Reseña. Lagartija, de Banana Yoshimoto

Verónica Boix
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25 de febrero de 2018  

En las historias de Banana Yoshimoto (Tokio, 1964) los personajes son siempre jóvenes, más o menos solitarios, y se ven enfrentados al aislamiento de la vida contemporánea. Sin embargo, en ellos se adivina la sabiduría oriental latente de un mundo ancestral. Los seis relatos que componen Lagartija parecen responder a esta música de fondo, solo que se adentran en las múltiples formas que toma la identidad frente a las relaciones de amor.

En ese sentido, el relato que da nombre al libro –“Lagartija”– muestra el encuentro de dos jóvenes que, en cuento se conocen, se ven fascinados por el otro. A lo largo de la historia, van a descubrir que ambos padecieron en sus infancias un hecho dramático. El trauma no solo los acerca, sino que además abre en ellos una dimensión redentora: la vocación de salvar vidas ajenas. “Descubrí que el cuerpo es un mero recipiente en el momento en que el alma deja de mirarte”, le dice ella. Y se transforman. En el fondo, si bien los cuentos hablan de parejas, reflejan que la vocación individual resulta la verdadera respuesta a la soledad del mundo.

Así el halo de incertidumbre que rodea al narrador de “Recién casados” lo lleva a entablar una relación peculiar con otros pasajeros del tren en el que viaja para comprender hacía dónde quiere llevar su vida.

Algo parecido, más cercano a la vacilación, también se instala en la amante de “Soñando con kimchi” que, a pesar de haber conseguido lo que buscaba, no encuentra serenidad hasta reconocer el origen de su tristeza. Pensándolo un poco más, hay cierta nostalgia difusa detrás de los narradores de Yoshimoto que, siempre en primera persona, buscan descifrar el sentido de sus emociones.

Si bien es la primera vez que las historias se publican en español, fueron escritas por la autora japonesa en su juventud. Desde entonces, publicó novelas como Amrita o Kitchen, en las que también aparece la tensión entre lo espiritual y el mundo moderno, solo que en ellas no se percibe la necesidad de dar una conclusión, algo que sí parecen perseguir estas historias.

Por momentos, la traducción se inclina hacia una pretensión de trascendencia que, a decir verdad, las imágenes no logran reflejar. Más allá de ese desacierto, hay una libertad que envuelve a los personajes y dota de cierta extrañeza a las historias, en especial frente a una sociedad que pretende igualarlos con reglas estrictas. En esa tensión, las voces se abren paso desde un espacio interior recién descubierto y, de una manera estimulante, dejan a la vista el tránsito hacia una verdad que, indefectiblemente, termina en revelación

LAGARTIJA. Banana Yoshimoto, Tusquets, Trad.: Gabriel Álvarez Martínez, 158 páginas, $ 289

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