arreglara uno que me había hecho en parte en Playa La Boca, en Cuba, con los tres símbolos de cada capítulo del libro El oráculo del guerrero y un siete, que es mi número favorito. El Negro Flores unos años después le agregó alrededor los nombres de cuatro artistas que me gustan mucho: Perales, Serrano, Marley y Ramones. El tatuaje es muy de entrecasa, queda medio escracho, así que quiero armar uno con una selva litoraleña que envuelva todo y lo unifique.

¿Cuál fue la reacción cuando Valentín apareció tatuado?

Antes hubo un año de idas y vueltas, si lo dejaba o no, qué nos parecía con la mamá. Pero nosotros siempre lo criamos con mucha libertad. Le pedimos que estuviera seguro y él se tomó su tiempo entre que tuvo el impulso y se lo hizo. Fue un año que laburó las ideas y se decidió. Y, por suerte, está muy contento con los tatuajes que tiene. Y nosotros también.

Fuente: Brando - Crédito: Ignacio Sánchez

¿Cuál es tu tatuaje favorito?

El primero es el que tiene más calidad, es superprofesional y todavía está recontracolorido. Pero me gusta más el dibujo de otro que fue perdiendo un poco de color. En el otro brazo tengo el corazón del disco Mi vida loca, pero con un diseño distinto que busqué yo. Y alrededor le hice todos unos colgantes con el Chapulín Colorado, un dragón, el yin y el yang y otros que me habían regalado el público en la última gira con Los Decadentes, que me los guardé todos. Me lo hizo un español en el sótano de la casa de Melingo y Diego Chemes, ahí por Lacroze y Libertador. Y tengo otro que me encanta, con una estrella con el nombre de mi chica que dice "vermut del 2000". Significa antes del 2000 y me lo hice apenas la conocí, ni siquiera nos habíamos dado un piquito.

¿Qué te dijo cuando lo vio?

Casi me mata, me tatué a la semana de conocerla. Todavía no habíamos ni chapado, pero yo sabía que había algo muy fuerte entre nosotros. Y ella es la persona con la que tengo un hijo y con quien todavía comparto mi vida. Nos fuimos a vivir juntos al mes de conocernos y nos casamos a los tres meses en una fiesta multitudinaria en Cemento, el boliche de Omar Chabán. Y al año tuvimos un hijo. Pero ya era tatuaje antes de haber consumado la relación.

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