
Vistas del México antiguo
El MNBA presenta las pinturas con nácar, de Miguel Gonzales, sobre la empresa de Cortés
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Casi dos siglos después de que Hernán Cortés barriera de un plumazo, y con un puñado de hombres, al joven y vigoroso imperio azteca, un oscuro pintor español radicado en México volvió a contar la historia sobre tablas de araucaria. Sólo que, en el último tercio del siglo XVII, el autor carecía de antecedentes iconográficos sobre los hechos ocurridos entre 1519 y 1521, y debió imaginar buena parte de su relato pictórico.
Es muy probable que el ignoto Miguel Gonzales se inspirara en la crónica de Bernal Díaz del Castillo, la Verdadera historia de la conquista de la Nueva España , versión no oficial -y por tanto más verídica- de la empresa. Los enconchados , que hoy pueden verse en el Museo Nacional de Bellas Artes, forman una serie de 22 tablas de madera, enteladas en lino y dibujadas con tinta, sobre las que el artista incrustó conchas de nácar -de allí el nombre de la técnica- y a las que pintó utilizando pigmentos orgánicos y oro.
El resultado es de una belleza extraña, híbrido de estilos medievales y renacentistas y técnicas orientales. Las costras iridiscentes que revisten los vestidos ya se habían usado en obras de culturas prehispánicas, pero Gonzales las trabajó a la manera de China y Japón. Desde Asia, objetos con esta técnica llegaban a América en los depósitos del galeón de Manila.
En la época de Gonzales, el enconchado cobró nuevo auge, y de ello quedan como testimonio cinco series de tablas -unas sobre temas religiosos y otras sobre la aventura de Cortés- que se conservan en México, España y la Argentina.
Muy entrada la época colonial, el artista reescribió el "suicidio del pueblo azteca" -en expresión de Octavio Paz- aprovechándose de elementos de composición y motivos diversos. Por un lado, aplica una perspectiva renacentista no del todo bien resuelta en edificios y grupos de personajes, y simultáneamente destruye la visión unitaria del cuadro dividiéndolo, por lo general, en tres planos, en cada uno de los cuales introduce una secuencia narrativa. Por otro, mantiene cierta unidad al privilegiar en tamaño los planos inferiores. Esa desmembración es próxima a la representación medieval.
En la tabla I, por ejemplo, Cortés, el embajador azteca Tendile y sus respectivos acompañantes están dispuestos alrededor de una mesa según el motivo clásico de la última cena, y en la II, se reconocen escorzos característicos de Paolo Uccello. A todo esto se suma un abigarramiento típicamente barroco, época en la que, aún sin saberlo, Gonzales vivió.
No por nada esta muestra comparte sala con otra de dibujos y pinturas europeos de los siglos XIV al XVIII. El cotejo es enriquecedor en ambos casos, y pone en evidencia la titubeante situación de la pintura colonial. Como dice Paz, la América hispana sufrió las consecuencias del encierro en que la metrópoli se sumió paulatinamente a partir de la reconquista, y por esa razón le tocó recrear sobre lo dado, sin conexión con el resto de Europa.
Las tablas de Gonzales, sin embargo, son un testimonio riquísimo del arte de su siglo, y proporcionan una experiencia estética que no estamos acostumbrados a vivir.
Museo Nacional de Bellas Artes. Av. del Libertador 1473. Tel. 803-0802. Martes a viernes, de 12.30 a 19.30; sábados y domingos, de 9.30 a 19.30. Gratis.
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