Carlos Malamud. "La realidad es muy tozuda; la política ideologizada tiene límites concretos"

El historiador destaca el malestar con la política tradicional que rige las elecciones españolas del próximo domingo, fenómeno también presente en América Latina
El historiador destaca el malestar con la política tradicional que rige las elecciones españolas del próximo domingo, fenómeno también presente en América Latina Crédito: PATRICIO PIDAL/AFV
Guillermo Borella
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21 de abril de 2019  

A una semana de las elecciones generales en España, el historiador Carlos Malamud, investigador principal del Real Instituto Elcano, prestigioso think tank español, resalta el contexto de gran incertidumbre e inestabilidad política en el que se celebrarán esos comicios. Además, advierte sobre la irrupción de Vox, un partido de extrema derecha que "está capitalizando el descontento de buena parte de la sociedad española, incluidos los independentistas catalanes".

Catedrático de Historia de América Latina en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), Malamud lleva décadas analizando la región desde la óptica europea. Respecto del proceso de integración en América Latina, considera que el Prosur es "un producto casi vacío de contenido", que "no aporta ninguna novedad". Según el catedrático, esta reciente iniciativa que busca reemplazar a la Unasur "sigue la estela de lo que ha sido el proceso de integración regional", al que define como una "permanente huida hacia adelante". En este sentido, y en relación a la dificultad de crear bloques regionales duraderos, asegura: "Siempre que algo no funciona, se pretende crear algo nuevo de la nada".

Por otra parte, el investigador no cree que aún se pueda hablar de un posible giro a la derecha en América Latina: "El panorama es mucho más matizable y variado", sostiene.

¿Qué es lo que está en juego en las elecciones generales del próximo domingo en España?

Lo que está en juego en estas elecciones, que se celebran en un contexto de gran incertidumbre e inestabilidad política, es la formación de un nuevo gobierno. Esto no será fácil, dado que ningún partido puede ya reunir por sí sólo una clara mayoría. La fragmentación del parlamento español es superior a lo normal, algo que se asocia a la crisis de los partidos tradicionales, es decir, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP). El sistema bipartidista que imperó en España desde la transición se agotó en 2015, cuando aparecieron Ciudadanos y Podemos. Y hoy ese sistema devino en pentapartito, a partir de la irrupción de Vox y otros partidos regionales.

Un mes después de estos comicios habrá elecciones municipales, autonómicas y europeas. ¿Cómo puede impactar eso?

Dada la alta fragmentación del voto que se verá en las elecciones del próximo domingo, la formación del gobierno español seguramente se retrase hasta que se conozca el resultado de las elecciones de mayo, lo que evitará que los resultados se vean condicionados.

Las últimas encuestas dan cuenta de un alto porcentaje de indecisos. ¿Puede haber sorpresas?

Si bien un 76% de los españoles asegura que votará, el 42% aún no sabe por quién. La volatilidad es tan alta que muchos estudios de opinión dicen que, con una variación del 3%, puede haber mayorías que hoy no se contemplan.

¿Cuáles son las mayorías que hoy se contemplan?

Sabemos que el PSOE será el que obtendrá más votos. Ahora bien, hay tres escenarios posibles: una alianza con Ciudadanos o, más hacia la izquierda, con Podemos. Otra opción sería una coalición de derechas. Y un cuarto escenario sería repetir elecciones. Lo que está claro es que ningún partido podrá obtener una mayoría absoluta.

¿Qué factores explican la irrupción de Vox?

La irrupción de partidos nacionalistas y xenófobos se explica por una creciente insatisfacción con la democracia, en parte producto de la crisis económica de 2008, junto con el achicamiento de la clase media. En el caso español, también se ponen en juego cuestiones como la crisis migratoria que sufrió la Unión Europea tras la llegada masiva de refugiados sirios, donde no hubo respuestas coordinadas de los Estados miembros, pese a los esfuerzos de Bruselas. Al mismo tiempo, la globalización lleva a que ciertos sectores sociales insistan con determinadas formas de identidad. Todo eso en el contexto de una creciente polarización política y de deterioro de las instituciones, junto a un fuerte sentimiento antieuropeo que responsabiliza a la burocracia bruselense de buena parte de lo que está pasando hoy.

¿Cree que Vox pueda canalizar el descontento catalán?

Lo que hace Vox para crecer es capitalizar el descontento de buena parte de la sociedad española, incluidos los independentistas catalanes. Ese es uno de los factores de movilización de Vox, otro es la antiglobalización y antiinmigración. Lo curioso es que uno de los sectores más radicalizados del independentismo catalán está mirando cada vez más a una derecha populista. El discurso de Carles Puigdemont tiene un mensaje cada vez más antieuropeo, xenófobo y supremacista.

Días atrás, el líder de la Liga Norte italiana, Matteo Salvini, lanzó una suerte de 'internacional populista' en Europa. ¿Es factible algo así?

Es muy difícil, porque cada partido de extrema derecha tiene su propia agenda. Es verdad que uno de los que está detrás de todo esto es Steve Bannon, que con su movimiento dirigido desde Roma está intentando forjar una gran unión. Pero conciliar posturas tan diversas es complicado: algunos tienen un lenguaje mucho más nacionalista, otros son más eurófobos, algunos son laicos y otros ultrarreligiosos católicos.

¿Cómo se ubica América Latina ante los realineamientos globales que se vuelcan cada vez más hacia la ultraderecha?

En el caso de Brasil, el triunfo de Bolsonaro no se entiende sin el fuerte sentimiento antipetista existente, forjado en apenas cinco años. Pero claro, frente al descontento no hay una única respuesta social y popular. Mientras que el enojo con el sistema en Brasil dio lugar a Jair Bolsonaro, en México permitió la llegada de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Ambos llegaron presentándose como outsiders, planteando la necesidad de modificaciones profundas de los sistemas políticos de sus países. La matriz de la que surgen estos dos personajes, que están en las antípodas ideológicas, es la misma: desafección con la democracia, corrupción, crisis económica, falta de respuesta de los partidos tradicionales frente a las necesidades populares, deterioro de las clases medias. ¿Qué puede pasar mañana en un tercer país? Eso dependerá del nivel de descontento social, pero también de la experiencia política previa.

Mientras que en la primera década del siglo XXI se produjo un giro a la izquierda en la región, hoy estaríamos frente a un nuevo golpe de péndulo. ¿Está de acuerdo con esta lectura?

Es verdad que se eligió a Mauricio Macri, Bolsonaro y Piñera, entre otros. Pero también tenemos el caso de Carlos Alvarado en Costa Rica y AMLO en México. Este año tenemos elecciones en Uruguay, donde se desconoce cómo le irá al Frente Amplio; en Bolivia tampoco sabemos qué pasará con Evo Morales. Inclusive hay elecciones en la Argentina, donde no sabemos a ciencia cierta si Macri será reelegido o no. No creo que se pueda hablar de un giro a la derecha; el panorama es mucho más matizable y variado: coexisten diversos tipos de gobierno en función de la experiencia histórica de cada país.

¿Qué novedad aporta el Prosur?

Ninguna. El Prosur sigue la estela de lo que ha sido el proceso de integración regional en los últimos años, una permanente huida hacia adelante. Es decir, cuando algo no funciona, se pretende crear algo nuevo de la nada. El Prosur es un producto casi vacío de contenido, más vinculado a la intuición presidencial que a informes serios y razonados sobre por qué es mejor crear una cosa nueva que reconfigurar lo viejo, que sería la Unasur. La única ventaja que le veo al Prosur es que su proyecto no prevé la creación de un parlamento regional asociado a la institución. América Latina es la región del mundo que más parlamentos regionales tiene, lo cual es un absurdo total.

¿A qué se debe la dificultad de crear bloques duraderos de largo plazo en la región?

Generalizando, podríamos encontrar tres grandes causas que nos hablan de por qué la integración regional no avanza: dos excesos y un déficit. El exceso de retórica, es decir, ese realismo mágico de construir relatos que hablan de las grandes ventajas de la integración regional, aunque vacíos de contenido. El exceso de nacionalismo, muy presente en todas las fuerzas ideológicas de la región, que impide la cesión de cuotas de soberanía a instancias supranacionales, sin lo cual es imposible avanzar en un proceso de integración. Finalmente, un déficit de liderazgo, dado que ni Brasil ni México tienen vocación de liderazgo y no están dispuestos a invertir recursos para ejercerlo.

¿Cómo impacta este déficit a la hora de pensar la región como un actor con peso en el sistema internacional?

Para que América Latina sea considerada un actor relevante en la escena internacional debería estar mucho más interesada en lo que ocurre más allá de sus fronteras. El problema es que a los gobiernos y a las opiniones públicas de la región les preocupan solo aquellas cuestiones de la agenda internacional que les afectan directamente.

¿Qué implicancias tendría la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China?

Al desembarcar en la región a comienzos del siglo XXI, los chinos partieron de la premisa de que no querían enfrentarse con Estados Unidos por América Latina, sino que venían a hacer negocios, a buscar fuentes de aprovisionamiento (materias primas) y mercados para sus exportaciones.

Sin embargo, la reciente cancelación de la Asamblea del BID en Chengdú fue una señal de mayor tensión en la relación.

Sí, pero no creo que vaya mucho más allá. No creo que China tenga interés en tensar más la cuerda.

¿Qué novedad aporta la actual crisis venezolana?

Sabemos que estamos al principio del fin del régimen de Nicolás Maduro; lo que se desconoce es cuándo será ese fin, y cómo se producirá.

¿Cómo se puede destrabar la situación?

Puede ser una salida negociada o violenta, que es lo más probable. Sin embargo, descarto la invasión extranjera, porque Estados Unidos no la está contemplando, y la región ni quiere ni puede. El otro escenario descartable es el de una guerra civil, dado que la oposición no dispone de armamento y, en el caso de tenerlo, no tendría quién empuñara las armas. Esto no excluye que una facción del Ejército busque desplazar a Maduro.

La reciente visita de Bolsonaro a Estados Unidos pareció abrir una nueva etapa en la relación bilateral. ¿Qué efectos tendrá sobre Sudamérica?

Bolsonaro se planteó una gran renovación de su política exterior, y su canciller Ernesto Araújo, va en la misma dirección. Pero la realidad es muy tozuda y la política ideologizada tiene límites concretos. Lo vimos con el intento de trasladar la embajada de Brasil de Tel Aviv a Jerusalén, que no prosperó ante la presión de los países árabes, principales compradores de la carne brasileña.

¿Cómo impactará sobre el Mercosur un mayor acercamiento de Brasil a Estados Unidos?

En este caso hubo también fuertes declaraciones iniciales de Bolsonaro y su ministro de Economía, Paulo Guedes, pero hoy las cosas van por otro camino. Se reivindica la existencia del bloque, aunque se plantea la necesidad de reformas. Creo que Brasil seguirá apostando por el Mercosur; su dirigencia es consciente de todo lo que supone para el país el bloque, incluso con sus limitaciones.

A casi 100 días de su asunción, ¿cómo se explica la brutal caída de la popularidad de Bolsonaro?

En primer lugar, no se han tomado muchas decisiones importantes, por lo que las grandes expectativas creadas no están siendo satisfechas. Por otra parte, hay una creciente sensación de que sigue en campaña, y se dedica más a intentar ganar a los suyos que a gobernar. Además, hay una imagen de gran fragmentación dentro de su gobierno, con varios grupos definibles, por un lado uno más ideológico, y por otro los militares, que paradójicamente representan el sector más pragmático, junto con el equipo económico de Paulo Guedes. Creo que el problema central es que Bolsonaro está convencido de que su triunfo se debió a que él encarna mejor que nadie los valores de la sociedad brasileña, y pierde de vista que en realidad fue elegido porque es quien mejor personificó, en un momento de escasos liderazgos, el gran sentimiento antipetista existente en el país.

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