El fin de las mayorías. Eclipse y fragmentación de los partidos políticos

La crisis de representación de las fuerzas políticas tradicionales da paso a una democracia más volátil, que antepone el liderazgo personalista al largo plazo; un fenómeno global que, aquí, se refleja en las PASO
Guillermo Borella
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4 de agosto de 2019  

A una semana de las elecciones primarias, parece claro que uno de los principales factores que signó la carrera electoral ha sido la fragmentación del peronismo: las tres fórmulas presidenciales que suman más votos según las encuestas cuentan con figuras peronistas.

El escenario presenta otra novedad asociada a los últimos avatares del peronismo, de los cuales dio cuenta el sociólogo Juan Carlos Torre dos años atrás al "revisitar" su famoso artículo "Los huérfanos de la política de partidos", publicado originalmente en 2003. Torre buscaba entonces aportar explicaciones al profundo rechazo ciudadano a los partidos, sintetizado en la consigna "¡Que se vayan todos!", que resonó en el fragor de las protestas que sellaron la suerte del gobierno de la Alianza.

La actual puja de candidaturas parece ser consecuencia de los fragmentos en los que hoy se dividen los dirigentes del peronismo, como también sus bases populares. A juicio de Torre, esto es expresión de un efecto social retardado de la crisis de 2001, que provocó una desafección partidaria inédita y que además exhibió una fisura abierta en el cuerpo social del país. Ante eso, Torre se preguntaba ahora: ¿le llegó al peronismo su 2001? Esto es, ¿la dinámica del colapso partidario que había arrasado al polo no peronista está hoy acaso a las puertas del peronismo?

El ejemplo del peronismo refleja cambios que no se agotan en lo local, sino que van más allá. En muchos países de Occidente, las democracias se transforman en una doble dirección: de arriba hacia abajo, a nivel de los partidos políticos, y de abajo hacia arriba, en la misma sociedad.

De modo sorpresivo, Donald Trump se impuso en las últimas elecciones estadounidenses usando al Partido Republicano de trampolín
De modo sorpresivo, Donald Trump se impuso en las últimas elecciones estadounidenses usando al Partido Republicano de trampolín Fuente: Reuters

"La era de la democracia de partidos ha acabado". Con esta frase, el politólogo irlandés Peter Mair advertía en su obra póstuma Gobernando el vacío (2015) sobre la llegada de una nueva etapa de la democracia liberal en la que sus principales agentes -los partidos políticos- muestran señales de agotamiento. Ese "vacío" al que aludía Mair no es otra cosa que una aguda crisis de representación, que se refleja en una creciente brecha entre gobernantes y gobernados.

En una era de votantes volátiles y menor participación electoral, los partidos, si bien permanecen activos, ya no representan ni movilizan como hace dos o tres décadas, en épocas anteriores a los cambios comunicacionales que la tecnología trajo aparejados. Ahora bien, ¿qué es lo que define esta nueva etapa? ¿A través de qué otros canales se expresa hoy la política, si ya no es en los partidos? Y más aún, ¿es posible una democracia sin partidos?

Adaptados

"En los últimos 40 años los partidos perdieron relevancia como vehículos de representación, pero se adaptaron a las condiciones cambiantes en las que se desempeñan", subraya Gerardo Scherlis, profesor de la UBA e investigador del Conicet. Los partidos comprendieron que, dentro de sociedades más individualistas y complejas, intentar mantener vínculos intensos y estables con grupos sociales predeterminados tenía fuertes costos electorales, afirma este especialista en instituciones políticas. Para ganar elecciones, concluyeron, resulta conveniente establecer lazos más ligeros y contingentes, pero con grupos sociales más amplios y heterogéneos.

En consecuencia, apunta Scherlis, para el grueso de la población hoy los partidos se presentan como algo que ocurre en un terreno que les es ajeno. "Se confía muy poco en ellos, pero se los tolera como un mal necesario para el funcionamiento del régimen político democrático que, en última instancia, resulta preferible a los demás".

A pesar de esto, para el politólogo no hay dudas respecto a que los partidos siguen siendo instituciones cruciales de la democracia, aunque más como un "fenómeno legal", como lo es el Congreso o la Presidencia, que social. "Si solía caracterizárselos como representantes de la sociedad frente al Estado, hoy son la cara visible del Estado democrático frente a la sociedad", señala.

En este sentido, Ana María Mustapic, profesora de Ciencia Política en la Universidad Torcuato Di Tella, propone pensar nuevas categorías que puedan dar cuenta de los fenómenos actuales. Para eso, alude al concepto de "metamorfosis de la representación", previamente desarrollado por el filósofo francés Bernard Manin. "La sociedad ha cambiado y, por lo tanto, uno debe esperar que los partidos también cambien. De hecho, es lo que ha ocurrido. El partido ya no es lo que era ni puede volver a serlo", dice.

Facundo Cruz, doctor en Ciencia Política por la Universidad Nacional de San Martín, recuerda sin embargo que en la Argentina los dirigentes que buscan competir en elecciones necesitan de ellos para poder presentarse: así lo dicta nuestra Constitución. "Los partidos no son estructuras viejas, cerradas y llenas de polvo que nunca se mueven. Al contrario, cada proceso electoral muestra militantes, candidatos y dirigentes en las calles, dialogando con el ciudadano, tratando de entender sus demandas, formulando propuestas y organizando actividades".

Electorado atomizado

Lo que sí está cambiando, dice el experto, es en cómo se han adaptado los partidos políticos a la competencia actual. "Salvo contados casos, la mayoría se enfoca en soluciones de gestión a problemas concretos. Eso está alentando la microsegmentación de las campañas y de la comunicación política. Los partidos le dan un mensaje específico a cada parte del electorado para obtener su apoyo. Quien sepa utilizar bien estas herramientas será un actor competitivo. Pero en términos de gobierno y de representación política, este escenario es un desafío", afirma Cruz.

Bolsonaro llegó a la presidencia de Brasil con un fuerte apoyo evangélico y desplazó a los partidos tradicionales
Bolsonaro llegó a la presidencia de Brasil con un fuerte apoyo evangélico y desplazó a los partidos tradicionales Fuente: AFP - Crédito: Mauro Pimentel

Estos cambios responden a que las sociedades son hoy más heterogéneas y atomizadas, con individuos replegados sobre sí mismos, aislados en sus burbujas informativas. Al mismo tiempo, la irrupción de Internet y el auge de las redes sociales marcaron la aceleración de la vida social y política. En un mundo de fuerte individualismo, los mandatos electorales resultan más difíciles de interpretar, lo que atenta contra una representación efectiva.

"Si hace cincuenta años los cursos de acción eran más previsibles, hoy el mundo es más veloz, volátil e inestable en prácticamente todas las actividades humanas. La revolución de las nuevas tecnologías y de las comunicaciones cambiaron las expectativas y la forma de vinculación de los gobernantes con los ciudadanos", dice Martín D'Alessandro, profesor de Ciencia Política en la UBA y presidente de la Sociedad Argentina de Análisis Político (SAAP).

Estos cambios globales generaron las condiciones estructurales y técnicas para que el reclamo y la identificación política ya no sean mediadas por las instituciones tradicionales. "Mientras algunas formas convencionales de activación política, como los partidos políticos, son puestas en duda, crecen aquellas que ofrecen espectacularidad mediática", apunta el politólogo. "Esto es más evidente en los ciudadanos jóvenes y en las sociedades más desarrolladas, que parecen volcarse hacia cuestiones que los afectan de manera más inmediata, como la inseguridad o la provisión de algún servicio público, a través de formas no convencionales, como las acciones directas y espontáneas". D'Alessandro alude a los movimientos sociales y protestas como Occupy Wall Street o los indignados en España.

Pedro Sánchez, líder del PSOE, no logra alcanzar los votos para ser investido presidente del gobierno español y busca formar una coalición
Pedro Sánchez, líder del PSOE, no logra alcanzar los votos para ser investido presidente del gobierno español y busca formar una coalición

Sin programas

Por esto, se destacan dos fenómenos paralelos: la tendencia a la baja en la participación electoral y el aumento del número de personas que cambian su voto de unas elecciones a otras. "Los votantes que se identifican con un partido y lo votan siempre vienen decreciendo en todo el mundo desde la década de 1960. En contraparte, crecen los votantes volátiles que evalúan su voto en cada elección, sobre todo para premiar o castigar la gestión económica del gobierno saliente", sostiene D'Alessandro.

En el pasado, cada partido solía proponer un programa detallado de gobierno. Ahora, en cambio, las estrategias electorales se basan en ofrecer plataformas con vagos enunciados. Según Ana María Mustapic, en este nuevo contexto tiende a predominar el carisma de los candidatos, acentuándose la personalización de la política. Así, los partidos anteponen el acceso al poder a su viejo papel representativo. "Cuando todo se pone al servicio del éxito electoral, la identidad política de los partidos se va disolviendo", señala Mustapic. Las elecciones, por tanto, dejan de ser una contienda entre opciones políticas diferentes para convertirse en una simple selección de gestores de lo público.

Al tiempo que pierden relevancia los partidos ganan espacio los liderazgos personalistas, que logran anteponerse a las estructuras partidarias, derivando cada vez más en una democracia de candidatos en detrimento de una democracia de partidos. Donald Trump es el ejemplo más claro en este sentido, aunque no el único. En palabras del politólogo e historiador Natalio Botana, se trata de "cazadores de partidos".

En este contexto, los líderes alcanzan el poder cada vez más gracias al uso de sus capacidades mediáticas. Con la ayuda de las redes sociales, los políticos buscan suplir esta distancia con la sociedad dando la sensación de contactos más cercanos con los votantes, especialmente en tiempos de campaña. "Dejando de lado el núcleo duro con un sentido de pertenencia más fuerte, la mayoría de los votantes mira qué líder le inspira más confianza. Uno vota líderes, ya no partidos", subraya Mustapic. Otro ejemplo es Boris Johnson, flamante primer ministro británico. Si bien hizo su carrera en el partido Conservador, ejerce un liderazgo disruptivo y personalista.

Carolina Tchintian, directora del Programa de Instituciones Políticas de Cippec, advierte sobre un cambio en la estrategia de los partidos como consecuencia de su debilitamiento organizacional. "Esta nueva realidad atenúa el rol que tenían los partidos de estructurar el futuro y la carrera de un aspirante a líder. Hoy el partido está más concentrado en la figura del candidato", dice Tchintian. Los partidos dejaron de ser los canalizadores de intereses y agregadores de demandas. Hoy son sobre todo maquinarias para ganar elecciones.

Para que un partido sea un espacio que atraiga y contenga a líderes políticos o aspirantes a serlo, hoy debe contar con recursos que faciliten el desarrollo de sus carreras. "Hoy es más fácil y menos penalizado electoralmente pasarse a otro espacio político, jugar por fuera de la estructura. Hay menos costos en el transfuguismo. Los partidos ya no brindan a sus dirigentes un horizonte de largo plazo", sostiene Tchintian. Cada cual a su modo, dirigentes como Alberto Fernández, Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey, Martín Lousteau o Miguel Ángel Pichetto son un ejemplo de esto. Hay muchos más.

Sergio Massa y Alberto Fernández, de nuevo junto a Cristina Kirchner en el Frente de Todos
Sergio Massa y Alberto Fernández, de nuevo junto a Cristina Kirchner en el Frente de Todos Crédito: Archivo

Polarizaciones

"Las identidades partidarias demasiado fuertes son un peligro para la democracia, pero las identidades muy débiles también lo son -dice Aníbal Pérez-Liñán, profesor de Ciencias Políticas y Asuntos Globales de la Universidad de Notre Dame-. La democracia es viable solo cuando estas identidades extremas se moderan, es decir, cuando los partidos en pugna aceptan la coexistencia y reconocen al adversario como un contendiente legítimo por el poder".

Sin embargo, Pérez-Liñán aclara que, a medida que estas identidades se moderan, los partidos comienzan a parecerse entre sí, y su capacidad para movilizar pasiones y organizar la competencia política decae. "Este es, también, el espacio de frustración por donde ingresan nuevos actores dispuestos a re-polarizar la sociedad, como Hugo Chávez en la Venezuela de 1998", ejemplifica.

"Es crucial que los partidos renueven sus liderazgos con cierta frecuencia, de manera de adaptarse a nuevos contextos sin perder su electorado", sugiere el experto. Sin embargo, advierte que esto siempre resulta muy difícil, porque los líderes históricos se presentan como única garantía de éxito, demorando una renovación generacional necesaria. Y aporta un ejemplo local: "El peronismo fue exitoso porque fue altamente capaz de renovar su liderazgo tras la muerte de Perón, pero el ejemplo de Cristina Kirchner muestra que el PJ no está libre de este dilema", señala.

El gran desafío que enfrentan hoy las democracias consiste en poder armonizar sus instituciones con las tendencias de los tiempos que corren. De ese modo, podrán ajustarse y estar a la altura de los retos de la modernidad que enfrentan hoy nuestras sociedades.

Los acuerdos, hoy una vía para sumar votos y alcanzar el poder

La fragmentación del sistema de partidos -un fenómeno que viven cada vez más democracias en Occidente- conduce a un escenario donde ninguna fuerza política puede ya obtener mayorías claras por sí misma. Al no ser capaces de sumar por sus propios medios los votos suficientes para ganar y acceder a los cargos que se ponen en juego en cada elección, se impone la necesidad de tejer alianzas con otros colores políticos que allanen el camino hacia el poder.

"La democracia de coaliciones emerge como resultado de una sociedad más compleja donde las líneas divisorias no son tan claras como en el pasado. Eso empuja a formar alianzas", apunta la politóloga Ana María Mustapic.

Por ejemplo, este es el camino que debió transitar el partido del presidente Mauricio Macri para imponerse en las elecciones de 2015: la transformación del Pro en la coalición Cambiemos, sumando a sus filas a la UCR y la Coalición Cívica (CC)-ARI.

Cuatro años después, la decisión de sumar a un sector del peronismo, representado por el jefe de la bancada justicialista en el Senado, Miguel Ángel Pichetto, incluido en la fórmula oficialista como vicepresidente, derivó en Juntos por el Cambio. Diferente nombre, una misma tendencia. Por otro lado, también los dirigentes de un peronismo fragmentado se reunieron en distintas alianzas.

Las próximas PASO representan así otro síntoma del agotamiento de la democracia de partidos, además de haber perdido su razón de ser: no se presentan precandidatos que pertenezcan a la misma fuerza, sino fórmulas ya consolidadas que se medirán en agosto como si lo hicieran en una primera vuelta.

A la hora de analizar las causas que conducen a este escenario de coaliciones recurrentes, el doctor en Ciencia Política Facundo Cruz explica: "El sistema se fragmentó en muchos partidos producto de la crisis de los partidos nacionales. La fórmula que encontraron los dirigentes políticos, en este escenario de poscrisis, fue la de construir coaliciones. Eso tanto para mantenerse electoralmente competitivos como para poder tomar decisiones en el gobierno". Cruz es autor de Socios, pero no tanto (Eudeba, 2019), un estudio de reciente publicación donde analiza la transformación de las coaliciones electorales en sistemas políticos como el que tenemos en nuestro país.

"En sistemas como el argentino, donde hay fragmentación partidaria y esa fragmentación es distinta en cada provincia, la fórmula que encuentran los dirigentes que quieren ganar y gobernar es armar una coalición. Es una consecuencia directa de la fragmentación y de la diferenciación regional de esa fragmentación", sostiene Cruz.

Nada muy diferente de lo que ocurre en el caso europeo: si bien cada país de la Unión Europea tiene una idiosincrasia particular (relacionada con su historia y tradición política), lo que no permite hablar de una tendencia común, hay un elemento que se repite en la mayoría de ellos: los gobiernos de coalición. En efecto, 19 de los 28 países miembros del bloque están gobernados por al menos dos partidos con cargos ministeriales.

Hasta el momento, España era uno de los pocos ejemplos europeos de gobierno sin coaliciones en su historial. No obstante, las dificultades que atraviesa en estos días el PSOE para formar gobierno sugieren que ya no será más una excepción. En la segunda votación de investidura celebrada días atrás, la abstención de Unidas Podemos (UP) impidió que el líder socialista Pedro Sánchez alcance la mayoría simple y pueda ser investido presidente del gobierno.

Esta tendencia hacia una segmentación progresiva del escenario político se vio también reflejada en las elecciones europeas celebradas en mayo pasado, que arrojaron un Parlamento regional más repartido. Al perder escaños las dos principales fuerzas, desaparece la mayoría absoluta que hasta ahora les permitió crear una gran coalición.

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