
Vietnam: Recuerdos del horror
Hace 32 años, Don Rypka, actual jefe de fotografía de LA NACION, vivió la guerra, como soldado norteamericano en los mismos lugares que ahora registró con su cámara. Estas son las imágenes, y ésta es la historia
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SAIGON.- El calor, húmedo e insoportable, nos hacía transpirar como un sauna en la selva de Tra Du, una aldea de pescadores a orillas del Mekong junto a la frontera con Camboya.
Ya fuera por lo extraño del escenario, por los mosquitos que no me dejaban pensar o porque el tiempo parecía retroceder de golpe 32 años, la escena era fantasmal.
Don Rypka, fotógrafo norteamericano y ex combatiente de Vietnam, se abrazaba con Nguyen Lo, un ex vietcong que le acababa de confesar que fue uno de los guerrilleros comunistas que atacó la base fluvial donde Rypka pasó los peores momentos de su vida. Fueron unos instantes solamente, pero la emoción y las lágrimas de los dos hombres fueron conmovedoras.
Claro que ese combate ocurrió a fines de 1971, cuando Rypka -actual jefe de Fotografía de La Nacion- ya estaba de regreso en los Estados Unidos después de haber cumplido sus dos años de servicio militar en la U.S.Navy.
Ahora, como muchos veteranos de guerra norteamericanos, Don está· de vuelta en los escenarios donde vivió su romance con la muerte. Donde vio morir a muchos amigos y mató a muchos enemigos, cuyos nombres nunca supo.
Nguyen Lo, el ex vietcong, me pide que le escriba en una hojita de mi anotador el nombre y apellido de mi compañero, a quien luego pidió un autógrafo. La vida no parece haber sido benévola con Lo. Tiene 55 años y parece de 70. Su piel está arrugada y cruzada por una miríada de cicatrices. Se excusa de escribir por un incipiente Parkinson que le sacude ambas manos. Aunque me queda la casi certeza de que es analfabeto.
El ganador de la guerra está descalzo y se las rebusca para alimentar a su mujer y 7 hijos con lo que saca de la pesca y de algún contrabando traído en su lanchita desde la vecina Camboya.
Rypka, uno de los perdedores, luce saludable como un Papá Noel de bermudas con la piel colorada por el sol, barba y pelo rubio casi blanco.
Su aspecto exótico en ese claro de la selva se complementa con la negra parafernalia de sus cámaras y teleobjetivos, que brillan al sol y esquivan como pueden las manos ávidas y miradas curiosas de los chicos vietnamitas, que no lo dejan en paz.
El objeto de que hayamos llegado hasta Tra Du, a 280 km al este de Saigón por carreteras casi intransitables, fue dar con la base flotante donde Don estuvo destinado entre agosto de 1968 y julio de 1970.
Pero no la encontramos, porque luego de ser puesta fuera de servicio por los norvietnamitas después de la victoria, en 1975, se hundió en el río, que a esa altura tiene unos diez metros de profundidad. Antes de ser tragada por el Mekong, los pobladores de la zona la saquearon para hacerse con todo lo que fuera vendible.
La curiosidad de los chicos por esa ciudad flotante con doble helipuerto, cuatro muelles y capacidad para alojar a 500 hombres no se aplacó hasta 1998. Un grupo de 14 entusiastas buceadores se sumergió para encontrar algo de valor y dio con un proyectil de artillería de 105 mm que estalló. Murieron todos.
Los ancianos del caserío nos invitan a fumar opio, pero seguimos fieles a Marlboro. Bajo la sombra de un banano, Hai, nuestro intérprete, guía y espía (nos lo asignó por decreto el gobierno comunista de Hanoi) rumia su descontento sentado sobre los talones. No ve la hora de volver a Chau Doc y a su hotel con aire acondicionado. Esta noche volverá a la carga para hacernos probar la carne de perro con vino de arroz, el non plus ultra de su manual gastronómico.
Volvemos al sampán de motor que nos llevará, cruzando el anchísimo Mekong, a Tan Chau, uno de los principales puertos del Delta. Allí el río, marrón y majestuoso, hace un recodo que nos trae a la memoria el Alto Paraná en Paso de la Patria. El toque oriental lo dan las embarcaciones de siluetas chinescas y los sombreros cónicos de fibra tejida de los hombres y mujeres que hormiguean a bordo.
La referencia histórica, a esta altura del relato, se hace necesaria para entender por qué Don Rypka volvió a buscarse en el delta del Mekong 32 años después.
A mediados de 1966, el alto mando militar norteamericano se dio cuenta de que con los escasos batallones de fuerzas especiales y brigadas sudvietnamitas no podía controlar el Delta. Son 387.000 km2 de rico suelo aluvional al sur y oeste de Saigón, donde vivía casi la mitad de la población de Vietnam del Sur.
La región se caracteriza por estar cruzada por decenas de miles de ríos, riachos, arroyos y canales en los que el tráfico fluvial es muy difícil de controlar. En esa época, el Vietcong había visto frustrada su red marítima de abastecimiento de armas y municiones. La marina norteamericana había hundido los barcos que bajaban desde el golfo de Tonkín para dejar sus pertrechos en los manglares al sur de Saigón. El camino elegido fue entonces el del contrabando hormiga en pequeños juncos o sampanes que entrarían desde Camboya. Las armas y explosivos venían desde Hanoi a través de Laos y Tailandia, y eran pasadas preferentemente de noche.
Fue entonces que los norteamericanos pusieron en práctica una fuerza fluvial conjunta ejército-marina. Esas unidades estaban emplazadas en bases flotantes que podían moverse de un lugar a otro utilizando los numerosos cursos de agua.
La primera de ellas se instaló en Dong Tam, a unos 7 km de My Tho, en el Mekong. Los soldados eran trasladados al combate en lanchas de asalto fluvial, blindadas, respaldadas por monitores equipados con cañones de 40 mm y morteros de 81 mm.
La estrategia por seguir era la de búsqueda y destrucción, esto es, dar con los campamentos del Vietcong, aniquilarlos y volver a la base rápidamente y con el menor número de bajas.
Fuentes de inteligencia de la época aseguraban que llegó a haber unos 100.000 guerrilleros enemigos en la zona a mediados de 1969.
Una de las tácticas más utilizadas por el Vietcong era camuflar los envíos de armas en el doble fondo de las lanchas pesqueras, cuyos patrones ponían cara de yo no fui cuando las patrullas norteamericanas le preguntaban qué llevaba a bordo. Claro que esas embarcaciones son también viviendas unifamiliares, como puede verse aún hoy en el Delta.
Las requisas, muchas veces, eran sangrientas. Don Rypka las recuerda así: "Salíamos siempre al caer el sol, de modo que trabajábamos de noche y dormíamos de día. Eramos cinco tripulantes más el timonel de la lancha. Yo estaba a cargo de la ametralladora bitubo de 50 mm. Se hacía muy difícil saber quién era quién. Los VC no tenían uniforme y parecían gente del pueblo. Hubo quienes se agachaban a agarrar una canasta con pescado para obsequiarnos y nos rociaban de balas con la ametralladora. A poco de andar nos dimos cuenta de que no podíamos correr riesgos. Si encontrábamos armas escondidas a bordo los matábamos a todos".
Las lanchas de fibra de vidrio eran propulsadas por un chorro de agua y alcanzaban una velocidad de 25 nudos. Las llamaban PBR (Patrol Boat River), y fueron fabricadas en Bellingham, Washington, por la United Boat Builders.
La durísima experiencia de las tripulaciones de las PBR ("una madrugada volvimos a la base con vida sólo yo y el timonel", recuerda Rypka) fue reflejada con acierto, según muchos de sus ex tripulantes, por Francis Ford Coppola en su película Apocalypse Now, de 1979.
"Eramos muy jóvenes y nos habían mandado a matar y a morir en una guerra que no era nuestra. Como en Apocalypse, casi siempre íbamos fumados y con mucha cerveza encima. El radiograbador a todo volumen con temas de los Rolling Stones, Deep Purple y Country Joe and the Fish. Nos ayudaba a escaparnos de esa realidad. Muchas veces, al ir patrullando por un canal donde apenas cabía la PBR, escuchábamos ruidos y comenzábamos a disparar hacia los costados. Si nos contestaban era el enemigo. Si no, era mejor no pensar."
El recobrado paisaje vietnamita y el Johnnie Walker etiqueta negra hace afluir los recuerdos de Don en el bar del hotel de Chau Doc, importante ciudad costera del Delta.
Ha vuelto de golpe a sus 20 años, y ya no es el veterano fotógrafo y ganador del Pulitzer por sus imágenes exclusivas del atentado contra el presidente Ronald Reagan en 1980.
Un oportuno llamado a Buenos Aires lo saca de la depresión y de la pena que lo buscan allí fuera, en la jungla tórrida y siempre ruidosa. Es Karina, su mujer, que le cuenta las andanzas de su hija, Sofía, en el jardín. Y juntos fantasean con el nombre que le pondrán al próximo, que esperan para febrero.
Nuestro veterano Peugeot 504 -si tiene refrigeración nunca funcionó- esquiva trabajosamente a los pobladores de los caseríos que se alinean como en caravana a lo largo de la ruta que une Tan Chau con Chau Doc, unos 18 kilómetros.
El caso es que en el Vietnam rural (el 90 por ciento de su superficie) la gente vive en la calle. Y no en cualquiera, sino en las escasas vías asfaltadas.
Sobre las angostas calzadas de una sola mano secan el arroz recién cosechado, comen, se casan, juegan al badminton, compran y venden. Cuando son muy viejos también eligen la calle para morir. Y son enterrados a pocos metros de su casa.
Al pasar por Long Soon, el congestionamiento de turno se debía esa vez a que le tributaban honras fúnebres a un personaje local, un hombre muy rico. La casa mortuoria era la del difunto, donde fue montado una especie de altar con una foto suya, festoneada con papel crêpe de colores vivos. En el escaso lugar que dejaba el féretro y el coro de lloronas contratadas se apiñaba una banda de música. Un grupo de ocho veteranos profesores con abollados instrumentos de latón ejecutaba una melodía semimilitar que me recordó a nuestra Marcha de las Malvinas.
El gentío se ubicó sobre la ruta, pugnando por rescatar algo del buffet de rigor.
Centenares de conductores de ciclomotores, carros tirados por bueyes y poquísimos automóviles -entre ellos el nuestro- debimos esperar dos horas para seguir viaje. Pero nadie se quejó. Es de mal gusto.
En las afueras de Long Soon encontramos la nota que buscábamos. Se trata de un Ling Tho, joven conductor de xich lo o ciclotaxi -una suerte de rickshaw a pedal- que es hijo de Soon Yi, una mujer vietnamita que tuvo amores con un soldado australiano.
Durante el trayecto hasta su casa, una choza sobre pilotes a la vera de un canal, nos acompañó prácticamente todo el pueblo. Los más chicos tironeaban a Don el vello de sus piernas. "Es para comprobar que en realidad es americano y que no se trata de un disfrazado", me apunta un vecino que trata de venderme un recuerdo de la guerra a todas luces trucho.
En el viaje de regreso a Saigón pasamos por los famosos túneles de Cu Chi, los 120 kilómetros de senderos subterráneos donde se refugió el Vietcong de los bombardeos de los B-52 norteamericanos.
En el camino de acceso, Don gatilla imágenes de una joven vietnamita que pasa como una exhalación por el bosque de tamarindos.
La estación de las lluvias está llegando, y todo es de un verde muy intenso. Nos dicen que que al día siguiente nos vamos a Hanoi. Lo contaré en otra nota.
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