Incidir más allá de la fe, una vocación papal

La pregunta recurrente sobre la adscripción política de Bergoglio instala la discusión sobre los límites de las instituciones religiosas frente al Estado
José María Poirier Lalanne
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14 de septiembre de 2019  

Son recurrentes las aseveraciones y consecuentes controversias sobre la mayor o menor influencia del papa Francisco en la política local. ¿Es verdad que "operó" para un acercamiento entre los candidatos del Frente de todos, Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner? Si hubiera sido así, nunca obtendríamos una confirmación ni siquiera en la más secreta confidencia. Lo que piensa Bergoglio siempre es un enigma. Que haya algunos o muchos que en la Argentina quisieran favorecer sus posiciones políticas con ese rumor es una cuestión diferente.

Otro interrogante podría plantearse de la siguiente manera: ¿un Papa debería inmiscuirse en temas políticos? La respuesta señalaría que aunque no sea lo deseable, muy pocos pontífices han sabido mantenerse al margen de esa tentación o de esa vocación. Baste recordar, sólo a modo de ejemplo y por ser reciente, la permanente intervención de Juan Pablo II en la política de su país. Lech Walesa quizá no hubiera llegado a la presidencia de Polonia sin el apoyo de Karol Wojtyla. "Si se nos pregunta qué lugar ocupa el patriotismo en los Diez Mandamientos -escribió Juan Pablo II hacia el final de su vida- la respuesta no permite titubeos: se ubica en el ámbito del cuarto mandamiento, el que nos obliga a honrar al padre y a la madre".

El papa polaco combatió el comunismo con ahínco y no comprendía ni admitía las simpatías que suscitaba en amplios sectores eclesiales de América latina. Ese fue su conflicto con el superior general de los jesuitas Pedro Arrupe. También veía en el iluminismo europeo la raíz de todos los males modernos. En este aspecto, con Bergoglio las cosas no cambiaron demasiado. En todo caso, son diferentes las estrategias y los discursos. Acaso con mayor realismo que su predecesor, Francisco se muestra urgido por combatir el horror de la pedofilia en la Iglesia, intentar su transparencia económica y extender la evangelización en un mundo secularizado y con una amplia feligresía pobre, donde la participación en los templos ha disminuido notablemente y las mismas costumbres cambian a gran velocidad. Está claro que las dificultades que le plantean a la Iglesia las nuevas generaciones, sobre todo en las clases ilustradas o medias, superan muchas veces su capacidad de respuesta.

Preguntémonos como argentinos si Bergoglio es realmente peronista y, en ese caso, de qué tendencia del movimiento. Su historia personal lo acercó a un peronismo más afín a la derecha que a la izquierda. ¿Por qué simpatiza con el peronismo? Es esta una vieja cuestión. A pesar de que la Iglesia argentina sufrió la violencia de Perón durante su segundo mandato, en los años 50, el justicialismo favorecía su anticomunismo y su antiliberalismo. Además de pregonar la doctrina social de los papas.

¿Debería, entonces, un papa intervenir en política? Los que juzgan nefasta su presunta intromisión en la política argentina, aprobarían en cambio su intervención en Venezuela o en Cuba. Y quienes festejan los dichos de sus innumerables "voceros" no aceptarían que hablara en contra de Nicolás Maduro o del régimen castrista.

El tema de los voceros es más complejo; máxime cuando la variedad y el número es tan amplio. ¿Son, por ejemplo, el ex-embajador Eduardo Valdés o el dirigente social Juan Grabois verdaderos representantes del pensamiento político de Francisco? Tendería a pensar que no lo son, pero algún guiño vaticano en ese sentido parecería confirmarlos. Personalidades como el canciller de las Academias Pontificias de las Ciencias y de Ciencias Sociales, monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, un argentino de buen trato con conocidos sindicalistas y polémicos jueces, podría avalar las inclinaciones políticas de su superior jerárquico.

Que Bergoglio haya sido frío y distante con el presidente Mauricio Macri y afable con la ex-presidenta Cristina Fernández de Kirchner, no escapa a nadie en nuestro país, pero no por eso significa necesariamente que no pueda entenderse con uno y que coincida con la otra. El matrimonio Kirchner fue uno de los motivos que, a la par de ciertos personajes nefastos de la Curia Romana, más lo hicieron sufrir en sus años de arzobispo de Buenos Aires. Probablemente de Macri lo distancie lo ideológico. Bergoglio conserva una mirada del mundo formada en los años sesenta, donde la tercera posición era la visión de la resistencia peronista, unida a una clara antipatía por el hemisferio norte. Vale recordar que reafirmó su posición en el reciente viaje a Mozambique, al señalar que "es un honor que los americanos me ataquen", refiriéndose a las críticas de los sectores conservadores estadounidenses. En sus escritos, Francisco deja huella de su nostalgia por un pasado pre-iluminista y de añoranza por un catolicismo de fuerte presencia en la sociedad.

Sin embargo, muchos argentinos tienden a desconocer que su personalidad en amplias zonas del mundo es apreciada, y precisamente en lugares donde el peronismo no pasa de ser una anécdota argentina menor.

Justo es reconocer que la sociedad con la que le toca lidiar no es fácil: los populismos tienden a extenderse por Europa, donde antes se debatían el socialismo y el liberalismo con sentido democrático y republicano en casi todo Occidente.

¿Podremos esperar que Francisco, de alguna manera, ayude en estos momentos a la Argentina, que atraviesa momentos sumamente conflictivos y donde se avizora un futuro incierto? Una palabra o un gesto suyo pacificador, como pastor y como patriota, podría ser altamente útil en momentos de tanta incertidumbre.

Periodista. Director de la revista Criterio

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