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Impresionado. Esa es la palabra. Fui al oculista la semana pasada. Controles de rutina; hacía mucho que no me escrutaban más allá del emblemático panel con letras (se llama pantalla de optotipos).
Impresionado porque el oftalmólogo, que es un queridísimo amigo, me hizo pasar por una serie de máquinas, todas de un aspecto semejante para el ojo del lego, pero con dinámicas bien diferentes. Hasta la presión ocular (el aparato que la mide se llama tonómetro) estuve en terreno conocido, pero luego empezaron los exámenes cuya existencia ignoraba. Por ejemplo, fue capaz de medir el grosor de mis córneas con algo llamado microscopio especular, y me dio ahí una buena noticia. Luego, pasamos a un tomógrafo de coherencia óptica, que mostró en una pantalla el perfil de mis retinas. Uno no ve el perfil de sus retinas todos los días, vamos. Y lo más impresionante fue el tomógrafo láser, que es otra forma de evaluar el nervio óptico y que, ya en el terreno del cine de ciencia ficción, exhibió la parte anterior de este nervio en 3D y con un nivel de detalle que me dejó pasmado. Hay mucho más por decir sobre esto, pero en unas pocas décadas la oftalmología ha avanzado hasta niveles que asombran incluso al experto. No me lo esperaba.
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