Juicio y castigo, un alegato estremecedor para no volver al pasado

Santiago Kovadloff
Santiago Kovadloff LA NACION
En su último libro, Alfredo Leuco traza la semblanza del delito y el despotismo enmascarados de los gobiernos de los Kirchner
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4 de agosto de 2019  

A Alfredo Leuco le ha tocado denunciar una farsa política que sería hilarante si su origen, su desarrollo y su meta no fueran trágicos: la del poder ejercido perversamente por Néstor Kirchner y Cristina Fernández a lo largo de más de los 12 años en que compartieron la presidencia de la nación. Lo mío, en cambio, es grato: consiste en escribir sobre su libro más reciente, un aporte invalorable a la denuncia de esa catástrofe, llevado a cabo con una fuerza infrecuente y un coraje que honra al mejor periodismo.

Casi ochenta columnas compuestas en la última década, convierten a Juicio y castigo (Sudamericana, 2019) en una semblanza singular, tan vívida como penetrante, del delito y el despotismo enmascarados en una retórica pseudodemocrática. Y, a la vez, en un autorretrato en el que la lucidez analítica y la integridad personal en la búsqueda de la verdad lo dicen todo de la tarea cumplida por Alfredo Leuco.

Leuco es implacable con quienes, consagrándose a la política, bastardean su investidura. Implacable con aquellos que, en cualquiera de los tres poderes que dan sustento al Estado de derecho, malversan su responsabilidad en favor de la corrupción, sea cual fuere la forma que ella tome. En todas sus columnas denuncia la mentira y el delito, los enfrenta. Pide justicia y castigo para todos los que se llevan por delante el apego a la ley. Sabe que el riesgo de fondo es volver a ver arrasada la democracia que tanto costó recuperar y a la que aún estamos lejos de haber afianzado. Es que Alfredo Leuco es ante todo un ciudadano. Lo demuestra en cada una de las páginas de este libro. No se anda con vueltas. Rehúye el giro indirecto o la tibia alusión. Va derecho al grano. Lo dice y lo recuerda y lo vuelve a reiterar. Caratula a Néstor Kirchner y Cristina Fernández (y no solo a sus cómplices) como oportunistas y depredadores de las arcas públicas, extorsionadores de la riqueza ajena y explotadores en beneficio propio de la pobreza de millones de argentinos.

Tampoco retrocede ante Alberto Fernández, el que fuera agudo denunciante de las tropelías, arbitrariedades y encubrimientos de Cristina Fernández, y se convirtió luego en su apólogo y vocero.

Leuco se interroga igualmente sobre la consistencia democrática de un sector social para el cual Cristina Fernández sigue siendo su mejor representante aun habiendo procedido como lo ha hecho durante sus dos mandatos presidenciales. Por eso, afirma el autor, Jorge Fernández Díaz "da en el clavo, cuando resumió el espíritu de este libro al decir que es ?un combate' contra la amnesia social que puede destruir a la Argentina".

Se equivocará empero quien crea que este estremecedor alegato contra la perversión moral y política, y la advertencia que formula sobre el riesgo de volver a quedar a su merced, inscriben sus páginas en el maniqueísmo. Leuco no solo no idealiza al actual oficialismo. Su torpeza en lo económico y la soberbia en que varias veces incurrió en lo relativo a su falta de estrategia comunicativa merecen de su parte una rigurosa condena. Pero, subraya, el error no es el terror aun cuando sus consecuencias han contribuido a desdibujar el ideal de la República bajo el peso de las frustraciones cotidianas.

No hay facilismos de ninguna índole en las columnas de esta obra. Hay, sí, un poderoso aliento testimonial ecuánime y rotundo. Un desvelo cívico que es convicción y fe en la política responsablemente ejercida como herramienta indispensable para llegar a hacer del pasado y del fracaso una etapa y no un destino. Por eso decía yo que Juicio y castigo es un doble retrato: tanto del autor como de sus protagonistas.

Sin pretenderse ni mucho menos un epígono tardío de Sócrates, de ese Sócrates callejero que interpelaba a sus conciudadanos sobre la consistencia de sus valores y creencias y su real discernimiento de los riesgos que amenazaban a la democracia ateniense, Alfredo Leuco nos propone cotejar su palabra con la nuestra. Se interroga y nos interpela. Se expone y nos expone. Se desvela y nos desvela, urgido por el anhelo febril de no vernos resignados, ni a él ni a nosotros, al escepticismo ni a los autoritarismos abiertos o velados de iluminados y demagogos.

La denuncia de Leuco prueba que es tan esencial como precaria todavía la construcción argentina de un orden político y social capaz de dar continuidad y arraigo a los ideales restablecidos en el país a partir de la presidencia de Raúl Alfonsín. Saldar esa deuda, completar la transición del autoritarismo a la democracia republicana, vuelve a hacerse ver como tarea primordial de una sociedad atormentada por las discontinuidades y el oportunismo imperdonable de sus dirigencias.

No solo lo evidencia así el repertorio de atrocidades que denuncia Alfredo Leuco en Juicio y castigo. También se lo puede palpar en la finalidad que lo impulsa a hacer esa denuncia: contribuir a que se entienda que los argentinos no tendremos abierto el futuro de una buena vez hasta que el pasado pierda vigencia en el presente.

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