
Y la banda siguió tocando...
Regidos por el mandato familiar de conservar las tradiciones, los Linetzky mantienen fresca a una orquesta de música klezmer que cobra vitalidad con cada generación. Filosofía judía hecha canción
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Hay bandejas con budines, paneras con tostadas, quesos y dulces de distintas variedades. Todos los Linetzky están presentes para tomar el té que organizó Susana. Su marido, sus nietos y sus cinco hijos se ubican alrededor de la mesa y ella los mira con admiración: "Siempre quise una familia numerosa". Andrés, el primogénito, reconocido pianista de tango, acaba de llegar de una gira por Corea, y sus sobrinos juegan con los regalos que les trajo de Asia.
En ese departamento de Parque Centenario se atesoran dos objetos que forman parte de una tradición única que los Linetzky cultivan: una mandolina y un piano. No son instrumentos antiguos ni decoran la sala. Tienen vida, respiran y forman parte de esta familia de inmigrantes, tan argentina. Leonardo habla del zeide (abuelo, en idish), su padre, que llegó a nuestro país a fines de la década del 20. Médico psiquiatra y psicoanalista, es hoy el zeide de su familia, título que connota respeto y que Leonardo aún no se anima a tomar como propio. La admiración, el recuerdo y el legado de ese hombre laten en su hogar.
Hoy son dos generaciones de profesionales de distintos ámbitos, también egresados del Conservatorio de Música de Avellaneda, los que integran la Linetzky Klezmer Orquesta. Fue el patriarca José –fallecido en 2004– quien sentó las bases de esta agrupación que hoy reúne a su hijo Leonardo y a sus cinco nietos: Andrés, Bruno, Guillermo, Lucila y Matías.

Durante décadas, se juntaban los fines de semana en su casa de Avellaneda, dirigidos por el zeide José, un verdadero maestro del violín, en torno del piano. Comían, charlaban y tocaban música klezmer, propia de los pueblos judíos de Europa oriental. Andrés, el mayor de sus nietos, presentía que esa atmósfera y el resultado de aquellos instrumentos al unísono no era común, y comenzó a grabar esos encuentros.
Hoy, el prestigioso sello alemán Winter & Winter lanza mundialmente Diaspora in Buenos Aires, donde se recopilan y se trasladan a la tecnología de nuestra época estas canciones tradicionales, interpretadas por los Lintezky. "Es un disco conceptual. No somos distintos a nuestros antepasados, somos ellos mismos. El tiempo es un continuo que no cesa, como la tradición", dice el benjamín, que además de ser licenciado en Administración de Empresas, toca en la banda Los Mahatma Dandys y Recoveko.
José Linetzky llegó en barco a Buenos Aires desde Rumania, a los 14 años. Viajaba con un hermano y sus padres, quienes en la ciudad de Belz dejaban atrás su casa y su pequeña librería. Sus dos hermanos mayores se habían adelantado a la familia y habían encontrado refugio en los Estados Unidos, pero la crisis del 30 y la Gran Depresión cerró las puertas de la inmigración. Cincuenta años después, los cuatro hermanos lograrían reunirse en Nueva York. "Escapaban del hambre. Mi papá siempre recordaba que le decían en alta mar que en la Argentina el agua salía de las paredes. Ellos cocinaban y se bañaban con agua de pozo. No sabían qué era una ducha", dice Leonardo. En ese barco también cruzaba el Atlántico una mandolina que alegraba a los tripulantes. Esas mismas canciones son tocadas hoy por sus nietos, con ese mismo instrumento.

En Avellaneda, los Linetzky encontraron su nuevo hogar, y José se unió pronto a una orquesta de tango y a una banda de cosacos; él, que no era ni rioplatense ni ruso. "No hablaba español, pero la música es un idioma universal y rápido se hizo amigos que también eran inmigrantes como él", resume Lucila, diseñadora gráfica y de indumentaria, artista plástica y vocalista del grupo que integra su familia.
José era amigo de las figuras del tango de la época, como Emilio Vardaro. Este género lo apasionaba y se lo transmitió al mayor de sus nietos, que recuerda que a los 6 años se sentó con su abuelo en el piano y le enseñó La cumparsita. Andrés hoy lleva más de 43 discos editados y recorre el mundo como pianista, compositor y director de orquesta.
"Donaba parte de su ingreso para mantener la institución y para que las nuevas generaciones pudieran estudiar", recuerda el hijo de José, uno de los fundadores del Conservatorio Municipal de Música de Avellaneda. También vendedor puerta a puerta de todo tipo de artículos, desde ropa hasta heladeras. "Llegó a tener 4000 clientes. No existía el crédito y en muchas transacciones la palabra era el único certificado de fe. Así recopiló tantas historias de inmigrantes de distintas partes", cuenta Guillermo, abogado, cantante de ópera y percusionista de la Linetzky Klezmer Orquesta.

Fue Susana, la nuera de José, quien comenzó a estimular a su suegro, a su marido y a sus hijos para que tocaran juntos. "El zeide se lo tomaba muy en serio. No estaba jugando, y era muy exigente con nosotros. Era muy puntual. Siempre llegaba antes de la hora para preparar los instrumentos. Pasábamos todo el día juntos", rememora Bruno, cardiólogo y el clarinetista del grupo.
Reirse a través de las lágrimas
"Vas a sacar un klezmer de él", decía en tono despectivo la esposa de José cuando su marido comenzó a enseñarles esa música a sus nietos. Ella, que también era clarinetista y conocía de la sólida formación en música clásica que estaban cultivando, pensaba que aquel era un género menor. Finalmente comprendió que en aquellas canciones se encontraba el nombre mismo y la esencia de los Linetzky.
"Es una música que tiene mucho que ver con la filosofía judía. Tiene, al mismo tiempo, una parte muy alegre y también muy nostálgica. Está presente esa idea de reírse a través de las lágrimas. Por eso se baila en casamientos, cumpleaños y Bar Mitzvá", cuenta Susana.
José empezó a escribir aquellas canciones que recordaba de su tierra y de su infancia. "A veces comenzaba a anotar y a tocarlas y se le llenaban los ojos de lágrimas. Algunas le parecían demasiado tristes y se emocionaba tanto que no podía continuar –recuerda Andrés, cuya vida está dedicada íntegramente a la música–. Si tocás esos temas con un ritmo más lento, advertís que las melodías son melancólicas, a pesar de que se bailen en fiestas."
"El violín y el clarinete son propios de los klezmorin [los músicos klezmer] porque los pueblos que interpretaban este género siempre estaban preparados para huir en caso de una persecución. Son instrumentos livianos", explica Bruno, que conserva el mismo clarinete con el que tocaba su abuela.
Cuando era adolescente, Bruno fue a un recital de Giora Feidman, uno de los máximos exponentes de la música klezmer de todos los tiempos. "Me colé en su camarín y pude hablar con él. Le empecé a hacer preguntas muy técnicas, pero me dijo que lo importante era tocar con el sentimiento judío. Tenía razón. Cuando interpretaba sin esa pasión, mi abuelo me ponía cara de que lo estaba haciendo muy goi [no judío], pero cuando realmente lo sentía con todo mi cuerpo, el zeide sonreía", agrega.
Subido a un sillón, el hijo de Bruno canta compenetrado con los ojos cerrados una canción en un idioma inventado. "La música está metida en nuestra sangre. Ellos heredaron esto, incluso desde antes de nacer", dice de sus nietos la abuela Susana, a quien todos escuchan con atención cada vez que toma la palabra.
Leonardo fue flautista profesional, pero luego se retiró para ejercer su profesión como psicoanalista: "Veía a mis chicos crecer y desarrollarse en la música. Cuando Andrés ingresó en el conservatorio era el nieto de don José, pero luego fue desarrollando su talento y José se convirtió en el abuelo de Andrecito. Cada uno eligió su destino, pero la capacidad que cada uno tiene para la música está en la genética", afirma.
Los cinco hermanos Linetzky cursaron en la escuela del estado durante el día; en la escuela hebrea, por las tardes, y en el conservatorio, por las noches. "Esta orquesta no es el producto de un juego. Hay una gran disciplina en cada uno de ellos. Aprendieron que no sólo estaban dominando un arte y un instrumento, sino que estaban conservando su tradición y su identidad", dice Susana de sus hijos. "Si mamá no nos hubiese insistido los fines de semana para que tocáramos, posiblemente hoy no seríamos músicos. Ella lo hizo para unirnos y para que tuviéramos para siempre algo en común muy fuerte que habla de nosotros y que nos une. Nosotros somos esa música", dice Lucila.
Hoy, los Linetzky suman a esa mandolina y al piano que atesoran el disco Diaspora in Buenos Aires (ver recuadro), que comienza con el mismo tema con el que culmina: Belz, el nombre de la ciudad natal del zeide. Esta circularidad no es antojadiza. "Este disco es nuestra propia interpretación del significado del tiempo y la idea de la mortalidad. Nuestros antepasados no están vivos, pero viven como un espejo en nosotros. Nada cambió. Siguen existiendo en nosotros. Así entendemos a la tradición y esta es la respuesta que hallamos para comprender el paso del tiempo", opina Matías.
Y Leonardo cita a Freud: "La sombra del objeto cae sobre el yo. Es decir, las sombras de los muertos caen sobre nosotros". En Rumania o en Buenos Aires, de uno lado u otro del Atlántico, esa música es el lenguaje y el oxígeno de una cultura que renace con cada generación.
UN DISCO, UNA OBRA DE ARTE
Andrés Linetzky grabó varios discos para el sello Winter&Winter (el mismo que produjo a artistas de la talla de Uri Caine, Paul Motian, Arditti String Quartet, Mauricio Kagel y John McLaughin, entre otros). En una de esas producciones, cuando trabajaba con su grupo Vale Tango le contó al presidente de la firma, Stefan Winter, la historia de su familia. "Se interesó muchísimo y me pidió que le mandara cuanto antes todo el material que tenía. Así comencé un trabajo de recopilación. Durante veinte años registré esos encuentros.
Y después fuimos al estudio y grabamos con orquesta, como sonamos en la actualidad, porque también ahora tocamos mejor que cuando comenzamos", dice Andrés.
Así nació Diaspora in Buenos Aires, integrado por 24 temas de música klezmer, una valiosa recopilación que trae al siglo XXI este género propio de la cultura judía y de Europa oriental. "Creo que es una obra de arte. Se combinan grabaciones viejas y actuales. En este disco está plasmada la esencia de mi familia y todos los años de nuestra historia musical."
El disco, que en Buenos Aires se vende en Zivals, tiene el espíritu de un álbum familiar, con fotos de época y pequeñas historias que ayudan a comprender la magnitud del proyecto.




