Formas ocultas de la barbarie

Sobre De ganados y de hombres, de Ana Paula Maia
Emiliano Sued
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6 de septiembre de 2015  

Edgar Wilson se "siente impuro pero moralmente aceptable"; su culpa encuentra una coartada en el hecho de que él no es el único responsable, de que se trata de un mal necesario con muchos culpables, y de que si no fuera por su pericia y piedad, la situación sería aun más terrible.

Éste es el conflicto interno del protagonista de De ganados y de hombres, novela de la brasileña Ana Paula Maia (Nova Iguaçu, 1977). Edgar Wilson trabaja de aturdidor en un matadero: es el que golpea a las vacas en la cabeza con una maza para desmayarlas, para que luego sean colgadas de las patas traseras y degolladas. Este procedimiento –en el que el correcto aturdimiento es esencial– procura que el animal sufra lo menos posible, pero sobre todo, que no muera inmediatamente y su carne se endurezca, o entre en pánico y sus músculos se tensen en un último espasmo que arruine el sabor de la carne.

Edgar siente que en el sacrificio de los animales él se sacrifica, renuncia a tener una conciencia tranquila, asume el rol que nadie quiere desempeñar, que lo condena y lo salpica de sangre cuando golpea: "No le da orgullo el trabajo que ejecuta, pero si alguien debe hacerlo que sea él, capaz como es de sentir piedad por los seres irracionales". Lo suyo es un ritual religioso en el que marcar con una cruz de cal el punto del cráneo donde debe asestar el golpe se transforma en una extremaunción.

Para el narrador las cosas parecen estar más claras; su voz sigue muy de cerca al protagonista, pero cada tanto parece separarse y entonces juzga sin conflictos, sin argumentos que mitiguen o justifiquen la matanza. Su denuncia se expande y alcanza al sistema capitalista, a su barbarie, a la cobardía y los eufemismos que la mantienen oculta. La línea de producción de carne es un largo sacrificio que termina en una hamburguesa, pero, afirma: "Nada deja vislumbrar el horror desmedido detrás de algo tan delicado y sabroso". A la espera de que el sistema falle y deje caer algo de su contenido están los indigentes de la zona del matadero, los que ruegan por los restos, los que pelean por ellos como animales carroñeros, antes de que los perros, y luego los buitres, vayan a buscar su parte.

La novela insiste en la continuidad entre los matarifes y los animales: "En los lugares donde la sangre se mezcla con el suelo y con el agua es difícil tratar de establecer cualquier distinción entre lo humano y lo animal". Los desechos del matadero van a parar al Río de las Moscas; sus aguas enrojecidas tendrán la apariencia de una plaga divina, de una de las diez maldiciones del Éxodo; correrán a la par de otro fenómeno misterioso: las vacas comienzan a buscar su propia muerte.

A partir de allí, la novela se desliza hacia lo que Tzvetan Todorov define como lo verdaderamente fantástico, esa delgada frontera por la que transitan los relatos de sucesos extraordinarios en los que no termina de imponerse una explicación racional ni una sobrenatural.

En De ganados y de hombres la exhibición detallada de una violencia funcional es sin duda una propuesta estética. El omnipresente conflicto de conciencia de Edgar y su empatía con los animales se enlazan adecuadamente con una trama pequeña, simple y atractiva. Los once breves capítulos conforman una nouvelle que representa un universo poco conocido, invisibilizado por la sensibilidad y la hipocresía de la sociedad contemporánea.

Al incluir una cita de Memorias del subsuelo, la famosa novela de Fiodor Dostoievski, a modo de "Nota final", la escritora brasileña recicla para los tiempos que corren –en los que la sangre animal impresiona más que nunca– la discusión sobre el modo en que el hombre civilizado, menos bárbaro en sus formas y más severo a la hora de condenar la violencia, no ha hecho otra cosa que incrementar su tendencia a matar.

DE GANADOS Y DE HOMBRES

Por Ana Paula Maia

Eterna Cadencia

128 páginas

$ 170

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