Vamos, Bugs Bunny, todavía

José Claudio Escribano
Las figuras de las criaturas animadas, vapuleadas recientemente, sobrevolaron los debates sobre gobernabilidad y populismo, y la técnica del relato
Bugs Bunny y el Pato Donald
Bugs Bunny y el Pato Donald Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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11 de noviembre de 2019  

BOGOTÁ.- Al cabo de una vida entre foros sobre esto y aquello, es hora de anclar en una idea: en cuestiones políticas y sociales, la capacidad humana de predecir los acontecimientos que sobrevendrán es modestísima, paupérrima.

Hemos cargado sobre los encuestadores de opinión el desconcierto por infinitos desaciertos: aquí, en Europa, en los Estados Unidos. Vamos, se impacientan los creyentes, ¿cuándo acertarán una? Pero del resto de quienes pretendemos correr el cortinado del futuro ¿qué? Los encuestadores más listos se abstienen de publicar datos que apilan aun a costa de perder glamor en el trabajo. Hacen bien. Habrían tropezado con el impensado mazazo de los Fernández a Macri-Pichetto, del 11 de agosto, y se habrían llevado otra baldosa traicionera por delante, el 27 de octubre.

Una sociedad reticente a mostrar las cartas de antemano los habría sorprendido con esto de que las diferencias se redujeran a casi la mitad; la conformación del Congreso quedara en paridad de fuerzas, y lo principal: un 40 por ciento del electorado votó por valores, aunque el consumo, el más efectivo succionador de sufragios en el planeta, penaba hasta sin aire para el soplido.

Al acotar las anteriores diferencias, unos 10 millones de votantes antepusieron los valores de la decencia, la libertad, la independencia de poderes y un orden mínimo para la seguridad física y la convivencia ordinaria a las angustias y la bronca, tan comprensibles cuando la economía se desliza barranca abajo. Penurias por doquier en el poder adquisitivo y zozobras por la inflación que impide saber el precio real de la moneda.

Estamos en Bogotá para participar del Foro Iberoamérica, en su vigésima versión. No se habla de la Argentina en especial en los plenarios, pero sí en pasillos y cafeterías. Como decía el finado Roberto Fontanarrosa, esas son las verdaderas arterias de los congresos, donde las gentes se cuentan todo. Tuvimos en las reuniones al presidente Iván Duque y a cuatro premios Nobel, entre ellos a Johannes G. Berdnorz, el físico que lo obtuvo en 1987 por contribuciones a la superconductividad de materiales cerámicos, y al alemán Harald Zur Hausen, galardonado en Medicina en 2008 por el descubrimiento sobre cómo se comporta el virus del papiloma humano. Estos cuatro invitados, sí, aportaron certezas incuestionables, las de las ciencias pura y aplicada.

Como a Ricardo Lagos, uno de los dos presidentes del grupo, lo retuvieron las urgencias de la política chilena, las deliberaciones quedan en manos de Julio María Sanguinetti. Por un par de días se habló sobre conocimiento y sociedad del futuro. Con satisfacción equivalente al entusiasmo con el que prevé el triunfo de Luis Lacalle en el ballottage uruguayo del domingo 24, Sanguinetti se felicitó, al cierre, de que hubiéramos ensayado una vez más el arte de conversar.

No es poca cosa la mera conversación como ejercicio intelectual estimulado por el café de Juan Valdez, a pesar de que el ejercicio de develar el futuro afronte, por más que nos propongamos lo contrario, limitaciones iguales a las de quienes hacen de esta labor una profesión en crisis. De otro modo, dijo Sanguinetti, la Unión Soviética no se habría empeñado en sumar oscuridad a la oscuridad al cerrar cafeterías, y los agentes de inteligencia campanearían con menor interés a los contertulios de mesas de bares y confiterías porteñas, según era hábito inveterado en el Florida Garden.

Tras de haber sido por veinte años el mejor alumno de la clase, Chile ha obtenido las peores notas, algo inimaginable para una generación. Ha habido manifestaciones inmensas contra el gobierno de Sebastián Piñera. ¿Pero con qué autoridad moral colectiva, se hizo notar, ha habido esa explosión si en las últimas elecciones presidenciales votó menos del 50 por ciento de los empadronados? Se planteó así si el "ciudadano desertor" tiene derecho o no a la protesta, sobre todo cuando le infunde violencia inaudita.

El Pacífico está agitado. Se ha perdido la cuenta de cuántos presidentes peruanos han terminado en la cárcel, en detención domiciliaria o arrojándose al suicidio. Ecuador ha ardido y en Colombia hay todos los jueves manifestaciones que a veces terminan con la quema de vehículos. Paulo Rangel, un socialcristiano portugués con asiento en el Parlamento Europeo, dice que son momentos en que Rousseau gana a Locke una antigua polémica: soplan vientos más fuertes para reducir las desigualdades que para desplegar a través de la libertad las energías creativas de nuevas riquezas.

Entre 2000 y 2009 la clase media creció en América Latina del 22 al 37 por ciento. Fue en los años del boom de las commodities, hoy agotado. Ahora, en las clases medias vulnerables cunde la preocupación de perder lo conquistado en la apertura del siglo, y por eso se alinean con quienes protestan. Quienes miran hacia la Argentina se preguntan qué hará el gobierno por instalarse en diciembre a fin de aumentar la productividad en todos los órdenes. Medidas eficientes, no divagación ideológica.

Se pasa revista de la economía de la región, que ha decrecido entre 2016 y 2019, mientras persiste una propensión obcecada en que la historia comience cada vez que asume un nuevo gobierno. Luis Enrique García Rodríguez, boliviano, que entre 1991 y 2017 presidió el Banco de Desarrollo de América Latina, se queja del "refundacionalismo crónico recurrente", que relega ir a lo más simple. Lo simple sería observar qué hizo Corea del Sur, cuyo ingreso per cápita era en 1975 de 200 dólares y hoy es de 30.000 dólares. Ha logrado que los jóvenes quinceañeros figuren a la cabeza de quienes dominan más las operaciones aritméticas y comprenden mejor lo que leen.

Sobró material para ateneos de especialistas en materia de comunicación institucional. Unos dijeron que en las protestas en la región está la mano negra de usinas subversivas, en alusión a Cuba y Venezuela; el agregado tan dramático como novedoso fue que se afirmara que Maduro no caerá si no cae antes el régimen comunista de Cuba. Otros dijeron que la magnitud de las movilizaciones de protesta tiene explicación en las nuevas tecnologías digitales, que han venido a dañar la democracia representativa como expresión de la racionalidad. Y otros más centraron el dilema en el incordio de tomar por sorpresa decisiones concernientes al gasto diario de las buenas gentes: que nada debe hacerse sin invitarlas antes a elegir entre dos males; persuadirlas de que si llegado el caso no aumenta el precio de los servicios públicos, serán inviables las prestaciones.

Los aumentos sorpresivos, a veces por monedas, soliviantan a los afectados. En Ecuador, fue por el precio de los combustibles; en Chile, por el del viaje en metro. La Reforma Universitaria de 1918 estalló en Córdoba y propagó sus fuegos por América, pero la chispa se había encendido por algo en apariencia tan mínimo y lejano como el valor del ticket de comida en el comedor de la Facultad de Medicina de la UBA. Al Cordobazo lo precedió un hecho parecido, en la Universidad Nacional de Corrientes.

Es lo que enseña la historia, pero estaba Juan Gabriel Vázquez, el todavía joven escritor colombiano de quien Carlos Fuentes me había anticipado sería una gran figura de las letras latinoamericanas, para decir que la historia no lo cuenta todo. Que es un relato con la rara cualidad de olvidar. Cada tiempo, dijo Juan Gabriel, tiene su tecnología apropiada para la narración: hemos olvidado que Hitler saltó a la fama, en los tempranos 30, por la radio, a la que administró con talento perverso, y que la tecnología de hoy, la de las redes, ha caído en manos de quienes quieren destruir nuestra versión de la realidad.

Con el trasfondo de un intercambio de ideas sobre gobernabilidad y populismo, Natalio Botana dijo que es un problema que el populismo -espacio sin cabida para el pluralismo y la alternancia- sea utilizado para calificar todo lo que no nos gusta, y Juan Gabriel destacó la importancia del relato como técnica comunicacional. Bien lo sabemos los argentinos del siglo XXI. A América, dijo el autor de El ruido de las cosas al caer, no la descubrieron; nos la contaron, e invitó a recuperar lo que pueda saberse sobre el vikingo Erik el Rojo, y a releer Terra Nostra, la novela en la que Fuentes relató lo que pasó y lo que pudo haber pasado en la conquista; texto de la memoria recreada por la imaginación.

Sergio Ramírez, novelista y sandinista desencantado con el régimen militar de los Ortega, honró lo que debemos en buena ley a los dictadores de la región. Sin ellos se nos habría privado de obras como Yo El Supremo, de Augusto Roa Bastos; de El discurso del método, de Alejo Carpentier, o de La fiesta del chivo, de Vargas Llosa.

Mientras Ramírez mentaba a nuestros dictadores, creí percibir que por la sala se proyectaba la sombra ligera de Bugs Bunny, atribulado con los recientes vapuleos recibidos. Justo Bugs Bunny, tan divertido, amistoso y afín a nuestras preferencias estéticas como lo ha sido el Pato Donald. Con este había redoblado las simpatías cuando sociólogos afiebrados pretendieron molerlo a palos en los años setenta.

Celebrar las travesuras de estas criaturas del arte compartido por el cine y el periodismo es solidarizarse con quienes con humor ablandan a diario lo que la política tiene de duro y patético. Aflojen su huraño rencor quienes en lucha contra el capital (¿cierta?, ¿aparente?) denuestan las creaciones artísticas consideradas políticamente incorrectas por no subirse al carro de las que se abaten contra todo lo establecido desde antiguo. ¿Adónde pretenden ir?

Aguante, mientras tanto, el Pato Donald. Vamos, Bugs Bunny, todavía.

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