
Tertulias borgeanas
Un recorrido por los bares y restaurantes que frecuentó Jorge Luis Borges para que los gourmands porteños lo recuerden en su efemérides
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No resulta fácil vincular la sobriedad de Jorge Luis Borges con el universo de sensaciones que habitan las cocinas. Los testimonios y apuntes sobre su vida en Buenos Aires lo sitúan en alguna fonda del Abasto o en un viejo café céntrico. El escritor no era adepto a las suculencias gastronómicas, al menos así lo muestra la entrevista extractada por Carlos Zito en su libro, El Buenos Aires de Borges, cuando el escritor recuerda, en su vejez, la hora de la comida durante su niñez palermitana.
"... Era espantoso: ¡todos los días caldo! Después del caldo, el puchero; un puchero muy copioso, abrumador, con carne, con morcilla, con batata, con papa, con zapallo, con choclo. Y después el postre. Y cuando venían visitas, entonces el tormento era más terrible todavía. Entonces había siempre: caldo o sopa -sopa por la noche, caldo por la mañana- tres platos, postre y después, para que el invitado no se quedara con hambre, un tazón de café con leche. ¡Era horrible! Ahora felizmente se come menos."
Las palabras de Borges coinciden con el recuerdo de Ramón Toledo, maitre del restaurante Pedemonte. "Era muy sobrio, un plato y nada más", rememora, y recomienda la pascualina de alcauciles, clásico de la casa que Borges solía elegir como almuerzo frugal. En los años 60, en el local de Rivadavia 619 (primera dirección del reducto fundado en 1890) "se sentaba a la mesa diez", recuerda Toledo, que entonces se iniciaba como comisse (ayudante del mozo). Mudado a Esmeralda 59, en 1970, Pedemonte recibió alguna vez a un Borges afectado por la ceguera, en compañía de María Kodama.
Lugares que ya no están
Pocos sitios sobrevivieron al avance de la modernidad, que con el guiño del progreso cambió la fisonomía y el espíritu de recintos otrora elegidos por el escritor. El imponente restaurante de la estación Retiro; el bar Homero Manzi, en Boedo; el primero, transformado en fast food , el segundo, recientemente cerrado; o el café Del Carmen, en Paraná y Paraguay, que con nuevos dueños reabrirá en un par de meses.
También desaparecieron los bares automáticos de los años 30, como el de Córdoba y Callao, donde Borges era sorprendido por su amigo Xul Solar con mezclas como café negro con salsa de tomate o sardinas con chocolate (otra anécdota recuperada por Zito). Vecino de Barrio Norte, Solar condujo a Borges al pasaje Bollini, antiguo rincón de cuchilleros que hoy alberga a La Dama de Bollini. En el restaurante y galería de arte, el escritor cenó junto con Kodama unas espinacas a la crema preparadas por Cecilia Leoni de Hegui, propietaria del lugar, en noviembre de 1984. Volvería otras veces para tomar un té y seguir su paseo por el pasaje al que dedicó un relato en su Atlas (1984).
Emular las caminatas que Borges dedicaba a esta ciudad con la que lo unieron contradictorios sentimientos produce cierta desazón ante lo que ya no es, pero permite revivir la presencia del mítico poeta. Como sucede sobre las inmutables mesas de mármol del Gran Café Tortoni. Roberto Fanego, el gerente, muestra con orgullo las fotos que documentan a Georgie bebiendo su Indian Tonic Cunnington junto a Julián Centeya y Carlos Mastronardi. Las visitas del escritor se remontan a los tiempos de la peña por la que desfilaron Quinquela Martín, Alfonsina Storni, Leopoldo Marechal y otras celebridades de la época.
En las cercanías de Retiro, Claudio Fernández, propietario de Bárbaro, remite a 1972-78, cuando al caer la tarde, Borges acompañaba con un té y bay biscuits los dictados a su asistente. Entre 1967 y 1969, siendo empleado de la desaparecida confitería Saint James, en Córdoba y Maipú, Fernández fue espectador del desayuno cotidiano (té con leche y tostadas) del solitario escritor.
Testigos sin memorias
La confitería Richmond, en Florida y Paraguay; el restaurante del hotel Dorá, en Maipú 963; El Querandí, en Perú 302; el bar La Perla, en Rivadavia y Jujuy, permanecen como mudos testigos de almuerzos y tertulias vespertinas teñidas de literatura, aunque con nuevos dueños y mozos carentes de memoria.
En el remozado bar de Once, un silencioso observador de aquellos años desayuna su café con leche y medialunas mientras recuerda a Alvaro Yunque y a otros amigos que se fueron. El escritor Lubrano Zas, de 87 años, rememora a los integrantes de los grupos de Boedo y de Florida, a los que dedicó algunos ensayos, en el sitio que fuera escenario de charlas sabatinas entre Borges y Macedonio Fernández. Entonces, Zas mira a su alrededor, observa la moderna ambientación del local y suelta: "Da la impresión de que ya no existe".






