La impronta de Cristina Kirchner y la oportunidad de Rodríguez Larreta

Cristina Kirchner
Cristina Kirchner Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Sánchez
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11 de septiembre de 2020  • 04:13

La aparente resolución del conflicto policial bonaerense con la quita de un punto de coparticipación federal a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires mediante una decisión unilateral del gobierno de Alberto Fernández dejó varias conclusiones políticas. La primera es que la influencia de Cristina Kirchner en las medidas gubernamentales va bastante más allá de las cuestiones judiciales que tanto le preocupan a la expresidenta. La segunda es que el alcalde porteño, Horacio Rodríguez Larreta, ha visto en esta crisis una oportunidad para tomar vuelo y empezar a pararse como un virtual candidato presidencial de la oposición.

Tras el manotazo a los porteños, del que se enteró escasos minutos antes de que fuera anunciado por el presidente de la Nación, y que implicará una pérdida para la ciudad de unos 35 mil millones de pesos, Rodríguez Larreta ratificó una postura que le sienta bien aunque ponga nerviosos a los halcones de Juntos por el Cambio.

A pesar de que durante toda la jornada, en los corrillos del macrismo, algunas voces advertían que ya no habría margen para la moderación y el diálogo ante la Casa Rosada, el jefe de gobierno porteño afirmó públicamente que no iba a cambiar sus convicciones ni su vocación por la búsqueda de consensos. Expresó que siempre va a buscar "la unidad de los argentinos" y que no será él quien contribuya a agrandar la grieta.

De ese modo, incluso en el peor momento de su relación con Alberto Fernández, Rodríguez Larreta les marcó la cancha a los dirigentes de la coalición opositora, sugiriéndoles que "lo último que necesita el país es políticos peleándose".

La estrategia electoral de Rodríguez Larreta para competir por la presidencia de la Nación dentro de tres años comienza a visualizarse. Llega lejos el que dialoga, podría ser su lema.

El veterano dirigente peronista Julio Bárbaro recuerda que, luego de que en 1983 Raúl Alfonsín le infligiera su primera derrota electoral al Partido Justicialista en una elección presidencial, los peronistas se llenaron de odio. Por el contrario, según recuerda, Carlos Menem se acercó al gobierno radical y hasta brindó su apoyo al acuerdo con Chile por el Canal de Beagle, a diferencia de muchos otros dirigentes de su fuerza política. Finalmente, Menem terminó llegando al poder, abriéndose camino a través de una posición dialoguista desde la oposición.

El camino elegido por Rodríguez Larreta también va por ahí. A eso puede sumar la imagen de una ciudad autónoma bien administrada que el cristinismo y, más recientemente, el propio Alberto Fernández buscan enchastrar, recurriendo a una forzada grieta entre porteños y provincianos o entre los "pobres" del conurbano y los "ricos" de la Capital.

La táctica en la que ahora coinciden Cristina y Alberto para esmerilar al jefe de gobierno porteño encuentra su explicación en el crecimiento que la imagen de este ha experimentado en el orden nacional en los últimos meses, potenciado en parte por su rol protagónico en las exposiciones del llamado "trío cuarentena" desde la quinta de Olivos.

La vicepresidenta de la Nación siempre le reprochó al jefe del Estado que le "regalara" tantos minutos de aire a su "amigo" Horacio. Nunca dejó de sugerirle que debía equipararlo con Mauricio Macri, además de sacarle los fondos que se le reconocieron al distrito porteño por el traspaso de la Policía Federal y la Justicia nacional a la ciudad.

El objetivo de restarle recursos de la coparticipación federal a la ciudad de Buenos Aires para darle más a la provincia gobernada por Axel Kicillof fue claramente una idea de Cristina Kirchner, que comenzó a insinuar públicamente desde el momento en que tanto ella como su hijo Máximo hablaron de "los helechos que tienen luz y agua" en la urbe porteña, "mientras tenemos gente en el conurbano chapaleando agua y barro". Fue el mismo discurso que, más recientemente adoptó el presidente Fernández cuando sorprendió al hablar de una ciudad "tan opulenta como injusta con el resto del país".

Detrás de esos mensajes, subyace una creencia entre los dos principales dirigentes del oficialismo: la Capital Federal es un territorio perdido electoralmente y el foco debe estar puesto en el bastión bonaerense.

Curiosamente, poco y nada hicieron, entre 2003 y 2015, los gobiernos kirchneristas por devolverle a la provincia de Buenos Aires los recursos que fue perdiendo, año tras año, desde que en 1996 se congeló el Fondo de Reparación Histórica del Conurbano. En cambio, fue la gobernadora María Eugenia Vidal, a quien hoy sigue denostando Kicillof, la que formuló una demanda ante la Corte Suprema y logró la actualización gradual de esos recursos.

El tiempo dirá si la táctica adoptada por Cristina y Alberto para sembrar una nueva grieta entre los porteños y el resto del país contribuirá a desgastar al jefe de gobierno porteño o si, por el contrario, seguirá proyectándolo a los primeros planos del escenario político nacional.

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