Rubén Darío, poeta

Un repaso por la obra poética del escritor nicaragüense, a pocos días de cumplirse el centenario de su muerte
Daniel Gigena
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3 de febrero de 2016  • 15:34

En la introducción a su selección de poemas de Rubén Darío, el filólogo, crítico y docente universitario Ángel J. Battistessa señalaba que la corriente literaria del Modernismo ya había declinado en la primera década del siglo XX, pero que, sin embargo, la poesía de Rubén Darío seguía "lozana". Como contagiado por el ánimo de la escritura que estudiaba, escribió Battistessa: "Limpia en el léxico, nítida en los ritmos, sugeridora en casi todo. Personalísima, singularizada e inconfundible. Rica en la correspondencia, alusiva y musical, de las iluminaciones semánticas, el tempo interior y el mero sortilegio sonoro".

Desde su inicio como poeta, en 1888, con Azul…, hasta Prosas profanas (libro escrito en Tigre Hotel), Cantos de vida y esperanza y Poemas del otoño, Darío no se privó de poetizar sobre temas clásicos como las estaciones del año, la melancolía y las mansas vivencias bucólicas, ni tampoco sobre circunstancias y figuras contemporáneas del mundo y del país que lo alojara. Escribió poemas a (o, mejor dicho, contra) Roosevelt, a Mitre, a Antonio Machado, a Francia, un soneto a Cervantes, letanías para Don Quijote, "Coloquio de los centauros" (para Paul Groussac); también es célebre su "Canto a la Argentina", escrito en el centenario de la república a la que él consideraba su patria del espíritu.

"Para el gusto poético de hoy, centrado en la improvisación poética y el verso libre, su poesía resulta sumamente compleja y erudita –dice Alberto Julián Pérez, autor de La poética de Rubén Darío (Corregidor) –. Utiliza rima y metros diversos en sus poemas. Darío era un verdadero estudioso de la forma. Gran lector, creía que el poeta debía manejar toda la historia de la poesía y hacerlo evidente en su poema mediante referencias intertextuales. Él siempre aludía en sus poemas a la obra de los poetas contemporáneos que él más admiraba, particularmente Victor Hugo y Verlaine. Nosotros, como lectores, pertenecemos a una época en que la rima y la estrofa poética fija han dejado de usarse, y nos resulta difícil leer una poesía cuyos logros formales dependen en gran medida de la excelencia de la rima y la estrofa, de sus juegos formales. Por eso es importante al leer a Darío aceptar el gusto tal como era en su época, y leerlo con paciencia y más de una vez." Para Pérez, la imagen poética que buscaba Darío era sumamente elaborada y preciosista y, al mismo tiempo, figurativa. "Hoy aceptamos tanto la poesía realista como la poesía abstracta, no figurativa. En esa época no habían aparecido aún los grandes artistas no figurativos, que transformarían, durante la segunda década del siglo XX, nuestro sentido de la imagen. Para Darío las imágenes debían guardar la proporción de la forma, y el lector debía entender y figurarse su contenido. Gustaba además de los motivos mitológicos, que pocos lectores hoy conocen", agrega.

De Antología poética. Rubén Darío, editado por Corregidor, elegimos cinco poemas del poeta nicaragüense nacido el 18 de enero de 1867 y fallecido el 6 de febrero de 1916. En alguno de ellos se advierte el presentimiento del escritor de que su ciclo vital, pasados ya los cuarenta años, estaba por concluir; en otros, su amor por España y por la Argentina.

Ama tu ritmo

Ama tu ritmo y ritma tus acciones

bajo su ley, así como tus versos;

eres un universo de universos

y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones

hará brotar en ti mundos diversos,

y al resonar tus números dispersos

pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina

del pájaro del aire y la nocturna

irradiación geométrica adivina;

mata la indiferencia taciturna

y engarza perla y perla cristalina

en donde la verdad vuelca su urna.

Nocturno

Silencio de la noche, doloroso silencio

nocturno… ¿Por qué el alma tiembla de tal manera?

Oigo el zumbido de mi sangre;

dentro de mi cráneo pasa una suave tormenta.

¡Insomnio! No poder dormir, y, sin embargo,

soñar. ¡Ser la auto-pieza

De disección espiritual, el auto-Hamlet!

Diluir mi tristeza

en un vino de noche

En el maravilloso cristal de las tinieblas…

Y me digo: ¿a qué hora vendrá el alba?

Se ha cerrado una puerta…

Ha pasado un transeúnte…

Ha dado el reloj trece horas… ¡Si será Ella!...

Lo fatal

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y or la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos

ni de dónde venimos!...

Gaita galaica

Gaita galaica, sabes cantar

lo que profundo y dulce nos es.

Dices de amor, y dices después

de un amargor como el del mar.

Canta. Es el tiempo. Haremos danzar

al fino verso de rítmicos pies.

Ya nos lo dijo el Eclesiastés:

tiempo hay de todo: hay tiempo de amar,

tiempo de ganar, tiempo de perder,

tiempo de plantar, tiempo de coger,

tiempo de llorar, tiempo de reír,

tiempo de rasgar, tiempo de coser,

tiempo de esparcir y de recoger,

tiempo de nacer, tiempo de morir.

Español

Yo siempre fui, por alma y por cabeza,

español de conciencia, obra y deseo,

y yo nada concibo y nada veo

sino español por mi naturaleza.

Con la España que acaba y la que empieza,

canto y auguro, profetizo y creo,

pues Hércules allí fue coo Orfeo.

Ser español es timbre de nobleza.

Y español soy por la lengua divina,

por voluntad de mi sentir vibrante,

alma de rosa en corazón de encina;

quiero ser quien anuncia y adivina,

que viene de la pampa y la montaña:

eco de raza, aliento que culmina,

con dos pueblos que dicen: ¡Viva España!

y ¡Viva la República Argentina!

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