La Argentina ya fue Venezuela
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Siempre fue equivocado creer que la Argentina puede llegar a terminar como Venezuela. El error consiste en haber olvidado tan rápido que la Argentina ya fue Venezuela. En todo caso, sería más aceptable temer que nuestro país vuelva a replicar situaciones por las que ya pasó. Las imágenes del presente del régimen chavista, crueles y llamativas, más que una advertencia son un recordatorio de que ya atravesamos por liderazgos autocráticos y por tantas crisis económicas que parecen la misma que nunca termina de irse.
Es ahora, en medio de una nueva versión de nuestras desgracias económicas y sociales, cuando el país toma una enfática distancia política del precipicio venezolano. Fue a principios de este siglo cuando, apenas recuperados -nunca del todo- del abismo de 2001, el kirchnerismo se asoció al chavismo entre valijas con petrodólares y discursos antiimperialistas.
El famoso afán argentino de superioridad impide ver que las desgracias ajenas ya han sido propias. Además de un drama tangible en la llegada de miles de exiliados, Venezuela puede ser un falso consuelo para nuestras propias desgracias.
Bajo esa misma regla binaria, los argentinos están siendo llevados, una vez más, a una elección reducida a dos alternativas. Nada sorprendente. La Argentina tiene un sistema bipartidista que hizo crisis en 2001, pero sus raíces culturales siguen enterradas y sostienen una conducta política que se resiste a marcharse.
La grieta es, en todo caso, la expresión decadente de ese viejo esquema de dos fuerzas en pugna que el país arrastra desde la Revolución de Mayo. Que no sea nuevo no lo hace mejor ni más aceptable.
En esta decisión de elegir a uno para rechazar a otro se anudan contradicciones que cada votante resuelve como puede.
Los kirchneristas que ansían el regreso de Cristina eligen ignorar el saqueo al que con su esposo sometió al país. Los datos tangibles de un sistema organizado para cobrar coimas por cada obra o servicio contratado por el Estado están siendo investigados solo porque perdió las últimas tres elecciones generales. Como ya hicieron los jueces durante su ciclo hegemónico, si volviera al poder, Cristina sería inmediatamente absuelta en todas las causas.
En la negación de pruebas y confesiones irrefutables se oculta algo más que una añeja aceptación de la corrupción. Es bien complicado asumirse votando al que roba, pero en eso está una porción muy significativa del electorado para continuar una larga saga resumida en el "roba, pero hace" de los años noventa. Como justificación, el votante kirchnerista encuentra un espejo en la otra orilla de la grieta: el fracaso del macrismo en resolver la crisis y sus errores que la siguieron alimentando.
Opera entonces otra contradicción entre los votantes de Cambiemos, de una dimensión menos moral y más política, pero también comprometedora. Ese dilema consiste en renovar su apoyo a un gobierno que no pudo cumplir su contrato de sanear la economía, bajar la inflación y reducir la pobreza. Esos votantes de Macri terminarán apoyando su reelección después de saltar por sobre el fracaso de la gestión económica en prevención del regreso del kirchnerismo. Usarán como argumento que la crisis que heredó Macri forzó los errores que cometió.
Unos y otros, al fin, están convencidos de lo mismo: la Argentina tiene apenas dos caras y elegir una incluye aceptar hasta lo inaceptable. Un doble juicio para la construcción de un mismo resultado aguarda al final de este año. Absolver o condenar a Cristina. Abandonar o seguir con Macri. Simple y dramático a la vez.










