El doble fin de ciclo

Fabián Perechodnik
Fabián Perechodnik PARA LA NACION
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10 de abril de 2014  • 15:27

Las medidas de fuerza llevadas a cabo hoy permiten ser leídas en dos claves, entre otras: Una es política, focalizada en las dirigencias nacionales. Y la otra es social, centrada en el humor ciudadano.

En términos políticos, a los reclamos legítimos se les suma la incapacidad gubernamental para dar respuesta a ellos, lo que no constituye más que otra muestra del fin de ciclo kirchnerista. Que viejos aliados y adversarios históricos unan fuerzas contra el gobierno nacional apunta en la misma dirección.

Habla de un modelo de gestión política tan en desgracia y retirada como el gremial

No obstante, la conducción Moyano Barrionuevo no parece tener un discurrir muy distinto. La falta de poder para capitalizar conquistas y satisfacer demandas actuales de sus bases, como así también la elección de alianzas y metodologías de protesta entre cuestionables y reprochables, deben interpretarse como una señal de desgaste y agotamiento de ciclo de las cúpulas gremiales.

En este sentido, podemos afirmar que la adopción de medidas de fuerza de estas características habla de un modelo de gestión política tan en desgracia y retirada como el gremial, golpeándolos, en el fondo, a todos por igual.

Si se busca leer estos acontecimientos en clave social, debe señalarse de antemano que las medidas de fuerza nunca denotan satisfacción. Las llevadas a cabo hoy, por dirigencias gremiales, políticas y sociales, no son una excepción a la regla. Ya sean legítimas, como el paro nacional orquestado por las centrales obreras opositoras, o ilegítimas, como los piquetes llevados a cabo por las fuerzas de la izquierda, lo que subyace es una situación generalizada de pesimismo social.

Y si la experiencia algo indica es que cundo los dirigentes no logran comunicarse efectivamente para alcanzar acuerdos básicos, el humor de la sociedad tiende a ofuscarse.

Una huelga nacional junto con paros en los medio de transporte y cortes en distintos puntos del país constituyen alteraciones al normal transcurso de un día laboral: estamos ante un jueves que parece domingo. Quiérase o no, se convierten en una fuente de fastidio para aquellos que no desean adherirse, y en una arenga silenciosa -a falta de acto central y grandes movilizaciones- que enardece los ánimos de los sectores sociales que suscriben los motivos y las metodologías de esta segunda protesta nacional durante la administración kirchnerista.

En este contexto, no hay lugar más que para un mayor pesimismo. Si se analiza la opinión pública en términos de humor social, puede observarse que, desde 2012, lo que ha predominado es el pesimismo. La percepción de la situación económica personal y del país, con la inflación siempre entre los principales problemas, hace entendible que existan motivos legítimos para llegar a la instancia en que nos encontramos.

Todos reclamos legítimos, pero que no legitiman métodos y expresiones de la vieja Argentina

Aquí cabe preguntarnos cuáles son los resultados concretos que se esperan con estas medidas de última instancia. ¿Sostener las fuentes de empleo? ¿Aumentar el techo de las paritarias cuando todavía se están negociando? ¿Elevar el mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias? ¿Recuperar poder adquisitivo y de consumo frente a la inflación y el tarifazo? Todos reclamos legítimos, pero que no legitiman métodos y expresiones de la vieja Argentina.

Así, la falta de mesura, la incomunicación entre la dirigencia, la anteposición de las disputas personales y la infructífera discusión sobre los niveles de adhesión a la protesta, seguramente correrán de eje la búsqueda de soluciones reales para los problemas concretos y centrales de la gente y el país, llevándose puestos reivindicaciones y derechos legítimos.

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