Lo contrario de la verdad no es la mentira sino la certeza

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
¿Qué palabra sostiene una creencia? ¿Cómo deber ser ese decir? ¿Se trata de un poder predictivo o un valor doctrinal?
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20 de noviembre de 2015  • 00:41

¿Qué palabra sostiene una creencia? ¿Cómo deber ser ese decir? ¿Se trata de un poder predictivo o un valor doctrinal? ¿O es una proporción lingüística incalculable, una fórmula poética que se vuelve profética, como si se hubiera encarnado? Por otra parte, se obedece a la palabra… ¿de quién?

El nuevo libro de Emmanuel Carrère, escritor francés que visitará la Argentina la próxima semana, El Reino (Anagrama), es una carta fuerte de la literatura para vérselas con algunas de las escrituras más poderosas de todos los tiempos: Los Hechos, Los Evangelios y Las Epístolas. El autor elije contar la historia de Pablo el Converso y de Lucas el Evangelista para dar cuenta de esa lengua trascendente. Sin cuestionarla del todo y preguntándose por su alcance, Carrère cita a un amigo, en las primeras páginas del libro que dice: "Es extraño que personas normales, inteligentes puedan creer en algo tan insensato como la religión cristiana, algo del mismo género que la mitología griega o los cuentos de hadas." En este sentido, El Reino propone una relectura personal de las escrituras. Como un cronista literario de la época, Carrère combina la investigación con referencias actuales, desde Pasolini, los Sex Pistols, Sadam Husein o la serie Les Revenants.

El nuevo libro de Emmanuel Carrère, El Reino (Anagrama), es una carta fuerte de la literatura para vérselas con algunas de las escritura

Como en sus anteriores libros (al menos de los últimos quince años), Carrère escribe en primera persona y no se excluye como sujeto del relato, participa con su subjetividad de lo que cuenta de los otros; el impacto que le producen las lecturas, las actitudes, la vehemencia, el amor, el egoísmo, el dolor o la felicidad. Ingresa en la gran Historia para contar la pequeña historia, la de las personas enlazadas en la Historia. Es una primera persona tan original como única, sólo puede ser Carrère. Es la primera persona del autor. No es un autor que inventa a un narrador en primera persona. Es como si el autor mezclara su diario de pensamientos con la historia que está contando, que no es la propia. Es decir, Carrère se expone como primera persona relacionada con lo que escribe, sus ganas de hacerlo, las motivaciones que lo llevaron a contar la historia de personas reales, tales como Limónov; su abuelo colaboracionista en Una novela rusa; Jean-Claude Romand, el asesino múltiple de El adversario o los jueces de De vidas ajenas. La novedad literaria es precisamente esa conjunción entre el autor "verdadero" contando una historia real, provocando a su vez una lectura novelesca.

Carrère explica: "Cuando abordo un tema me gusta tomarlo con pinzas". Quizá este afán de construcción sensible y minuciosa, le otorga al relato un aliento de investigador involucrado.

Munido de una ironía franca, hasta graciosa, Carrère comienza El Reino con sus crisis personales. La primera le duró tres años, y lo sumergió en un fanatismo religioso de entrega casi absoluta. Comulgaba, iba todos los días a la iglesia y en ese tiempo escribió cuadernos con comentarios sobre los versículos del Evangelio según San Juan. Casi diez años después, sufrió una depresión, "sin poder amar ni trabajar". Y salió de una con lo que encontró de la otra: sus cuadernos, donde había escrito, por ejemplo: "Un ateo cree que Dios no existe. Un creyente sabe que Dios existe".

Y en la página 119, concluye: "He llegado a ser lo que tanto me asustaba ser. Un escéptico. Un agnóstico: ni siquiera lo bastante creyente para ser ateo. Un hombre que piensa que lo contrario de la verdad no es la mentira sino la certeza. Y lo peor, desde el punto de vista del hombre que he sido, es que no me va tan mal."

A partir de ese momento, Carrère nos va a contar la historia de Pablo y la de Lucas. Ingresamos en una suerte de relato histórico, plagado de interferencias insólitas (las referencias del presente del autor) y paralelismos audaces. Algunos ejemplos geniales: compara los delirios místicos del escritor de ciencia ficción Philip K. Dick –de quien escribió una biografía- cuando habla en una lengua extraña que resulta ser el koiné, ¡la lengua griega común que hablaba Pablo! En otro pasaje, imagina a un cura actual dirigiéndose a sus feligreses en tanto "maridos y mujeres" como lo hizo por primera vez Pablo cuando dijo "hermanos y hermanas". De este modo, según Carrère, "no es sorprendente que las reuniones de Pablo se hayan considerado a menudo incestuosas o al menos libertinas." Y en otra parte escribe: "Éxtasis, trances, lágrimas, profecía, don de lenguas… Estos fenómenos que florecen tanto en la actualidad como antiguamente en la mayoría de las sectas, se cultivaban en las primeras iglesias cristianas con un entusiasmo desmedido".

Es como si Carrère desnaturalizara la creencia para encontrar la conmoción literaria. Esa cifra oculta en la letra que determina el futuro de una cultura. Así se encuentra con la "oración". Y el modo en que Pablo explica el rezo: "¿Acaso te encierras en tu habitación para respirar? No. ¿Dejas de respirar cuando trabajas? No. ¿Cuando hablas? ¿Cuándo duermes? No. ¿Entonces por qué no rezas como respiras? Tu respiración puede convertirse en oración. Aspiras y llamas a Cristo. Exhalas y acoges a Cristo. Hasta tu sueño puede ser plegaria. Duermo pero mi corazón vela, dice la amada en el Cantar de los cantares. La amada es tu alma. Hasta dormida permanece despierta". Realmente, al leerlo, dan ganas de creer, como si lo poético enlazara una verdad. Pero al mismo tiempo sabiendo, como escribe Mark Twain (citado por Carrère), que "la fe es creer algo que se sabe que no es cierto".

Leer para creer.

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