Un dilema que le cabe tanto a los artistas como a los espectadores

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
La sala y el museo son insustituibles pero, aun encerrados, Rembrandt o Schumann siguen con nosotros
Crédito: lvy Njiokiktjien/NYT
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22 de agosto de 2020  • 00:00

Es probable que ahora, extenuados de encierro y pantallas, no todos quieran seguir viviendo en la virtualidad. La pregunta que sería lícito formularse, sin incurrir en una logomaquia, es cuáles son los auténticos contornos de esa virtualidad. Podría ocurrir que terminemos conociendo mejor lo que acordamos en llamar "realidad" por la vía de lo que acordamos llamar "virtualidad". Los museos que abrieron sus puertas digitalmente nos obligaron a hacer de necesidad virtud. Resulta que, con la posibilidad de magnificar una pintura, terminamos conociéndola con más detalle que si estuviéramos en el museo mismo. Podríamos preguntarnos en este punto en qué consiste conocer una obra, aunque más no sea en el simple aspecto del conocimiento que nos depara la observación. ¿Es esta atención casi microscópica que hace del detalle, de una pincelada, una totalidad distinta? ¿O es la cercanía, ese "aquí y ahora" de la obra de arte de la que habló Walter Benjamin, esa manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda estar? No hay una respuesta, o más probablemente la respuesta comporte una conjunción antes que una disyunción.

El dilema no cae únicamente del lado del espectador. Algunos músicos (así era el pianista Sviatoslav Richter, por ejemplo) eluden a cualquier precio el estudio de grabación y prefieren actuar en salas. La explicación es muy sencilla: nadie toca un instrumento o incluso habla del mismo modo según haya o no, no solamente alguien que escuche, sino alguien que escuche y a quien el que toca o habla pueda ver. Los hay también, como el pianista Igor Levit, que en la pandemia hizo del streaming un campo propicio no sólo para acompañar al público sino también para investigar piezas que de otro modo habría desdeñado o postergado.

El jazz puede enseñarnos algunas cosas. Porque en el jazz la improvisación no es el resultado de la interacción de un músico con otros músicos (o consigo mismo) sino también con quien está escuchando, y porque además lo improvisado se consuma en un ambiente (en su temperatura, en su olor) y no sería la misma en otro sitio. Casi diríamos que el jazz es un arte site-specific con público. A la vez, sin embargo, la historia del jazz es la historia de lo que ocurrió sin público, a solas. No hay una cosa sin la otra ni son mutuamente excluyentes.

Pero para otros pianistas, como Glenn Gould, el concierto era una peste y se sentía artísticamente más cómodo en el estudio, y ahora, si hubiera vivido lo suficiente, en su living. Permítanme citar una frase del filósofo Theodor W. Adorno, que, si bien había sostenido en sus primeros años una posición alérgica al gramófono, se deslumbró sin embargo con la llegada del LP, que permitía seguir una ópera sin las imposiciones de las puestas en escena: "La objetivación, es decir, la concentración en la música como verdadera sustancia de la ópera, puede asociarse a una percepción comparable a la lectura, a sumergirse en un texto en vez de dejar que la ópera haga lo que una obra de arte justamente no debe hacer: intentar convencer al oyente".

Sin las distracciones del espectáculo, se recuperaba para Adorno la auténtica dimensión temporal de lo escuchado.

La idea es cierta. Del mismo modo que tocar el piano es una actividad menos civilizada que escuchar un disco de piano, escuchar el streaming de un recital de piano es una actividad menos civilizada que asistir a un recital de piano. Es un poco más íntima y menos imperativa que la audición en la butaca. No por nada justamente Gould pensaba que, frente a un disco, cada uno de nosotros era también un poco compositor: regula intensidades, atenúa colores. Nuevos juguetes tecnológicos multiplican esta autonomía del oyente. ¿Resulta entonces que quien se sienta en una butaca está privado de toda actividad? La visita a la sala de conciertos o al museo tiene un efecto en la contemplación de la obra de arte: la singulariza, en el sentido de que la separa del resto de las horas, como si fuera una vida distinta dentro de la vida. Cada uno decidiría el modo en que opta por vivir esas horas. Lo que se terminaron son las coacciones. Todos ganan y todos pierden. Supimos por fin que la sala de conciertos y el museo son insustituibles. Supimos también que la experiencia estética puede prescindir de ellos y que, aun encerrados, Rembrandt o Schumann siguen con nosotros.

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