
Una caravana de beduinos en la inmensidad de Jordania

Wadi Rum (Alto Valle), también llamado Valle de la Luna, es una vasta extensión de terreno en el sur de Jordania. No sólo alberga unas vistas y parajes impresionantes, también ha sido el lugar elegido por antiguas civilizaciones como la nabatea, que fijó su capital en la magnifica Petra.
Tengo que confesar que desde que vi, en épocas mozas, Lawrence de Arabia, protagonizada por Peter O’Toole, me sentí atraído por este lugar. Seguramente los que vieron la película, una gran obra de arte cinematográfica, se acordarán de las tremendas escenas.
Por eso, no dudé un segundo cuando surgió la generosa invitación para conocer el lugar y experimentar la sensación, breve para ser ciertos, de la vida en un paraje semejante. Para ello, me alojé en tradicionales tiendas beduinas.
Después de unas cuantas horas de manejo desde la capital jordana a lo largo del Mar Muerto, entramos en el Wadi. Recibidos por nuestros anfitriones con un más que bienvenido té, intercambiamos saludos e impresiones y me depositaron gentilmente en la que iba a ser mi casa por cuatro días. La verdad es que estaba encantado con la experiencia y no quería perder un segundo para explorar las inmediaciones y registrar mis propias impresiones de lo que me rodeaba.
Se hacía de noche. El sol caía en el horizonte como una bola de fuego y la inmensidad del desierto jordano se abría ante mis ojos.
Una pequeña caravana de beduinos –en su lengua significa moradores del desierto– se desplazaba lentamente en sus camellos, seguidos por la decena de cabras que formaban parte de su propiedad. Parado muy cerca de su derrotero y con los pies enterrados en la arena pensaba cómo durante siglos éste había sido el camino utilizado para éxodos, peregrinaciones, batallas o simplemente comercio, con la única guía del instinto, las estrellas o la necesidad.
Si no hubiese sido por el sonido de los pasos de los rumiantes, los balidos de la cabras y el viento que soplaba, habría pensado que el tiempo literalmente se había detenido.
La caravana avanzaba firme, y como hipnotizado observaba las sombras que proyectaba sobre el arenoso terreno, con las enormes formaciones rocosas de escenografía.
Di unos pasos hacia atrás para no obstaculizar el trayecto trazado por estos amos del desierto y por un instante, al arribar al punto donde me encontraba, mi mirada se topó con la del cabecilla de esta troupe de trashumantes.
Dos personas de paso, provenientes de regiones que podrían ser consideradas como antípodas, con, tal vez, dos maneras de ver la vida completamente distintas, a una hora determinada, en un punto determinado del planeta, se observaron.
No sé qué habrá visto él en mí, espero que algo bueno, pero sí me acuerdo lo que vi en él: un rostro curtido, tupidas cejas y ojos despiertos llenos de determinación, esos que muestran la valía de afrontar las responsabilidades y vicisitudes de la vida. Todo esto con el aplomo para continuar tranquilamente con un tradición ancestral. Una mano munida de las riendas y la otra apoyada elegantemente en el pomo de la montura, su cuerpo acompañando la cadencia del movimiento animal.
Casi al mismo tiempo nos saludamos, sin palabras. En mi caso levanté la palma de mi mano e hice un respetuoso gesto con la cabeza.
Él llevó sentidamente su mano libre al corazón, bajó su cabeza, levantó su dedo al cielo, me sonrió amigablemente y luego de un fuerte silbido apuró el paso y, junto con su caravana, se perdió en el horizonte.







