Reseña: Animales, de Hebe Uhart

El arca de una gran cronista
Débora Vázquez
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28 de enero de 2018  

Popular y extravagante, cándido y a la vez sabio, falto de profundidad y absolutamente moderno, el arte del pintor francés Henri Rousseau se asemeja bastante al de la escritora argentina Hebe Uhart. La impresión que provoca la mirada sostenida de los tigres, monos, tucanes y leones pintados por el asiduo visitador del Jardín Botánico y el Zoo de París, esos ojos redondos de asombro que hacen que uno se sienta un intruso en este planeta, es lo que experimenta el lector de Animales, el nuevo libro de la viajera crónica nacida en Moreno, provincia de Buenos Aires.

El lenguaje para Uhart es una forma de percibir el mundo y como con los animales no se puede conversar, lo más sensato –y lo que efectivamente hizo– es salir al encuentro de sus traductores, que vendrían a ser quienes conviven con ellos y de algún modo, voluntariamente o no, los estudian. Biólogos, veterinarios, guardaparques, ornitólogos, primatólogos, paseadores o humildes dueños de mascotas; para Uhart, tan democrática siempre, no hay diferencia entre lo que opinan unos y otros. Porque lo que le interesa no es la verdad sino la manera que tienen las personas de procesar lo que existe. Y si en ese proceso cabe la poesía, mejor. El saber de la gente de campo le despierta una especial curiosidad. En “Los bichos de Azul”, por ejemplo, cuenta que asiste a una payada, ese duelo de picardías en verso en que los decidores siempre tienen a los animales en la punta de la lengua: “Es más refranero el mozo que loro en tarde e’ verano y tiene más elocuencia que diputado riojano”.

El flirteo con lo griego es una constante. Y así como en otro de sus libros, De aquí para allá, se permitía comparar la planicie patagónica con la troyana, acá, la lucha verbal de los payadores le recuerda la que practicaban los sabios griegos por el desciframiento de un oráculo.

Animales está minado de las lecturas variopintas que la autora realiza y que, junto con las entrevistas que hace, permiten que uno aprenda desde los nombres que le daban al colibrí en distintas tribus indígenas hasta la biografía de Bonpland (contada con la despreocupada naturalidad de quien cuenta la vida de un pariente lejano), pasando por el estrés de los loros que se arrancan las plumas, la certeza de que los autistas, por su capacidad para percibir los detalles, son las personas más idóneas para descifrar el comportamiento animal y esa idea tan linda de que el hornero atrapa luciérnagas para iluminar su nido.

Entre el cuento breve y la crónica campechana, los relatos de Hebe Uhart tienen como denominador común una mirada desprejuiciada y la vocación del interrogante. Preguntar le encanta y muchas veces pregunta lo mismo porque lo que le interesa son las variaciones de las respuestas, aunque a veces esas réplicas estén más cerca de la superstición, de lo improbable. Y si no existe una respuesta, no se hace problema. Tiene una gran capacidad de aceptación. Ante la imposibilidad de dilucidar qué función cumple la nariz del mono narigudo de Borneo, ella concluye: “Yo creo que no hay que buscar tanto, viene así, es lo que hay”.

Son muy cómicas las partes en que comenta en off lo que ve en Animal Planet, por esa capacidad de mirar como si viniera de otra galaxia. Más que los animales, pareciera interesarle el modo peculiar en que los humanos interactúan con ellos: “El español Frank le dice ‘tía’ a la tortuga y ‘María José’ al caimán”. Sus desvíos son su fuerte. Como si la exhaustividad le diera pereza, necesita ir cambiando el foco de su atención. En un zoológico de Perú, por ejemplo, repara en los carteles y deduce, cual socióloga que “son una muestra de la diplomacia limeña, que disuade con buenos modales”. En otras palabras, mientras en nuestro país se ordena: ‘No arroje comida a los animales’, allá se advierte: ‘Yo tengo una dieta. Si me das alimento, me puede hacer daño’”.

Al igual que una máquina del tiempo, la imaginación de Uhart le permite percibir su pasado animal y remoto. Un pasado en que el hombre no se creía el centro del mundo. Por eso confiesa que nunca insulta invocando a los animales, los respeta, como si supiera que alguna vez sus brazos fueron aletas. Por suerte para sus lectores, hoy Uhart no anda nadando por ahí. Camina erguida, tiene dos manos y escribe libros como este.

ANIMALES

Por Hebe Uhart

Adriana Hidalgo. 206 págs., $ 330

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