Reseña: "Trance"

Carolina Esses
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15 de julio de 2018  

"Descubre muy temprano que nada le importa más que leer. Lee todo lo que puede, lo que encuentra. Lee hasta lo que no entiende". Así comienza Trance de Alan Pauls (Buenos Aires, 1959), una suerte de "fenomenología doméstica de la lectura", según él mismo describe. El autor de novelas como El pasado, y de una vasta producción crítica literaria y cinematográfica, se suma así a los de José Emilio Burucúa, Daniel Link, Sylvia Iparaguirre y Sylvia Molloy cuyos itinerarios de lectura sigue la colección Lector&s, dirigida por Graciela Batticuore.

Al igual que Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, el libro está organizado a modo de glosario. Cada una de las entradas –"abc", "abuso", "acertar"– construye una autobiografía como lector. La referencia al gran crítico francés no está dada solo por la estructura del libro, sino también por el tono celebratorio, por la fascinación de la lectura y por la importancia del discurso psicoanalítico.

Pauls se refiere a sí mismo en tercera persona: "Leyó solo, acompañado, velando a un amigo muerto, en grupo. Leyó con miedo, desconcertado, riéndose a carcajadas, incrédulo, fuera de sí, maravillado, impasible". La lectura actúa en él como un narcótico, una enfermedad de la que no puede ni quiere escapar. Es un lector en estado de trance que encuentra luego en la escritura una manera de seguir leyendo: "En el único rapto de inspiración que tendrá en su vida, decide ser escritor. Los escritores leen, piensa. Les da lo que quieren (un hacer) para quedarse él, con un secreto, invulnerable, con lo que él quiere: un gozar".

Lee todo lo que le llega a las manos, aunque el libro esté dado vuelta. Entender puede no ser lo más importante. En la entrada que le dedica a "acertar" ironiza: "Como si leer fuese acertar. Supongamos que sí, pero ¿acertar a qué? ¿En el centro de qué blanco dan las lecturas que se jactan de poner la bala donde ponen el ojo?"

Leer, para Pauls, tiene mucho más que ver con el desborde, con la imaginación que con la búsqueda de un sentido. Así piensa también el discurso crítico –otra afinidad con Barthes: el discurso crítico puede ser también pura literatura– que descubre de chico y de la mano del ajedrez: "De buenas a primeras, como una fiebre –la segunda que sufre– se pone a leer todo lo escrito que involucre un tablero". La partida del juego pasa a un segundo plano en relación con el texto; lo que importa es lo que se dice sobre ella. Por eso, más tarde, frente a esa otra pasión que es el cine, no va a importar tanto ver la película sino leer una y otra vez la crítica de Cahiers du Cinéma.

Trance es un libro de gran potencia. A pesar de su bagaje teórico, Pauls logra recuperar la fascinación primera por una práctica –la lectura– que requiere de concentración, de un uso del tiempo que no se corresponde con la interrupción y la distracción propios de la época, dos marcas que al libro no se le escapan.

En su recorrido, el autor de Historia del llanto alude a escritores preciados (Borges, Kafka, Fogwill) y algunos de sus maestros (Jorge Panesi, Josefina Ludmer, Ricardo Piglia). "La lectura en sí misma no es nada", dice. "Pero "no es nada" quiere decir esto: que es una fuerza, una energía, una potencia, y que como tal puede operar de maneras múltiples y hasta contradictorias. Puede hechizar y desencantar, abducir y sumergir, enseñar y anestesiar, alternativa, sucesiva y hasta simultáneamente".

Escenario de guerra como el ajedrez o del más puro amor –se puede enamorar a otro leyéndole tal cual describe Pauls–, la lectura ha sido la gran protagonista de las teorías literarias del siglo XX. Y mientras el siglo pasado se aleja y crecen nuevas formas de acercamiento a la letra escrita, el autor de Trance insiste en recuperar la escena más clásica, esa que encuentra al hombre, a la mujer solos y con el libro abierto.

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