Tinder, o el mercado de las ilusiones infinitas

Mori Ponsowy
Mori Ponsowy PARA LA NACION
Internet ha transformado radicalmente la búsqueda del amor, y aunque la experiencia resulte frustrante, el carácter adictivo de las aplicaciones de vínculos hará que el usuario reincida
Internet ha transformado radicalmente la búsqueda del amor, y aunque la experiencia resulte frustrante, el carácter adictivo de las aplicaciones de vínculos hará que el usuario reincida Fuente: LA NACION
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31 de diciembre de 2018  

Tengo una amiga que dice que los hombres en Tinder solo buscan sexo , y otra que se queja de que los que conoce ahí son muy demandantes. "Te ven un día y ya quieren una relación formal". La primera está sola desde hace años y se niega a abrir un perfil en ninguna app de encuentros. La segunda sale tanto que solo la veo un ratito al mes para un café. También tengo amigos varones que usan esas aplicaciones. Uno de ellos me contó que una noche, una hora después de que empezó a chatear con una mujer en Happn, ella lo fue a buscar a su casa. Cuando abrió la puerta del auto vio que ella estaba en pijama. La chica lo llevó directamente a su casa o, mejor dicho, a su cama. No sé qué diría mi amiga -la que se queja de que los hombres en Tinder solo quieren sexo- si conociera a la chica del pijama. Sueño con hacer una reunión en casa e invitarlos a todos.

Internet ha transformado la búsqueda del amor tan dramáticamente que la tapa y el artículo central de la edición de agosto de The Economist estuvieron dedicados a este tema. Según la revista, al menos 200 millones de personas en el mundo usan aplicaciones de citas todos los meses. En Estados Unidos más de un tercio de los casamientos empiezan con un match. En la Argentina, la aplicación de citas más usada es Tinder. El primer día que me anoté ahí me crucé con el perfil de un amigo que es rector de una universidad privada y con el del vigilador de la garita de la esquina. Entre los usuarios vi diputados, actores, taxistas, militares, músicos, abogados, periodistas, jugadores de polo y plomeros. Y es que, precisamente, una de las novedades amorosas en estos tiempos es la posibilidad de conocer personas que pertenecen a grupos distintos de los propios a quienes uno jamás conocería de otro modo. Según The Economist, en Estados Unidos el número de parejas interraciales ha aumentando notablemente debido a esto.

Pasamos muchas horas cada día en las redes sociales de modo que pensar que podamos encontrar el amor allí no es una idea peregrina, ni está loco el que lo intenta. Hubo una época en la que por las tardes la gente sacaba una silla y se sentaba a la puerta de su casa para conversar con los que pasaban. Hoy nos asomamos a las redes y conversamos allí. "Algunos juzgan negativamente las aplicaciones de encuentros pero esto obedece más a un prejuicio que a otra cosa," afirma el psiquiatra Juan Manuel Bulacio, Presidente del Instituto de Ciencias Cognitivas Aplicadas. " Tinder es una especie de boliche virtual. Cuando uno va a un boliche mira a algunos, habla con otros. A veces se produce un match. Tanto en el boliche como en las aplicaciones lo que suceda después del encuentro depende de los objetivos de cada uno".

¿Qué hace que conocer a alguien a través de una app sea distinto que conocer a alguien en un boliche? Ambos son lugares donde las personas se conocen sin necesidad de intermediarios, donde lo primero que cada quien ve del otro es la apariencia física y donde por lo general a los más lindos les irá mejor que a los demás aunque esto no sea una regla porque muchos de los menos lindos habrán aprendido a compensar la falta de atractivo físico con rasgos de carácter. En las app de encuentros la personalidad también se muestra: para eso está lo que cada quien escribe en su perfil y la selección de fotos. Uno puede saber bastante de una persona que escribe un perfil gracioso o que solo pone fotos en el gimnasio.

La diferencia entre conocerse en Tinder o conocerse en un bar no es, como opinan algunos, el peso de lo visual. La diferencia es mucho más profunda y tiene que ver con la rapidez con que se toman decisiones en el mundo virtual y con la sobreabundancia de la oferta. En una ciudad como Buenos Aires, los perfiles son inacabables. Y aquí entra Adam Smith: a mayor oferta, menor precio tendrá la mercancía. Por eso es tan fácil desechar perfiles, marcarlos con una X y no verlos nunca más. Hay tanta oferta que nadie vale nada. También por eso es tan frecuente que los usuarios empiecen un diálogo y lo den por terminado abruptamente, sin despedirse ni profundizar en la posibilidad del vínculo, en cuanto la otra persona dice algo que no les resulta del todo simpático. Hay tal abundancia en el mercado del amor que todos somos prescindibles, indistintos, desechables.

Otra diferencia entre las aplicaciones de citas y cualquier boliche es que todas esas app son adictivas de la misma manera que lo son Facebook y los celulares inteligentes. Y son adictivas de la peor manera: no sabemos qué va a pasar. Como el ratón de laboratorio que enloquece porque no sabe si cuando aprieta la perilla le van a dar un trozo de queso o un choque eléctrico, nunca sabemos cuántos like tendrá lo que ponemos en Facebook ni cuántos nuevos match nos aparecerán durante la noche. Y si un día salimos frustrados porque el hombre que nos gustaba en Tinder resultó un poco tonto, al día siguiente volvemos a entrar a la app porque la oferta de personas sigue siempre vigente en ese supermercado de ilusiones infinitas... Y así sucesivamente en un mecanismo perverso que alimenta la adicción de la misma manera que los casinos.

Encontrar un amor a través de las apps parece fácil, pero solo al principio. "El esfuerzo y la paciencia requeridas para entablar una relación a través de estas aplicaciones dejan a muchas personas agobiadas", dice la socióloga Holly Michelle Wood. "Hay gente que invierte más de veinte horas a la semana en Tinder porque ese es el tiempo que lleva concretar una cita". En efecto, el 49% de las personas que envían un mensaje a un match nunca reciben respuesta y solo 1 de cada 500 match intercambian números de teléfono. El escepticismo está a la orden del día.

Arum Kang es una de las fundadoras de la app Coffee Meets Bagel. "El análisis del comportamiento de los usuarios confirma todos los estereotipos," dice. "A los hombres les gustan las mujeres jóvenes sin importar cuántos años tengan ellos: cuanto más joven la mujer más probabilidades tendrá de hacer match. Otro prejuicio que hemos confirmado es que las mujeres prefieren a los hombres con dinero: los médicos, los abogados y los que se dedican a las finanzas tienen más éxito". Sin embargo, nada de esto influye demasiado en la probabilidad de establecer un vínculo estable. "Quienes armaron pareja no son los más lindos ni los más ricos sino quienes escribieron más en su perfil y mandaron mensajes más largos". Según Kang, esforzarse en la comunicación y mostrarse vulnerable es lo que diferencia a los que arman pareja de quienes permanecen solos.

En una época en la que cada vez hay más gente sola, Tinder es un boliche de bolsillo al que los solteros podemos acudir cada vez que queramos. Se trata de un bolsillo lleno de posibilidades. Que a muchos nos deje una sensación de vacío no importa demasiado porque esa sensación es parte del mecanismo que hace girar la rueda: la misma frustración que le hace a uno querer salir de ahí porque no encontró lo que buscaba hará que al día siguiente quiera volver a entrar. Al fin y al cabo, uno nunca sabe qué se puede encontrar en ese supermercado de ilusiones en el que somos simultáneamente clientes y mercancía. ¿Desechables? No del todo: Tinder no sería una de las aplicaciones más descargadas del mundo, ni valdría 3 mil millones de dólares si no fuera por nosotros.

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