Cinco años sin David Viñas

Un recorrido por las obras más importantes del autor de Literatura argentina y realidad política
Daniel Gigena
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14 de marzo de 2016  • 12:17

Hace cinco años, el 10 de marzo de 2011, moría en Buenos Aires David Viñas; el país perdía a uno de sus pensadores más importantes. Había nacido en 1927.

Vehemente, apasionado, fue siempre un crítico del poder: de la oligarquía, del peronismo, del antiperonismo, de las dictaduras militares, del neoliberalismo. En 1953 fundó con su hermano Ismael la revista Contorno, emblema de la izquierda nacional en la que escribieron, entre otros, León Rozitchner, Noé Jitrik, Juan José Sebreli, Oscar Masotta, Carlos Correas, Rodolfo Kusch, Adelaida Gigli, Ramón Alcalde y Tulio Halperin Donghi.

Cuando los propagandistas del liberalismo dominaban la escena pública, él se asumió como un intelectual de izquierda, y no de la izquierda más complaciente. Viñas ayudó a que las ideologías y el combate de ideas "resucitaran" en la Argentina, y se opuso a nuevas formas de dominio y colonialismo cultural. Además de ser un docente notable de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, fue polemista, ensayista genial y narrador.

En su primera novela, Cayó sobre su rostro (1955), cuenta el último día de vida de un hacendado rural, Antonio Vera, y, a través de ese personaje, critica el proceso de organización del Estado argentino a la sombra de Julio Argentino Roca. El gobierno oligárquico fue el primer escenario de su narrativa; luego continuaría con los gobiernos denominados populistas, el de las burguesías nacionales, los gobiernos de facto. Los años despiadados (1956) transcurre durante la primera presidencia de Perón, y Los dueños de la tierra (1958) se refiere a los fusilamientos sufridos por peones rurales durante los últimos años del primer gobierno de Hipólito Yrigoyen en ese Estado dentro del Estado típicamente patagónico: el de los latifundistas.

Viñas escribió entre ambas obras Un dios cotidiano, ambientado en una institución escolar católica y franquista de la Argentina durante los años 30; Silvina Ocampo, al escuchar el argumento, le dijo al autor que seguramente era una novela pornográfica. Así él comenzó a fusionar la biografía y la historia familiar con la novela sobre la historia y el contexto político, que alcanzaría en Prontuario y Claudia conversa formas inéditas.

Leonardo Candiano y Lucas Peralta escribieron sobre el autor de Jauría: "Viñas fue una de las principales voces de aquel amplio espectro de escritores que sostuvo enfoques que hicieron base en el compromiso del autor con la realidad social de sus pueblos pero a la vez con la de sus textos, y con la especificidad y consiguiente autonomía de la escritura dentro de la complejidad social en la que se establece un combate revolucionario. Es más, será uno de los que participará en esta disputa estrictamente como intelectual, apelando a la producción artística y a la intervención crítica como actividades imprescindibles dentro de la lucha política, e incluso convirtiendo estos debates en material de sus producciones narrativas, criticando su oficio desde sus novelas, siendo su generación –y él mismo– objeto de crítica y autocrítica en cada texto, y marcando las potencialidades y a la vez las limitaciones de la práctica literaria a la hora de realizar una transformación de la sociedad".

En los años 60 Viñas publicó Dar la cara, En la semana trágica y Hombres de a caballo, que fue premiada por un jurado integrado por Julio Cortázar, José Lezama Lima, Juan Marsé, Leopoldo Marechal y Mario Monteforte Toledo. En 1969 publicó Cosas concretas, una obra abierta sobre los movimientos revolucionarios en América Latina surgidos luego de la Revolución cubana; estructurada como un fresco de época, preanunciaba la violencia por venir en la década de 1970.

De 1964 es Literatura argentina y realidad política, gran texto que el Centro Editor de América Latina recuperó luego de la dictadura militar. Sobre su trabajo como ensayista, en una entrevista de 2006 con Juan Terranova y Glenda Vieites, Viñas dijo: "Aunque todavía apuesto a la lectura crítica, en este momento no tengo el ímpetu para hacerlo. Lo hacen, sí, y muy bien, algunos compañeros que se ocupan fervorosamente de la literatura argentina: Gabriela García Cedro, María Pía López, María Gabriela Mizrahi, Guillermo Korn y Eduardo Rinesi, entre otros. Es una propuesta crítica con determinadas características que todavía presupone la aparición de la polémica. Algo así como una levadura para poner en cocción este espacio que está cada vez más reducido". Después de su muerte ese espacio de discusión se redujo aún más.

Viñas se exilió durante la última dictadura militar argentina. Integró, junto con Haroldo Conti, Francisco Urondo, Rodolfo Walsh y Antonio Di Benedetto, la castigada generación de escritores locales. Sus dos hijos, María Adelaida y Lorenzo Ismael, fueron secuestrados y desaparecidos. A ellos les dedicó su último libro, Tartabul, los últimos argentinos del siglo XX ("El Viñas comprometido de antes, ahora está, a los ochenta, más combativo que nunca. Combate: un rasgo que, a veces abusando del refunfuño en el estilo, se constata en cada una de sus intervenciones, de sus artículos y en el enfoque de la literatura argentina con su relación sempiterna con la política", escribió Guillermo Saccomanno en 2006, cuando se editó la novela satírica de Viñas). El sello porteño Santiago Arcos creó la colección Biblioteca David Viñas, que ya ha publicado Indios, ejército y frontera y De los montoneros a los anarquistas, una polémica con las versiones de la historia argentina, en la que además amplifica líneas de interpretación y de lectura esbozadas en Literatura argentina y realidad política.

Acariciar lo áspero

Las obras de varios narradores y ensayistas contemporáneos, entre ellos Martín Kohan, Juan Terranova, María Pía López, Claudio Zeiger, Elsa Drucaroff y Alejandro Boverio, guardan afinidades con la escritura y el pensamiento de Viñas. Maximiliano Crespi, autor de Los infames, es otro heredero de ese legado.

"La obra de Viñas es una de las más intensas de la cultura argentina de izquierda –sostiene Crespi, que trabaja en la edición de un libro de artículos de Viñas-. Por tenacidad, coherencia y prepotencia de trabajo, ha llegado a ocupar también un lugar distinguido en la historia crítica e intelectual latinoamericana. Sin embargo, su imagen sigue resultando arisca a las etiquetas, incluso a una tan ambiguamente acogedora como la de crítico a secas. Ese carácter esquivo obedece en principio a la inscripción múltiple, diagonal, expansiva y vinculante de su producción escrita: durante cinco décadas de faena ininterrumpida, Viñas abordó -con el mismo rigor y el mismo compromiso crítico- el teatro, el cine y la historia, la literatura y la política, el campo de fricción intelectual y el de la espesa y voluble cultura popular. Aunque también puede remitirse a la determinación ética de esa escritura que transgrede los protocolos genéricos y se proyecta altiva como un contenido objetivo. Como en Borges, aunque desde un perfil ideológico adversario, en Viñas los tabiques entre crítica y creación han sido arrancados de cuajo: su ensayo crítico se trama sobre técnicas de composición ficcional y su ficción retoma y reformula los problemas planteados por la crítica. Pero, por contraste a la abstracción borgeana, Viñas acaricia lo áspero, casi como fascinado. El tema de la violencia impregna de cabo a rabo esa escritura crítica que se asume siempre como praxis política. Criado entre curas y militares, no comulgó nunca con la coartada elíptica. No se resignó ni a acatar mandatos ni a poner la otra mejilla. Asumió desde un comienzo la escritura como una suerte de desquite ante la humillación de las plegarias y las órdenes. Escribir era para él reconocerse en situación de sometimiento y prepararse para la revuelta. Por eso su escritura no tiene el brillo aristocrático de las revoluciones burguesas ‘espectaculares, bruscas, triunfantes’, sino el celo opaco, agrio y empecinado, duro y cotidiano sobre el que se teje una venganza de humillados. El deseo último de su escritura siempre fue ir a más para salir de la humillación. De ahí que hoy sus peores enemigos sean justamente los que engordan las filas del disciplinado progresismo bienpensante que marcha bajo el pálido estandarte de la tolerancia."

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