
Vivir con el peligro
La experiencia de seis mujeres que hacen tareas a la que pocas se animan. Que conviven con el riesgo, aunque a veces no lo tengan en cuenta
1 minuto de lectura'
No son mejores ni peores que una secretaria ejecutiva, un ama de casa, o esa oficinista que llega a horario al trabajo para no perder el premio por asistencia. Pero, a diferencia de ellas, la adrenalina no las asusta; al contrario, las impulsa, las motiva. El riesgo es su compañero. Madres o hijas, solteras o casadas con un denominador común: su profesión exige que pongan algo más. ¿Coraje? ¿Locura? ¿Sangre fría? Seis mujeres lo explican, desde una cazadora de monte, una perito forense y una bombera, hasta una integrante de la brigada de explosivos, una zoóloga y una piloto de monopostos. Frente a cierta discriminación y mensprecio que a veces sufren, regalan la mejor de sus sonrisas.
A lo Rambo. De piel morena, cara redonda y sonrisa fácil, Celia Inés Alfonso (de 24 años) es la primera mujer cazadora de monte, un cuerpo de elite del Ejército Argentino. Es una especialidad de combate, difícil y exigente, reservada hasta ahora sólo para varones. Correntina de pura cepa, de la ciudad de Santo Tomé, se preguntó ¿y por qué ella no? Egresada del Colegio Militar en 1997, como subteniente, obtuvo el título de enfermera profesional en el Hospital Militar Central, donde ejerció durante un año. En 1998, trasladada al Regimiento de Infantería de Monte, en Puerto Iguazú, Misiones, y luego de dos salidas al terreno, la terminaron por convencer. Intentaron persuadirla. No dio el brazo a torcer. "Tuve que superar cargadas y advertencias de todo tipo. Nada me importaba. Era un desafío para mí".
La primera etapa de la instrucción fue teórica y la segunda, en plena selva misionera. Con la mochila de 35 kilos sobre las espaldas, uniforme mimetizado, pintada con crema de enmascaramiento y pesados borceguíes, se lanzó a la aventura. Los primeros días fueron difíciles. Como le habían dicho, la trataron como una más. "Muchos querían que abandonase. No les di el gusto", sonríe. Después de 31 días a la intemperie, en la zona de Panambí, San Javier y Apóstoles, sin baño ni ducha, en medio del calor, la lluvia, la exuberante vegetación, los insectos y las alimañas, aprendió técnicas anfibias, pasaje de obstáculos, golpes de mano, infiltración e incursiones. Pasó algo de hambre y frío. "La ración eran dos latas de salchichas, una de picadillo de carne y otra de corned beef, un potecito de mermelada y un paquete de galletitas". Cuando escaseaba la comida, recurrió a la caña de azúcar, mandioca, zapallos y naranjas, que abundan en la zona. No cazó nada porque sólo se topó con cuervos y víboras. El agua la obtenía de arroyos, ríos y lagunas que purificaba con pastillas potabilizadoras. "Con mojarritas hacía una rica sopa con agua que hervía dentro de mi casco". Los mosquitos y jejenes la tuvieron a mal traer.
Subió y bajó de helicópteros en plena selva, cruzó ríos cabalgando en una soga tirolesa y sus compañeros la apodaron Demi Moore, comparándola con la actriz de la película Hasta el límite, donde la protagonista quería ser infante de marina. Confiesa que "nunca lloré porque soy dura pa´ soltar lágrima". La experiencia más ardua y que realmente la puso a prueba fue cuando la dejaron sola en medio del monte. Le fijaron un rumbo y debió internarse más de un kilómetro en la espesura, cortando ramas con el machete. "Eran las seis de la tarde. Alcancé la distancia, limpié el terreno golpeando la tierra para ahuyentar las víboras y ya acomodada, comí algo. Se hizo noche cerrada. Escuché el silbido del búho y el gruñido del chancho de monte. Tuve un poco de miedo. Me tapé con una manta y traté de dormir con la medalla de San Jorge entre los dedos. Abría los ojos a cada rato y miraba la hora porque a las 6.30 debía volver al lugar de partida para que me rescataran". El caso es que superó todas la pruebas.
El día de su cumpleaños volvieron al cuartel ya finalizado el ejercicio y no pudieron festejárselo. Al día siguiente la despertaron con una gran torta y, de regalo, el emblema del cazador de monte con la figura de un tigre, el diploma y un cuchillo con la hoja grabada como la primera mujer que obtuvo ese título. Sus padres y hermanos, tres mujeres y dos varones, se enteraron por los diarios de su travesura. "No quise preocuparlos", explica con una pícara sonrisa.
La forense. Alicia Sotelo Lago enciende un cigarrillo. Sus dedos flacos tropiezan con el encendedor. Le acabamos de preguntar sobre el atentado a la Amia, catástrofe en la que debió determinar el ADN de todas las víctimas. "Los análisis de laboratorio no fueron complejos porque como los cuerpos sufrieron pocas quemaduras, el ADN se conservó completo", recuerda. Sin embargo, "el trabajo fue arduo. La explosión diseminó fracciones de cadáveres entre los escombros. Las pruebas de laboratorio sirvieron para reagrupar los fragmentos... hubo muestras que aparecieron hasta en siete bolsas distintas".
Alicia es la coordinadora de los estudios de ADN del Cuerpo Médico Forense de la Justicia Nacional. Interviene en juicios de filiación por paternidad cuestionada y reconoce los rasgos genéticos de violadores y homicidas hasta de una colilla de cigarrillo.
"No es común que vaya al escenario donde se ha producido un asesinato. Directamente nos mandan las pruebas. Pero a veces, una prenda no es suficiente. Entonces leo los expedientes, e intento recomponer cómo se desarrollaron los hechos. Pido a las autoridades que me busquen el objeto en cuestión, y lo analizamos en el laboratorio. A veces las manchas son antiguas, de varios meses, y no siempre el ADN está completo, lo que dificulta las cosas". Violaciones, homicidios, he- chos históricos, son las tareas cotidianas, pero la más ardua es identificar a fallecidos en catástrofes. "En muchos casos, donde hubo fuego quedan fracciones de ADN. Entonces hay que leer por pedazos y tratar de comparar los restos con el mapa completo de algún posible pariente", explica. Es todo un desafío intelectual. Y sin embargo, no es la tarea más difícil para una perito forense. "Lo más complejo de trabajar en grandes tragedias es la presión social. La gente exige respuestas en un marco de mucho dolor. Pero los resultados científicos que les podés brindar no siempre satisfacen las expectativas de los parientes de un fallecido. Por ejemplo, cuando la respuesta es que no se lograron identificar los restos de un desaparecido, a los familiares les queda una duda difícil de sobrellevar. Saben con certeza que no está entre los muertos, pero tampoco entre los sobrevivientes. Las fantasías que se construyen a partir de allí pueden ser muy dolorosas".
Alicia trabajó luego de la catástrofe de Lapa y en los atentados a la Amia y a la embajada de Israel. "El accidente de Lapa fue un trabajo difícil. Las muestras de ADN estaban completas y los cuerpos no muy fraccionados. En el mismo vuelo habían viajado mujeres de un mismo grupo etario (chicas de alrededor de 30 años que iban a un congreso de cosmetología) y eso produjo confusiones. La urgencia por identificar los restos fue muy grande y los análisis no siempre pueden realizarse en tan poco tiempo."
Utilizaron otras técnicas de reconocimiento, como pruebas dentales, huellas dactilares, documentos adheridos al cuerpo, objetos personales (relojes, alhajas) y rastros de fracturas óseas, intervenciones quirúrgicas, secuelas de enfermedades, marcapasos y prótesis.
"Los análisis dentales son muy certeros -asegura-, pero hubo falsos positivos. Había dos chicas operadas del mismo y rarísimo problema dentario y se entregaron los cuerpos a familias equivocadas. La presión fue terrible. Teníamos a los allegados en el pasillo y era todo muy angustiante. La situación se rectificó con los análisis de ADN seis días después".
La cara de la forense se contrae. En los ojos lleva una tristeza de quien sabe respetar el dolor ajeno, aun cuando se lo griten de frente. No se puede ser cortés cuando lo único que queda de un hijo son fragmentos difusos. Alicia (de 45 años, casada, dos hijas adolescentes) no es famosa, pero su nombre aparece en los diarios con cada gran tragedia. "Temo verme involucrada en algo que no se pueda resolver´, explica.
Chiquitita y medio polvorita, como ella misma se define, Carla Rosatti (de 31 años, divorciada, dos hijas, Manuela, de 8 y Sofía, de 6) siente que fue bombero toda la vida, "aunque no me había dado cuenta", confiesa. Empezó acompañando a Pablo Chatruc, oficial auxiliar del cuartel de la Asociación de Bomberos Voluntarios de San Martín de los Andes, hoy su pareja. Un buen día, hubo un incendio en un hotel y, curiosa, fue a ver si los bomberos necesitaban algún tipo de ayuda. "Me sentí totalmente inútil, todo era raro y no lograba ni siquiera atender la radio. Entonces, le pedí al jefe del Cuerpo, Juan Belgrano -previa consulta con Pablo- que me dejase hacer el curso básico para, por lo menos, entender de qué hablaban". Palabras como bombas, mangas, acoples, motores de dos o cuatro tiempos, barreta, "que no estaban en mi vocabulario", comenzaron a serle familiares. Esquía, hace supervivencia, escalamientos de alta montaña y primeros auxilios. Conoce profesiones y manualidades tan disímiles como albañilería, fisiopatología, química y "hasta hacerle los frenos a un cacharro de los años 70", cortar un auto con herramientas hidráulicas, trabajar con sogas en altura y participar en charlas sobre materiales peligrosos y guías de intervención".
La decisión no le cayó muy bien a sus padres, que viven al lado de su casa. Sin embargo, cuando suena la sirena "mi mamá es la que se queda con las nenas. Siempre digo en el cuartel que voy a darle el diploma de bombera honoraria". Su hermano piensa que está de la cabeza, pero también la apoya. Es que a la hora de calzarse el uniforme y el casco y subirse a un árbol para bajar un gatito extraviado o meterse en una casa en llamas, sus razones pesan. "El hecho de salir a la calle y encontrarte con la desgracia ajena, con los ahorros de toda una vida hechos humo, con familias amputadas por la estupidez de un conductor negligente, con una mujer que defiende cinco chicos y cuatro cartones en una crecida, te mueve muchas cosas y sentís que debés ayudar porque si no lo hacés vos, no lo hace nadie". No se arriesgan sin motivo. "Hemos visto volar garrafas, apagamos incendios en casas donde había municiones de distintos calibres, o nos manchamos con la sangre de gente desconocida. No somos héroes, sino profesionales y todo forma parte del trabajo. A los muertos te acostumbrás, pero con heridos las cosas pueden complicarse. Es la situación que más concentración requiere literalmente la vida de una persona está en tus manos y depende de lo que sepas y de cuánto soportes estar bajo presión. No hay lugar para hacer ascos. El problema viene después, porque los aciertos se olvidan rápido; los errores y las impotencias se bañan y duermen con vos todos los días." Ser bombero le cambió la vida. "Ahora tengo la posibilidad de ayudar a alguien, cualquiera que sea su necesidad, y eso es lo más lindo que puede pasarte. Además, trabajo codo a codo con el que hasta hace dos años era un desconocido y al cual hoy soy capaz de confiarle mi existencia", obviamente refiriéndose a Pablo.
En el cuartel estaban pendientes de ver cómo una mujer hacía las mismas cosas que los varones. Con el paso del tiempo se convirtió en una más. "Lo más importante es no ponerte en exquisita ni tratar de pintar nada color de rosa, y que el grupo vea tus ganas de trabajar y las agallas para enfrentar muchas cosas". Cuando uno de los compañeros más antiguos le dijo que se sentiría orgulloso de entrar con ella a un incendio, se sintió definitivamente parte del grupo. Dice que es consciente de los riesgos que corre, "pero si algo te enseña este trabajo es a ser prudente."
El alerta toca los 365 días del año y las 24 horas del día. Cuando las emergencias son de noche, ella se queda con las nenas y va Pablo. "¡El grado tiene que servir para algo che! -responde él, divertido-. Al sonar el biper nos hemos ido sin pagar de restaurantes o dejamos amigos colgados en una cola para entrar en el cine". Carla asevera que "la tarea en común reforzó el compañerismo entre nosotros. Dejamos de lado un montón de pavadas porque compartimos situaciones que otras parejas no viven".
El perro husmea intensamente un mismo lugar y luego se sienta. El gesto es clave: ¡hay material explosivo! Aunque la sangre se le congele, Elisabeth Soto pide a sus compañeros que se acerquen para que desactiven o hagan detonar la bomba. No se trata de ciencia ficción. Es la tarea cotidiana que esta mujer de 25 años despliega en la Brigada de Explosivos de la Policía Federal Argentina.
Las estadísticas, desde que el organismo existe, hace 41 años, son contundentes. Ya fallecieron quince de sus hombres y sufrieron heridas al menos otros treinta. La agente lo sabe. Su jefe dice que su alegría "es volver cada día a casa con las dos manos puestas". Pero hay algo en la adrenalina que a ella le permite vivir. "Sí, algunas veces me da un poco de miedo -confiesa-, especialmente si vamos a escuelas u hospitales. Pero el trabajo me gusta". Fue una de las primeras que ingresaron en la división, hace tan sólo dos años. No teme vivir al filo de la navaja, ama las armas (su preferida es una 9 milímetros y sabe defenderse hasta con ametralladora), pero por sobre todas las cosas, a los perros. "Al enterarme de que buscaban voluntarios para ser guías de perros de la brigada, me dije: ¡Esto es justo para mí!. Me presenté, hice un curso de entrenamiento y comencé a trabajar en guardias de 24 horas, con 48 de feriado".
A mamá Soto no le gustó nada la decisión. ¡¿Cómo era eso de que la nena usara trajes masculinos y persiguiera malhechores?! Eliszabeth no aflojó. Hoy, hasta sus cuatro hermanos están orgullosos de su vocación. Es soltera, lleva el pelo atado en una coleta tirante y pulcra, uniforme negro y cierto gesto severo cuando no está con su perro. Su tarea es guiarlo entre los recovecos de un edificio amenazado, incluso en ambientes donde puede haber gente. "El perro es mi vida -explica-. Si él no realiza su trabajo adecuadamente, todos morimos. Pero el olfato de mi Basil nunca falla". Se eligieron mutuamente hace dos años. Entre los dieciocho labradores que llegaron desde Estados Unidos, en 1995. "A diferencia de todos sus colegas, este perro policía es de lo más tierno. Justamente uno de los requisitos para ser miembro de la brigada de explosivos es tener un buen talante: muchas veces deben hacerse supervisiones en edificios públicos donde hay niños y viejitos que se colgarían de sus bigotes exclamando ¡qué lindo perrito! Por eso nada de colmillos ni gestos agresivos." Ambos trabajan intensivamente porque al menos 25 de los 30 días del mes, la brigada recibe la denuncia de una amenaza de bomba. Los horarios más comunes son los de oficina, y de lunes a viernes. Si bien no es lo mismo que las llamadas provengan del Congreso de la Nación que de un colegio, en el que quinto año tiene ese día dos exámenes, todas son tomadas en serio. Los expertos hacen cálculos y, según los resultados, mandan dos perros con sus guías, o el equipo canino en pleno.
En el serpentario del Zoológico de Buenos Aires casi todas las víboras son venenosas. Por un lado, se las trata de mantener de la manera más natural posible y, por el otro, la operación para volverlas inocuas es delicada y pone en peligro sus vidas.
La encargada es Nadia Boscarol, bióloga, especialista en reptiles (de 38 años, casada, tres hijos). Una bonita rubia que con un par de poderosos brazos levanta serpientes de hasta 65 kilos. "Los reptiles son fascinantes porque nunca lográs domesticarlos. Si nacieron en cautiverio pueden tener una mayor tolerancia, pero nunca volverse mansitos", explica.
Comen solos, una vez por semana. "Pero es común que de vez en cuando alguno se nos ponga anoréxico. Las víboras son muy delicadas, se estresan con mucha facilidad. Cuando alguna tiene este tipo de desorden alimentario hay que darle de comer en la boca. Esta tarea exige un riesgo y mucha pericia de parte de quien la realice", explica.
Es difícil imaginar a la Bitis Gabónica (capaz de matar a un elefante con una mordida) que le pongan el babero y la ayuden a alimentarse. Es más fácil ver a la pitón deglutirse un cordero. Y sin embargo, come pollitos, aunque veinte de un saque, que traga enteros y luego se echa a hacer la digestión, que le demanda unos siete días.
Nadia vibra con su trabajo. Cada una de sus palabras tiene una carga de adrenalina. Como si trabajar en el serpentario no fuera suficiente, en sus ratos de ocio se dedica al teatro de riesgo (en un grupo que se tira con sogas desde las alturas y prende fuego en sus bocas). Y no es todo, fue la primera guardavidas mujer que tuvo Pinamar (1982) y adora bucear entre tiburones.
También atiende el recinto de los yacarés. "Alguna vez me han mordisqueado los dedos, pero no me lastimaron demasiado", dice y muestra su palma. Nada grave.
En otra oportunidad, uno de los grandes lagartos mordió el brazo de un compañero, "entonces nos tiramos encima para que no lo sacudiese, que es la manera en que lastiman y desgarran un cuerpo. Por suerte se salvó".
Su experiencia con reptiles se remonta a cuando estuvo en Formosa, en el Paraje del Quebracho, cazando caimanes para un estudio. "Imposible atraparlos en el agua. Son muy veloces.
En tierra es menos complejo, hay que enlazarlos y arrastrarlos contra el árbol más cercano. Una vez que le sujetás la cabeza contra el tronco podés cerrarle la boca con un lazo de goma y así impedir dañarlo".
A la pregunta si ella sola podía dominar a uno, responde -reconociendo su fragilidad femenina-, que sólo era capaz si el bicho media hasta ¡dos metros! Cada uno de los integrantes del serpentario tiene su preferido. A Nadia le gusta Masa, una pitón reticulada macho. "Este tipo de especímenes es agresivo, pero es un caso raro por su tranquilidad. Bueno, mejor dicho, era tranquilo. Desde que le pusimos en su habitación a Joya una hembra, anda como medio agreta. Cuando estás con él y se cansa, te empieza a resoplar.
No estoy segura de que me distinga del resto del personal, pero yo igual le hablo".
Ianina Zanazzi tiene apenas 18 años y ya es la primera mujer en la historia del automovilismo argentino que ganó un torneo con autos de fórmula.
Fue el año pasado en la competencia de monopostos. "Estas máquinas son como las de Fórmula 1, pero más chiquitas, alcanzan los 250 kilómetros por hora", dice.
La chica nació entre los fierros. Desde su bisabuelo en adelante los varones en su familia fueron mecánicos. Ninguno lo suficientemente bueno como para abandonar la llave inglesa y agarrar los pedales.
Papá Zannazzi desde hacía tiempo se había resignado a no poder ver nunca cumplido su sueño de tener un campeón en su casa. Sus cuatro hijos son mujeres. Pero la mayor le daría una sorpresa.
"Empecé por casualidad. Cuando tenía 15 años él y un grupo de amigos armaron un karting para divertirse los fines de semana. Yo los acompañaba al autódromo, pero nunca me dejaban subir porque se lo repartían en tandas de media hora. Una vez, papá no pudo ir porque estaba enfermo y pedí que me prestaran el auto en el turno libre. Manejaban los pilotos del taller, que tenían Porsche y Ferrari, y en la primera vuelta les saqué como tres segundos. Me entusiasmé muchísimo, mi papá también y ahí empezó la locura.
-¿Decís locura porque sos consciente del peligro?
-Si y justamente eso es lo que lo hace lindo. Soy arriesgada. Es difícil explicar lo que siento cuando manejo. Lo que más me gusta de estar arriba del auto es que siempre estás jugando con el límite. No es sólo ir rápido, sino también saber cuándo frenar, cómo tomar una curva, hasta dónde jugarte. Todo el tiempo estás al filo, donde te pasás un poquito te podés tragar una pared.
-¿Cómo es competir entre hombres?
-Ellos no toleran que una mujer maneje mejor. A mí me pasó más de una vez que, cuando estoy peleando un puesto, me tiren afuera nada más que porque no querían que los pase una mujer. Se pinta y se arregla como la mejor. "Mi novio estudia ingeniería y le encantan los autos. Hay mucha gente que piensa que por estar entre mecánicos podés ser más machona, pero nada que ver."





