El post post boom. Un mapa posible de la literatura latinoamericana

Ocho escritores jóvenes del continente subrayan su marca: la diversidad
Joaquín Sánchez
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14 de febrero de 2016  

Si existiera un manual de instrucciones para construir una tendencia, el primer paso podría ser nombrar eso que estamos por crear. Enunciar el boom para salir a buscarlo. Luis Harss, por caso, le puso Los nuestros a ese libro en el que aúna las entrevistas a los escritores que luego conformarían el famoso boom latinoamericano. Por potencia propia la selección pegó, pero había algo más, acaso el segundo paso de nuestro manual: los escritores elegidos tenían algo en común. De ese realismo mágico a hoy se ha intentado infinidad de veces versionar el boom, el post boom y el anti boom. Todas explosiones -ninguna tan celebrada como la primera- que buscaban reagrupar la literatura sudamericana. Pero la expansión radioactiva de esas bombas pareciera haber llevado la cuenta a cero. Así como Einstein decía que no sabía cómo sería la tercera guerra mundial pero que la cuarta sería con garrotes y palos, los escritores latinoamericanos actuales poco parecen tener que ver con aquellos otros, algunos apenas padrinos de los de ahora pero por simpatía, porque hay que entregar la corona.

El tercer paso de nuestro manual podría ser esto que estamos haciendo: trazar un mapa de esos vasos comunicantes que, si bien no tienen nada en común, tendrán al menos la toma de distancia respecto de la tradición. En eso coincide nuestra selección: ninguno dice honrar a sus padres; y sus padres, por otra parte, son todos distintos. Entonces, ¿quiénes son hoy los nuevos escritores latinoamericanos? Decenas. ¿A quiénes vale la pena prestar atención? Imposible responder esa pregunta sin voluntad de fundar un canon. Pero los cánones hermanan piezas de rompecabezas discordantes y no es nuestra voluntad pontificar sobre lo que sí y lo que no. Apenas dibujar un horizonte.

El Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici), así como muchos de los festivales de cine más importantes del mundo, tiene una sección que se llama Panorama. Allí se da una muestra de lo que se está produciendo y a lo que vale la pena prestar atención, algo así como un estado de situación. Esta nota sería algo parecido, un despliegue de las posibilidades literarias que da el continente, exceptuando Argentina, por la imposibilidad de elegir una por sobre otra.

Si hay algo común entre quienes componen esta nota es difícil decirlo. No en los temas ni en los tonos, en ocasiones reversos unos de otros. No en la moda ni en las corrientes (pocos de ellos pueden verse juntos en las revistas o papers literarios). Tampoco en las ventas: aunque todos los autores aquí reunidos tienen libros disponibles en la Argentina, ninguno de ellos es un best seller mundial. Los une sí la generación y la presencia de Internet, casi siempre de manera espectral, como una sombra que no quieren ver. Y los une, de la forma caprichosa en que suceden estas cosas, compartir esta página de diario. Los une que ahora, de algún modo, ellos también se volverán los nuestros.

Luis Chaves

(Costa Rica, 1969)

Como un salvapantallas al revés, el personaje de Chaves se lanza a la noche costarricense, duerme en un auto con una chica, tiene una erección que luego lo deja con el miembro como un cadáver pegado a su pierna. Vuelve a girar la pantalla, como si alguien moviera un mouse para despertarlo de su distracción, y aparecen nuevos recuerdos, o más bien momentos del presente: Chaves con 44 años y una familia, hijos que empiezan a escribir sus propias palabras, un diario íntimo de pequeñas guerras personales. Algo así de ecléctica es la novela Salvapantallas, de Luis Chaves, que publicó Seix Barral. De origen poeta, el escritor nacido en Costa Rica y que vive actualmente en Berlín por una beca, pasó unos años en Buenos Aires, tiempo en el cual no sólo recogió amistad con escritores locales sino también cierta temática compartida y un modo del decir. La afinidad no pasa desapercibida: Nacho Iraola, director editorial de de Planeta, ya planea publicarle todo lo que tenga y, con entusiasmo, llama al escritor el "Fabián Casas tico", por esa mezcla de poesía y coloquialismo en su forma de narrar.

-¿Cuál es tu relación con lo latinoamericano?

-Todo. Nací y crecí en ciudades pequeñas, en un país prácticamente invisible para el radar de los medios mundiales. Un país en el centro del continente americano. Toda la materia prima que uso para escribir viene de ahí, de esos olores, de esos colores y sombras, de esos ritmos, sabores, maneras de hablar y de relacionarse, neurosis culturales. Ahora, lo que es diferente es el cliché de lo latinoamericano, eso es otra cosa, es una caricaturización que poco tiene que ver con lo otro que mencionaba.

-Mayormente, ¿de dónde han salido las ideas para tus novelas o cuentos?

-De lo que veo y escucho. También de experiencias personales, alteraciones o collages de esas experiencias. Si he "inventado" algún personaje o situación, estoy seguro de que raspando un poco la superficie encontraría el lugar exacto de donde viene.

-¿Te sentís afín a alguna corriente de escritores actual?

-Quiero creer que sí. No tanto a una corriente pero sí a una generación en la que hay vertientes diversas. Incluso diría que hispanoamericana, más que latinoamericana.

-Si tu obra fuera la de alguien más y no la tuya, ¿qué dirías de ella?

-¡Qué difícil! A ver, tratemos: que me gustaría tomarme unas cervezas con el autor.

-¿Sos escritor por accidente, vocación o fatalidad? En cualquier caso, ¿por qué sos escritor?

-Siempre me hago esa pregunta. ¿Cuándo se inocula ese germen? ¿Cuándo se implanta ese chip? En la casa de mi infancia no había literatura, apenas algunos discos y revistas. Mis padres no son lectores, ni melómanos. No iban al cine ni al teatro. Iban a misa y ver fútbol y boxeo… Mi abuela materna me enseñó a leer con los titulares del diario. Y nada de esto es reprochable, por supuesto. Lo que quiero decir es que me intriga de dónde vino esa necesidad, una vez que aprendí a leer, a leer todo lo que caía en mis manos. Ese tipo de obsesión por la lectura que termina, años después, en lo inevitable: la escritura.

-¿Qué autores influyen en tu obra?

-Es difícil responder esa pregunta sin caer en una especie de "wishlist". Hay periodos, no leo lo mismo que me obsesionaba a los 20 años. Y estoy seguro, a mi edad de ahora, que tanto influyen en uno las obras que te gustan como las que no, como aquellas del otro lado de la línea trazada de "estos son los míos".

-¿Qué es la escritura y qué es la literatura para vos, si es que hay alguna diferencia entre ellos?

-Leer siempre será mejor que escribir. Uno siempre más de lo que escribe, dichosamente. Escribir no es como andar en bicicleta, algo que se aprende. Por lo tanto, tampoco algo que se enseña. Lo único que se parece un poco a "una manera de aprender a escribir" es la lectura.

-¿Creés en la inspiración o en el trabajo?

-Soy poco metódico, poco disciplinado. Por temporadas me vuelvo muy "productivo", luego vienen temporadas de pasividad. Supongo que esas ráfagas de productividad es lo que se conoce como inspiración pero tengo dificultad en llamarle así tal vez por el halo de cursilería que la rodea.

Valeria Luiselli

(México, 1983)

Nació en México, fue criada en Corea, en Sudáfrica y en la India, y actualmente vive en Nueva York. Escribe en español y en inglés. Su última novela es La historia de mis dientes (Sexto Piso), la vida del subastador Gustavo Sánchez Sánchez, alias Carretera, que va recopilando recuerdos a partir de piezas dentales que subastó a lo largo de su carrera. Es autora de la novela Los ingrávidos y el libro de artículos Papeles falsos, pero en La historia de mis dientes prueba una estructura diferente, por momentos clásica pero a su vez innovadora por la explicitación de ese supuesto clasicismo, que al final nunca es tal.

-¿Te sentís afín a alguna corriente de escritores actual?

-No pienso en la literatura como una serie de corrientes delimitadas, sino más como un mapa donde se cruzan y superponen lenguas, temporalidades, estilos, temas. Tampoco creo que haya tal cosa como una "poética latinoamericana": todos leemos de manera transatlántica y transpacífica, por decirlo de un modo. Sí creo que existe algo así como una "obra colectiva". En ese sentido, me siento parte de una constelación de autores, muchos latinoamericanos, que están en conversación unos con otros. Me interesan los cerebros de gente como Samanta Schweblin, Guadalupe Nettel, Laia Jufresa, Daniel Saldaña París, Alan Pauls, Alejandro Zambra, Álvaro Enrigue o Lina Meruane, y procuro leer todo lo que escriben.

-Mayormente, de dónde han salido las ideas para tus novelas o cuentos?

-Escribo con mucha atención a lo que ocurre entorno a mí mientras estoy trabajando en un texto. Permito que todo –una conversación pasajera escuchada en el metro, una línea que leí ese día, una pregunta de mi hija– deje una especie de "huella" o "accidente" en mi trabajo. Mis libros son una especie de registro de lo cotidiano, atravesado por la ficción.

-Si tu obra fuera la de alguien más y no la tuya, ¿qué dirías de ella?

-¡Voy a evadir esta pregunta! Diga lo que diga, va a ser mentira.

-¿Sos escritora por accidente, vocación o fatalidad? En cualquier caso, ¿por qué sos escritora?

-Me dedico a escribir porque es la única actividad que sé hacer bien y porque es la única cosa que me hace sentir que la vida diaria es más que una sucesión de días en calendario.

-¿Qué autores influyen en tu obra?

-Creo que cada uno de mis libros está en conversación con autores distintos – y ninguno de esos libros esconde sus influencias. Al contrario, mis libros funcionan como mapas a otros libros. Si abres casi cualquier página de un libro que yo haya escrito, encuentras el nombre de un autor, o el título de una obra.

-¿Cuál es tu relación con lo "latinoamericano"?

-Mi relación con lo latinoamericano es francamente cursi. Crecí en Corea del sur, en Sudáfrica y en la India, y ahora vivo en Nueva York. Pero de algún modo siempre he estado rodeada de latinoamericanos –expatriados, exiliados o perdidos. Así que mi relación con lo latinoamericano está lleno de nostalgia por una especie de "paraíso perdido" en el cual nunca he vivido.

-¿Creés en la inspiración o en el trabajo?

-La inspiración no existe. Se escribe desde el coraje y la rabia, desde el deseo, desde cierta nostalgia, o desde el gozo.

-¿Cómo es tu forma de ser?

-Le tengo fobia a los micrófonos y a los puentes peatonales. Hablo quizá más lento y más bajo de lo que debería. Lloro con las películas infantiles. Soy tímida y ñoña. No sé contar chistes. Soy ferozmente leal con mis amigos. No soporto la hipocresía. Soy disciplinada pero también, a ratos, excesiva. Creo que soy alegre, pero tal vez eso sea una puñeta mental.

Carol Bensimon (Brasil, 1982)

Polvo de pared, publicado en Argentina por editorial Dakota, incluye tres historias perfectamente diseñadas. Muy bien escritas, sí, con un tono muy preciso, también, pero sobre todo diagramadas, tratadas como una obra arquitectónica. Tres cuentos distintos con algunos puntos en común: la decadencia, las construcciones, el cambio de las cosas. Nacida en Porto Alegre hace 33 años, dice que la mayoría de sus amigos no son escritores, que "desgraciadamente" está más expuesta a obras norteamericanas y europeas que latinoamericanas, pero que sí ve referencias generacionales en los escritores nacidos cerca de los años 80.

-¿Creés en la inspiración o en el trabajo?

-La inspiración y el trabajo son complementarios, pero como el sentido común se basa demasiado en la primera, hay que defender el segundo con mayor rigor. Por supuesto, esto puede ser explicado con mi personalidad. Yo, por ejemplo, no soy de esas personas que está rodeada de amigos en un bar y de repente tiene una idea para una escena de novela. Creo que hay gente así, pero en mi caso tengo que hacer espacio en mi vida para que surjan las ideas. De alguna manera eso se puede considerar trabajo.

-Si tu obra fuera la de otro y no la tuya, ¿qué dirías de ella?

-Diría: "¡Esta persona está obsesionada con ruinas y lugares abandonados!".

-¿Cuál es tu relación con lo "latinoamericano"?

-Siento que aquí en Brasil no nos sentimos tan en América Latina como deberíamos. La lengua nos aísla, y tal vez el propio tamaño monstruoso de nuestro país. Pero se necesitan sólo 30 minutos en una ciudad mexicana para sentir la "unidad" con mucha fuerza. Por desgracia, nuestras referencias culturales se cruzan muy poco, y es más común de estar expuestos al arte producido en los Estados Unidos y Europa que al realizado por nuestros vecinos.

-¿Te sentís afín a alguna corriente de escritores actual?

-Lo que puedo ver son referencias generacionales en los escritores que nacimos en los años ochenta, quizás incluso ciertos conflictos o relaciones con el mundo. Pero creo que los estilos y proyectos literarios son muy diversos.

-¿Sos escritora por accidente, vocación o fatalidad? En cualquier caso, ¿por qué sos escritora?

-Cuando era niña sentía una atracción muy fuerte por la ficción. No sólo por el consumo de historias de ficción sino por la creación de esas historias. Con la ficción puedo dar forma a historias que no sucedieron y que al mismo tiempo tocan temas o sentimientos que me conmueven de alguna manera. Además, está el lado más concreto: puedo trabajar en casa y con temas muy variados. Cada año de mi vida es muy diferente del anterior.

-¿Qué autores influyen en tu obra?

-Siempre me complica cuando tengo que responder a esa pregunta. Puedo nombrar más fácilmente autores que me gustan -John Dos Passos, Céline, Cortázar, Faulkner-, pero es difícil saber lo mucho que están en lo que escribo. Quizás poco. Hay libros aislados, sin embargo, que siento que me han influido, ya sea en el tema, el tono, o algo más profundo que eso: Los dragones no conocen el paraíso (Caio Fernando Abreu), Revolutionary Road (Richard Yates ), y Middlesex (Jeffrey Eugenides), son algunos de ellos.

-¿Qué es la escritura y qué es la literatura para vos, si es que hay alguna diferencia entre ellos?

-La escritura puede ser un paso previo a la literatura, algo incompleto, lo que antecede a la transformación. Es es lo que sucede en mi cuaderno y enfrente de la computadora, donde corto y pego frases y armo una especie de rompecabezas. La literatura me parece el producto final. Es cuando descubro (y no siempre sucede) acerca de qué estaba escribiendo. También es cuando el texto llega a la gente. No hay literatura sin el otro.

-Mayormente, ¿de dónde han salido las ideas para tus novelas o cuentos?

-En el caso de Polvo de Pared, las historias aparecieron en la observación de experiencias que no me han pasado directamente. Yo diría que los elementos arquitectónicos, que son casi como personajes para mí, sobre todo en este libro, fueron los factores desencadenantes del proceso creativo. Por lo demás, yo diría que mis novelas o historias surgen del deseo de trabajar ciertos temas, ciertos escenarios, ciertos tipos de personas. Y hay un segundo paso que es tratar de dar una coherencia a esta maraña de cosas.

-¿Cómo es tu carácter, tu manera de hablar, tus modos sociales?

-Soy mala para hablar en público, pero alegre en pequeños grupos. Me gusta escribir al aire libre. Soy diurna. Casi no bebo. Las plantas me fascinan. Gasto dinero en libros, música y comida. Tomo mate todos los días. Tengo amigos increíbles, casi ninguno es escritor. Necesito un hogar sólido, rutina, hábitos; pero también siento atracción por la aventura y la eterna juventud.

Maximiliano Barrientos

(Bolivia. 1979)

En España despierta entusiasmo por un libro que acá es difícil de conseguir: La desaparición del paisaje, una novela. En Argentina, donde cada vez se publican más cuentos y textos breves, la vía de acercamiento es Una casa en llamas, un libro de relatos publicado -y presentado- recientemente por Eterna Cadencia. Llenos de violencia, con la inflamación que ya se desprende del título, los cuentos van bullendo desde un subconsciente del que Barrientos es, paradójicamente, muy consciente: dice que no escribe desde el ego sino en su contra. Tal vez por eso se explique que sus relatos, de un modo u otro, siempre terminan con alguna forma de la desintegración, como si la violencia no pudiera tener otro destino que ése. Ni folclorismo de color ni europeísmo santacruceño, su prosa está atravesada por la cultura norteamericana -el cine, sobre todo-, el barro del punk y la a veces tierna agresividad del rock.

-¿Te sentís afín a alguna corriente de escritores actual? ¿Creés que hay hoy en América Latina una poética, estilo o temática común?

-Creo que ahora lo que se da es una diversidad total. El proyecto de una literatura nacional, que era parte esencial del boom, ha fracasado. Ya nadie escribe para explicar o representar el país de donde procede. Me gusta esa dispersión en la literatura latinoamericana, me parece sana. Claro que hay algunos rasgos que se repiten en algunos escritores, ciertas influencias comunes, pero no creo que haya una voluntad de agruparse bajo una misma concepción estética o política. El mapa es caótico y heterogéneo. Creo, en todo caso, que ésa es una labor que le pertenece a la crítica. Urge un intento de mapeo.

-Si tu obra fuera la de alguien más y no la tuya, ¿qué dirías de ella?

-Estoy convencido de que los libros no se escriben desde el ego, desde eso que llamamos yo, sino desde pulsiones y mecanismos que anteceden a esa construcción. Me cuesta aceptar la idea de que los libros son míos. Se cuelan aspectos de mi subjetividad, de mi personalidad, de mi clase social, pero creo que lo esencial va por otro lado, por los rumbos del inconsciente, por pulsiones que se cuajan en las historias que luego edito y formulo como libros.

-¿Sos escritor por accidente, vocación o fatalidad? En cualquier caso, ¿por qué sos escritor?

-Porque la pulsión estuvo ahí, y porque nada me da más consuelo que poder escribir y contar historias. Nada alivia el ruido en la cabeza como el sencillo acto de contar. Y porque supongo que la escritura, en un nivel consciente, es un acto de generosidad, de devolver —en lo posible— parte del efecto que uno obtuvo como lector. En ese sentido, la literatura también es un proyecto colectivo, porque responde a un mural de voces que continuamente se están retroalimentando.

-¿Qué autores influyen en tu obra?

-No sé si influencias porque a veces hay que ganarse las influencias, pero estos son algunos de los escritores que he leído con devoción a lo largo de mi vida: Cormac McCarthy, Juan Carlos Onetti, Juan José Saer, Hemingway, Faulkner, Carver, Viel Temperley, Agota Kristoff, T.S. Eliot, Zbigniew Herbert, el Denis Johnson de Hijo de Jesús. James Salter (especialmente como cuentista, y especialmente en un libro llamado La última noche).

-¿Cuál es tu relación con lo "latinoamericano"?

-Desconfío de los términos que definen e imponen una identidad. Creo más en lo que está siempre movilizándose, fluyendo, desarticulando la idea que se tenía de ciertas cosas. Me resulta difícil aproximarme a un concepto de lo latinoamericano, especialmente en tiempos de una cultura globalizada donde el acceso a la información y a la literatura y al cine y a la música de tantos rincones del mundo está al alcance de la mano de todos. Me gustan esas obras mutantes que se están produciendo ahora en Latinoamérica gracias a ese acceso a la información que estamos teniendo. Por suerte salimos del ostracismo en el que vivían escritores de otras generaciones. Lo que no quiere decir que se dé una pérdida de rasgos locales, todo lo contrario, se los aborda desde otro tipo de técnicas y estrategias narrativas. Como ejemplo, podemos citar novelones como los que escriben los colombianos Tomás González y Evelio Rosero. Qué libros más locales y más universales que Primero estaba el mar y Los ejércitos.

-¿Qué es la escritura y qué es la literatura para vos, si es que hay alguna diferencia entre ellos?

-La literatura es la forma con la que conecto con el mundo, con la que salgo de esa ilusión de aislamiento radical en la que viven las conciencias, o al menos mi conciencia. También es una plataforma donde circulan voces e impulsos que, si no fueran por los libros, se mantendrían como un contenido reprimido y traumático. La literatura y la escritura es, junto a todo lo que he mencionado, violencia, una violencia simbólica que no daña a nadie pero que sacude y despierta y permite que se den ciertas conexiones. Una violencia trabajada desde la técnica, dirigida, manipulada por la forma: a ese cruce es a lo que llamo estilo.

-Mayormente, ¿de dónde han salido las ideas para tus novelas o cuentos?

-Comienzan como imágenes y situaciones y luego se van ordenando de forma narrativa. Algunas nacen de un material autobiográfico, otras desde un plano puramente imaginativo, pero luego todo se transforma y contamina en ficción. No necesito saber mucho más a la hora de escribir, por eso nunca tomo apuntes ni realizo investigaciones de ningún tipo. En la medida en que soy muy consciente de por dónde tengo que ir, dejo de interesarme por lo que estoy narrando. Me gusta perderme en la historia, me gusta tener algunas pautas de ruta, pero no mucho más.

-¿Creés en la inspiración o en el trabajo?

-Creo que los dos son esenciales. Creo, sin embargo, que lo principal es el talento, ya que sin este la inspiración y el trabajo son una pérdida de tiempo. Claro que el talento es un acto de fe, y lo único que nos queda es creer. En la literatura también se da la famosa apuesta de Pascal.

-Si pudieras describir cómo sos como persona en pocas líneas, ¿qué dirías?

-Nací en Santa Cruz de la Sierra, la parte oriental de Bolivia, por lo tanto mi acento es el de cualquier camba, aunque el mío es un tanto híbrido, contaminado, ya que mi padre es chaqueño y mi madre es argentina, de la provincia de San Juan. Tengo muchos conocidos pero un reducidísimo grupo de amigos. Me cuesta sociabilizar con desconocidos porque supongo que soy tímido, pero una vez que lo hago, y si en el proceso se vacían algunas cervezas, todo empieza a ir bien. No sé si tengo fobias, sí sé que tengo vértigo, una pesadilla frecuenta es caerme de un avión. Al comienzo me costaba mucho hablar en público, pero luego, cuando me convertí en docente, ese temor se fue atenuando. Soy un fanático de las artes marciales mixtas, me paso horas enteras viendo peleas. Cuando era adolescente era metalero, ahora soy un oyente ecléctico que escucha desde Miles Davis hasta Motorhead. No puedo estar un día sin leer, pero al mismo tiempo detesto esa literatura que hace del oficio de escritor su tema: me parece narcisista y ególatra

Diego Zúñiga

(Chile, 1987)

Su primera novela, Camanchaca, narra en brevísimos capítulos la historia de un chico que viaja con su padre por el desierto de Atacama y recuerda los secretos, las miserias, las idas y venidas de su familia. Como si se lo dictara todo una voz fantasmagórica, el chico narra postales. Es un libro potente y breve que despertó expectativas. Como siempre en la prosa trasandina, las palabras se acomodan de manera poética en su lenguaje, como si cada chileno tuviera una canción que revelarle al mundo.

Su segunda novela, Racimo, gana en extensión y ambición. También publicada por Random House y también ambientada en el norte de Chile, ahora el protagonista no es un Zúñiga adolescente, sino un fotógrafo que se enfrenta a la inoperancia y oscuridad de las autoridades locales luego de la desaparición de varias chicas.

-¿Creés que hay hoy en América Latina una poética, estilo o temática común?

-No estoy seguro de que haya una poética que una a esta generación. Quizá habría que pensar también de qué generación hablamos. ¿Los que nacieron en los años 70? ¿Los que nacieron en los años 80? ¿Los que empezamos a publicar después de 2000? Ahora, más allá de esas precisiones, me parece que si pensamos en la gente que empezó a publicar hace diez años, pues me gusta que los proyectos sean muy diversos, que cueste encasillarlos o etiquetarlos. Me gusta que Valeria Luiselli comenzara publicando un libro de ensayos, o que Alejandro Zambra se arriesgara con un libro inclasificable como Facsímil, o que muchos de los mejores libros publicados por estos autores sean conjuntos de cuentos (pienso en escritores como Mariana Enríquez, Federico Falco, Alejandra Costamagna, Rodrigo Hasbún, Samanta Schweblin, Juan Pablo Roncone, Luis Negrón, por citar algunos), o que apuesten por lo autobiográfico y lo hagan con talento (como ocurre en los libros de Mauro Libertella) o que decidan arriesgarse en cada libro y evitar la repetición (Juan Cárdenas y Yuri Herrera son ejemplos de ese riesgo), o que transiten con libertad por los géneros, como Gonzalo Maier. Supongo que me siento afín a esos proyectos, a la idea de escribir los libros que queremos escribir y no los que nos impone alguien (el mercado, la crítica, los editores).

-¿Sos escritor por accidente, vocación o fatalidad? En cualquier caso, ¿por qué sos escritor?

-Digamos que por casualidad: un día me puse a leer y después me dieron ganas de escribir, y aquí estamos.

-¿Qué autores influyen en tu obra?

-Pienso en algunos libros que me han impactado en los últimos años: los cuentos de Hebe Uhart, Juan José Morosoli y Miguel Briante; los ensayos y novelas de Natalia Ginzburg; La promesa del alba, de Romain Gary; Stoner, de John Williams; los poemas de Tamara Kamenszain y de Susana Thénon; Música prosaica, de Marcelo Cohen; 2666, de Bolaño; El desierto y su semilla, de Barón Biza; La belleza del marido, de Anne Carson; Manual del distraído, de Alejandro Rossi; Historia de una absolución familiar, de Germán Marín.

-Cuál es tu relación con lo "latinoamericano"?

-Creo que una parte importante de mi formación como lector está marcada por lo latinoamericano: en un comienzo el boom y luego los que están a la orilla del boom (Ribeyro, Onetti, Rulfo, Lispector, Ibargüengoitia, Levrero). Creo que desde ahí me vinculo con lo latinoamericano: a través del lenguaje.

-¿Qué es la escritura y qué es la literatura para vos, si es que hay alguna diferencia entre ellos?

-Para mí, la literatura es un lugar de absoluto goce. Cuando escribo y sobre todo cuando leo, realmente soy muy feliz. Suena un poco ingenuo, pero nada.

-Mayormente, ¿de dónde han salido las ideas para tus novelas o cuentos?

-De algunas cosas que he vivido, de cosas que he escuchado o visto o leído, imágenes que aparecen de pronto y que producen un efecto en uno difícil de explicar, pero que terminan desembocando en la escritura.

-¿Creés en la inspiración o en el trabajo?

-En el trabajo, sobre todo, y en la paciencia para esperar a que aparezca eso que se supone que se llama inspiración.

-¿Cómo es tu carácter, tu manera de hablar, tus modos sociales, tus fobias?

-Es una pregunta difícil. Diría que me gusta mucho más –muchísimo más- escuchar que hablar, y supongo que eso me define. Creo.

Ana Paula Maia

(Brasil, 1977)

Tal vez uno pasa por delante de De ganados y de hombres y sigue de largo como si nada. Pero si por algún motivo uno confía y lo abre, el resto del camino está resuelto. Publicada en español por Eterna Cadencia, la novela de Ana Paula Maia es el retrato de una serie de personajes difíciles de pensar literariamente. Gente que habla poco y presumiblemente mal pero que, en la narración de Maia, son el único universo posible. Ambientada en una especie de matadero, el protagonista es un "aturdidor", un especialista en dar el golpe que deja inconsciente al ganado antes de que lo maten. Pero un día las vacas empiezan a actuar distinto y estos personajes incapaces de normalidad intentan resolver -o entender- el misterio que los rodea.

-¿Cuál es tu relación con lo latinoamericano?

-Ahora siento que tengo una relación con Latinoamérica y eso es muy importante para mí. Estamos muy cerca y al mismo tiempo, distantes, lo que lamento profundamente. Me interesan mucho el cine y la literatura argentina, y el cine mexicano también.

-¿De dónde han salido las ideas para tus novelas o cuentos?

-De caminar por el mundo, de pensar el mundo que está, muchas veces, lejos de mí. No siempre me refiero al espacio geográfico. Hablo de distancias sociales. Tengo un interés particular por tipos embrutecidos, por historias en las cuales no es simple detectar alguna forma literaria que las exprese.

-¿Aportás a la obra colectiva de una generación o no creés que haya hoy en Latinoamérica una poética, estilo o temática común?

-No creo que haya un estilo o temática común en Latinoamérica. Además, no siento que los escritores estén haciendo o siguiendo una corriente. Me parece que es el reflejo de esta generación, para la que hay múltiples influencias e referencias.

-Si tu obra fuera la de alguien más y no la tuya, ¿qué dirías de ella?

-Diría que es una obra mordaz, directa y económica.

-¿Sos escritora por accidente, vocación o fatalidad? En cualquier caso, ¿por qué sos escritora?

-Un poco de cada, pienso. Nos es fácil saber cómo una persona se convierte en escritor. Pero yo sé que necesito pensar el mundo a través de la escritura. Y con esa reflexión y escritura hago la literatura. A mí me gusta el poder de las palabras y todas las cosas que son posibles de crear con ellas.

-¿Qué autores influyen en tu obra?

-Nelson Rodrigues, que es un dramaturgo brasileño; Dostoiévski, John Fante, entre otros.

-¿Qué es la escritura y qué es la literatura para vos, si es que hay alguna diferencia entre ellos?

-Para mi escribir es importante, pero no siempre que escribo estoy haciendo literatura. Los procedimientos son diferentes, hay mucho más detrás, un conjunto de factores muy importantes que convertirán esa escritura en literatura.

-¿Creés en la inspiración o en el trabajo?

-Creo un poco en cada cosa. Es necesaria la inspiración, pero la disciplina es un componente indispensable para organizar las ideas y permitir que se genere esa inspiración.

-¿Cómo es tu carácter?

-Hablo con suavidad y firmeza. Me gusta mucho escuchar a los otros. Conocer a los otros. Estar en lugares lejos de mi casa. En otras partes. Soy un poco frenética, pero me canso rápidamente. Pienso que tengo un carácter bueno, pero no todas las personas piensan lo mismo. Soy muy amiga, leal. A veces soy un poco tímida, pero en general no. No me gusta cuando hay muchas personas reunidas, digo, centenas. Me hace mal. Me gusta hacer bromas y es común verme sonriendo.

Jeremías Gamboa

(Perú, 1975)

En España una reseña de su primera y única novela, Contarlo todo, se tituló "el nuevo boom". La alusión, más que al estilo de Gamboa, hace referencia a que Mario Vargas Llosa es uno de sus padrinos. El Nobel leyó su primer libro de cuentos, Punto de fuga (cuya portada es una foto de Buenos Aires), y fue muy alentador en su devolución; luego, al leer la novela, se la presentó a la famosa editora Carmen Balcells: "Tienes que leer esto". Ésta es la información que precede al autor, pero su obra de algún modo nada tiene que ver con el boom. En Perú tanta pompa le jugó en contra: si bien Contarlo todo fue un best seller, también despertó un ejército de haters personales, gente que empezó a odiarlo porque sí. ¿Qué es lo "todo" que cuenta en la novela? No todo, no, pero sí una historia de ficción. O relativamente. La primera parte está basada en la experiencia literaria del protagonista, un muchacho que sin más se pone a contar su historia. La segunda parte es ese relato concentrado en el amor, el sexo, la amistad, los grandes descubrimientos de la vida. Hay mucho de la biografía del autor, pero él mismo se encargó de escindir vida y obra, alejándose de esa reproducción incesante de autoficción.

-Si tu obra fuera la de alguien más y no la tuya, ¿qué dirías de ella?

-Es difícil responder. Creo que diría que es un trabajo que ha aprovechado al máximo el de otros escritores por plasmar una experiencia específica. Es una narrativa realista que da cuenta de asuntos como el sentido de pertenencia, la búsqueda de un lugar en el mundo, los lazos de amistad y familia, y cierta condición migrante que torna áspera y tensa la relación de los personajes con la ciudad.

-¿Sos escritor por accidente, vocación o fatalidad? En cualquier caso, ¿por qué sos escritor?

-Imagino que "Contarlo todo" es un intento por responder esa pregunta. Descartaría fatalidad. Diría que la vocación fue producto de una cadena de felices accidentes y una predisposición interior.

-¿Te sentís afín a alguna corriente de escritores actual?

-Me siento un escritor actual, parte de una generación que explora la literatura con una amplitud de intereses y de recursos poco frecuente en la literatura en nuestro idioma. Dentro de esa generación me siento cercano a algunos autores de mi edad que hacen una literatura frontal de asuntos que no se quedan en la preocupación por lo "latinoamericano" o lo "nacional"; que se acercan con bastante libertad a asuntos como la familia, la identidad personal y los vínculos emocionales.

-¿Qué autores influyen en tu obra?

-Muchos. Puedo nombrar tres que han sido fundamentales en momentos diferentes de mi formación: Mario Vargas Llosa en el inicio de todo, luego Philip Roth y de un tiempo a esta parte V.S. Naipaul. Junto a ellos hay muchísimos más.

-¿Cuál es tu relación con lo "latinoamericano"?

-No me preocupa demasiado lo "latinoamericano" ni nombrar Latinoamérica. Me parece que el discurso periodístico lo hace mucho mejor y que la narrativa de ficción se puede abocar a otras cosas. No me preocupa el tema porque soy latinoamericano. Está dado en todo lo que escriba.

-¿Qué es la escritura y qué es la literatura para vos, si es que hay alguna diferencia entre ellos?

-La escritura es el trabajo, el proceso a través del cual el lenguaje se pone en tensión frente a lo que aún no ha sido nombrado. La literatura es el conocimiento o análisis del resultado de esas luchas solitarias y específicas de ciertas personas con el lenguaje y la realidad. Me interesa menos que la escritura. Me interesa que lo que escriba no parezca literatura en el sentido de que no parezca escrita, pero que lo sea.

-Mayormente, ¿de dónde han salido las ideas para tus novelas o cuentos?

De la experiencia. De lo cosas que he vivido, que he visto o que me han contado. Y de los libros que he leído y me han permitido darle forma a los materiales y a echar a andar la máquina de la imaginación narrativa que trastoca y altera todo.

-¿Creés en la inspiración o en el trabajo?

-En el trabajo que te permite alcanzar el estado de "conexión". No lo llamaría inspiración sino "conexión". Y esa conexión, ese vínculo con lo que escribes y con lo que nombra lo que escribes solo se consigue trabajando.

Margarita García Robayo

(Colombia, 1980)

Su último libro de cuentos, Cosas peores (Seix Barral), ganó el Premio Literario Casa de las Américas. Sin embargo, la conocemos en Argentina desde la novela Lo que no aprendí. Vive en Buenos Aires desde hace unos años y su tono fue, poco a poco, aporteñándose. No tanto su escritura, que de sutil por momentos se asemeja a un lenguaje sin patria. Algo así: una caribeña con el acento lavado que vive, como decía Borges, en la ciudad más europea del mundo.

-¿Qué autores influyen en tu obra?

-Muchos y variados. Desde Juan Rulfo hasta John Green. También me influyen películas, canciones, series, obras de arte. Soy permeable, pero también estoy convencida de que hay un momento en el que construyes una voz propia, esa especie de huella personal e intransferible, que hace que algo sea tuyo y sólo tuyo. En ese momento, el bagaje que traigas, las lecturas, las influencias, tu propia historia, pasan a ser un simple telón de fondo.

-¿Cuál es tu relación con lo latinoamericano?

-Latinoamérica es el territorio que más me interesa en términos narrativos. No suelo nominar los lugares donde ocurren mis historias, pero es fácil deducir que se trata de geografías periféricas, incómodas, caldos de cultivo para el resentimiento, la subversión, la fuga.

-¿Qué es la escritura y qué es la literatura para vos, si es que hay alguna diferencia entre ellos?

-La literatura es el arte supremo. Me parece que todo está ahí, que nada se le escapa. La escritura, para mi, es necesidad y, en un punto no siempre consciente, la ambición y la soberbia de querer inscribirme en el mundo a través de la literatura.

-¿Creés que aportás a la obra colectiva de una generación o no considerás que haya hoy en latinoamérica una poética, estilo o temática común?

-No creo que se pueda hacer eso de una manera muy consciente –quiero decir: "aportar a la obra colectiva de una generación"–. Escribo según mis necesidades temáticas y estéticas y es probable que –dado que la materia prima es, en buena medida, el tiempo que nos toca transitar– el resultado pueda inscribirse en algún tipo de expresión generacional.

-Si tu obra fuera la de alguien más y no la tuya, ¿qué dirías de ella?

-Que podría haberla escrito yo.

-¿Sos escritora por accidente, vocación o fatalidad? En cualquier caso, ¿por qué sos escritora?

-Me interesa la escritura como modo de comunicarse con el mundo. En ese sentido diría que soy escritora por necesidad. No encuentro otro modo más eficiente y placentero de mostrar lo que miro.

-Mayormente, ¿de dónde han salido las ideas para tus novelas o cuentos?

-De imágenes sueltas y de escenas puntuales que se fijan en mi cabeza y transito con ellas permanentemente, como un tormento, hasta que consigo encajarlas en una estructura, en general, narrativa.

-¿Creés en la inspiración o en el trabajo?

-Ambos. El trabajo, en todo caso, como un medio para encausar aquello que te viene "obsesionando" y necesitas poner afuera. Pero el trabajo en sí mismo (o sea, sentarse para realizar una actividad programada, rutinaria, muchas veces esforzada, como lo puede ser escribir) no me produce ningún respeto. Es más, tiendo a pensar que está sobrestimado.

-Si pudieras describir cómo sos como persona en pocas líneas, ¿qué dirías?

-Qué difícil, ¿qué te puedo decir? Lo único fáctico acá es que hablo con acento –ya algo lavado– caribeño. Lo demás es muy opinable… A ver, te puedo decir lo que me gusta y lo que no, y a partir de ahí puede que surjan algunos rasgos de carácter: me gusta el silencio, me gusta estar en mi casa, jugar con mi hijo, comer bien –mi marido es un gran cocinero-, o sea, puede decirse que tengo todo lo que me gusta, salvo el silencio, dentro de casa.

No me gusta el calor en la intemperie –sí bajo techo, con grandes ventiladores–, ni el sol, ni los mosquitos, ni las redes sociales.

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