Novelas de experiencia. Escritoras que se atreven con los tabúes

Fuente: LA NACION
Annie Ernaux es una de las autoras que mejor se ha valido de su propia vida para explorar con inteligencia las heridas individuales y sociales de las mujeres; a ella, se le suman hoy Guadalupe Nettel y Siri Hustvedt
Verónica Boix
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14 de noviembre de 2020  • 00:00

La llamada "literatura del yo", de la que tanto se habló en estas dos décadas que van del siglo, parece haber sobrevivido a la verborragia confesional de los tomos del noruego Karl Ove Knausgård. En estos días volvió al centro de la escena literaria internacional con Marieke Lucas Rijneveld (Nieuwendijk, Holanda, 1991), que ganó el reciente International Booker Prize y que se define como persona no binaria, y en su novela La inquietud de la noche narra un hecho traumático que sucedió cuando tenía tres años: la muerte de su hermano en un accidente de tránsito. Ese cruce entre experiencia y arte, más allá de la novedad que pueda tener su libro, aún no traducido, tiene sin embargo una estirpe de autoras que supieron narrar con inteligencia y sensibilidad sus vivencias más críticas.

La autora francesa Annie Ernaux (Lillebonne, 1940), de la que acaba de publicarse en castellano El acontecimiento, es una de las grandes maestras de la autoficción. Con más de veinte libros publicados, su escritura austera logra revelar que la propia vida puede volverse el núcleo de una exploración intelectual, pero que, aún así, solo se vuelve literatura cuando alcanza una forma depurada.

Puede que un hecho de su biografía -que narra en La otra hija- sea esencial para comprender su obsesión por reflejar lo real. Tenía diez años y escuchó a su mamá hablar de una hija muerta, una hermana que había fallecido dos años antes de que ella naciera y de la que hasta entonces no sabía nada. El secreto familiar la impulsó a dar un nuevo sentido a los hechos de su infancia y, a la vez, despertó el ansia documental que caracteriza su escritura. Casi todos sus libros se centran en un momento específico de su vida y todas sus narradoras, sin excepción, toman distancia de los hechos como si no se tratara de su vida.

El acontecimiento -publicado en francés en 2000- relata un hecho traumático que la persiguió desde su juventud: en 1963 una provinciana Ernaux recién llegada a París para estudiar, no quiere seguir con su embarazo. Se practica un aborto, por entonces ilegal en Francia. La narradora se desdobla en dos miradas para abordar el tabú: por un lado muestra las peripecias para ocuparse de un embarazo indeseado cuando era joven, inexperta y sin recursos; por otro, la mujer madura entra en el relato con la distancia del tiempo y aporta una perspectiva reflexiva sobre aquel momento crítico.

Las escenas son sintéticas y fragmentarias, y recuerdan en su formulación Me acuerdo de Georges Perec, en tanto el recuerdo está despojado de la carga emocional de la memoria. Ese procedimiento permite adentrarse en los hechos y trazar un mapa del sexo, la posición social, los prejuicios y la moral de una época. También registra con precisión de entomóloga las marcas que la experiencia va dejando a lo largo del tiempo en el cuerpo de una mujer.

El dilema de la maternidad, entre el deseo y los imperativos sociales, es también el eje de La hija única, flamante novela de la mexicana Guadalupe Nettel (1973), que narra el proceso de aceptación y duelo de Alina, una mujer que a los ocho meses de embarazo se entera que su hija no podrá sobrevivir al nacimiento. La acompañan su pareja y dos amigas, que le van a mostrar la importancia de la amistad en la vida. A pesar de que el tema podría ser trágico, la escritura de Nettel se aleja de todo sentimentalismo y muestra los sucesos con honestidad, vuelve natural lo extraordinario. Es una historia de ficción, aunque Alina encarna la experiencia de una amiga de la autora, que le permitió narrar su historia y le dio la libertad para inventar cuanto fuera necesario, según cuenta en la dedicatoria del libro.

No es la primera vez que Nettel parte de la experiencia personal para narrar. Ya en El cuerpo en que nací aborda una novela de autoficción para hablar de un problema congénito: Nettel nació con una mancha en la córnea del ojo derecho que le dificultó la vista, y determinó su infancia. No solo por la reducción de su visión, sino también por los tratamientos que tuvo que sobrellevar de chica y la volvieron taciturna. Frente a los maltratos que recibía, escribía relatos macabros donde sus compañeros de primaria morían de forma sangrienta.

Una precursora poco conocida entre nosotros que tocó temas álgidos en clave autobiográfica es la inglesa Penelope Mortimer (1918-1999), que en plena década de 1950 criticó con libertad el estilo de vida de la época. El devorador de calabazas -su novela más famosa- se basa en la experiencia con su tercer marido, John Mortimer, que en esa ficción es Jake Armitage, un hombre culto y mujeriego que está harto de los hijos (la escritora tuvo seis de cuatro padres diferentes) y no quiere tener más. La relación tormentosa del matrimonio aparece condensada para dejar a la vista el vacío de la vida doméstica de las mujeres. Pocas historias reflejan el peso de los imperativos sociales con tanto humor y agudeza; la protagonista vive aparentemente el ideal de la familia en los suburbios, pero se siente abatida y por momentos parece enloquecer. Así comienza a ir al psicoanalista, en sesiones desopilantes.

Más cerca de la ficción, pero usando como base su propia vida, la estadounidense Siri Hustvedt (1955) aborda un hecho también traumático en Recuerdos del futuro, la historia de una chica joven, bella e inteligente que llega desde el interior a Nueva York y quiere ser escritora. Se vale de un recurso parecido al de Ernaux: desdobla el relato en dos narradoras, la mujer madura que encuentra el cuaderno de su juventud, y la joven que habla desde esas páginas. Toda la historia gira alrededor de un hecho: el abuso sexual que sufre después de que un hombre la acompañe a su casa tras una fiesta. La escena ocupa apenas unas páginas, pero a lo largo de la novela Hustvedt reflexiona sobre los hechos que llevaron a su protagonista a actuar con sumisión, y la dejan indefensa frente a su agresor, y una vez ocurridos, se adentra en el análisis de las consecuencias. Las mujeres son centrales en el proceso de recuperación, tanto una escritora de principios de siglo XX que le brinda un modelo empoderado, como sus vecinas, que dicen ser brujas, y le abren la puerta a una serie de saberes ancestrales.

Las experiencias que narran estos libros tan diversos se relacionan de una u otra manera con el cuerpo y sus transformaciones. Todas estas autoras -y tantas otras- encuentran en la intersección entre vida y literatura un modo de explorar con sensibilidad las heridas individuales, con un sentido que trasciende la simple confesión para encontrar las claves sociales que las posibilitaron y, a la vez, poder superarlas.

Fuente: LA NACION

LA HIJA ÚNICA

Guadalupe Nettel

Anagrama

236 páginas

$985

Fuente: LA NACION

EL ACONTECIMIENTO

Annie Ernaux

Tusquets

Trad.: Mercedes y Berta Corra

120 págs./$890

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