A 50 años del asesinato de Aramburu: Montoneros y su sello indeleble en la violencia política

Fuente: LA NACION - Crédito: Investigación de Archivo Juan Trenado
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29 de mayo de 2020  • 02:00

Cuando se produce el secuestro y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu, en mayo de 1970, Montoneros ya se venía conformando desde un tiempo antes. Entre los que participaban de su organización preliminar, incluso, se encuentra un grupo duro de militantes estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires, no necesariamente de origen peronista, que provenían más bien de familias de clase media o media alta tradicionalmente antiperonistas. Algunos de sus componentes habían sido militantes tacuaristas.

Este grupo analiza dónde existe una masa crítica apta para trabajar políticamente y la mirada se dirige rápidamente hacia el peronismo. Por eso el peronismo tradicional siempre consideró como infiltrados, "entristas", a los montoneros.

Reconozcamos que en la época en que se secuestró a Aramburu la violencia ya estaba instalada. Los sucesivos golpes de Estado y la resistencia que levantaban se extendían en oleadas. En ese ambiente, el secuestro del expresidente de facto, cuidadosamente planificado, produjo un impacto político de alta magnitud, como no habían registrado, por ejemplo, otros hechos y ataques perpetrados antes por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), por ejemplo.

Aramburu había sido elegido en esos momentos iniciales de la década del setenta para desempeñar un papel en la política que intentaba pacificar a la sociedad. Era un hombre respetado en las Fuerzas Armadas, particularmente en el Ejército, y su secuestro y posterior asesinato generó una intensa conmoción dentro de éste y en el terreno de la política en el país.

El hallazgo de su cadáver en Timote fue un acontecimiento muy fuerte y perturbador, que inmediatamente ganó la primera plana de los diarios de la época y cobró una publicidad enorme. Aparecía, como elemento novedoso, una organización -Montoneros- que se hacía responsable del ataque, lo que causó un impacto movilizador en sectores jóvenes, sobre todo estudiantiles, que se acercaron. Empezó, así, la etapa que se llamó el "engorde" de Montoneros.

Aramburu había sido elegido en esos momentos iniciales de la década del setenta para desempeñar un papel en la política que intentaba pacificar a la sociedad

La organización que lideraba Mario Firmenich empezó a crecer en militancia y en el trabajo en distintas ramas. Acercándose a múltiples actividades sociales se ramificó en universidades, colegios, fábricas y barrios. Esa estrategia, al tiempo que exhibía su crecimiento, los fragilizaba en el sentido de facilitar su infiltración por los servicios de inteligencia.

¿Por qué Montoneros eligió secuestrar a Aramburu? Si éste hubiera sido elegido presidente, todo intento de agitación creciente para quienes estaban convencidos de que se vivía en una sociedad pre revolucionaria, se hubiera visto interrumpido por una salida política a la crisis que vivía el país por el camino de las urnas.

Lo cierto es que, más intensamente que hasta entonces, el secuestro y asesinato de Eugenio Aramburu, más el beneplácito expreso de Juan Perón desde España, puso un sello indeleble del uso de la violencia como herramienta privilegiada de la política.

Resonaban las frases, como "el poder en la boca del fusil", "hay que agudizar las contradicciones" y "cuanto peor, mejor". A partir de ahí, ya no hubo retorno.

El vínculo de los Montoneros con el peronismo siguió por varios años aunque siempre mantuvo una relación conflictiva con sus corrientes más conservadoras.

Sin embargo, hubo sectores de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) que terminaron uniéndose a Montoneros. Y lo mismo ocurrió con las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), a la cabeza de las cuales estaba Roberto Quieto, desaparecido y muerto en los meses previos al golpe militar de 1976.

Resonaban las frases, como "el poder en la boca del fusil", "hay que agudizar las contradicciones" y "cuanto peor, mejor". A partir de ahí, ya no hubo retorno.

El desinfle de Montoneros, conocido como "el reflujo", empezó a producirse después de la llegada de Perón. Pese a que había sido una de las fuerzas que más se movilizó y trabajó para su retorno con la famosa consigna "Luche y vuelve", tres días después de la victoria electoral de Perón, Montoneros asesinó al líder sindical José Ignacio Rucci, en un claro desafío al propio Perón, que así lo vivió y ordenó su persecución.

Ese asesinato y, después, el ingreso a la clandestinidad de Montoneros, no es comprendida ni aceptado por todos y comenzó un retiro de apoyo y militancia.

Al punto que se sostiene que cuando se produjo el golpe de marzo de 1976, los activos de Montoneros y ERP eran reducibles con el accionar de las fuerzas de seguridad y que su aniquilación fue la excusa de los militares de las Fuerzas Armadas para hacerse del poder.

Lo cierto es que la Argentina se vio envuelta en el terror, el sufrimiento y el deterioro total de las instituciones de la democracia.

Nunca hubo una autocrítica: ni Firmenich, ni los militares que condujeron la dictadura jamás mostraron signos de arrepentimiento o reflexión crítica hasta el día de hoy.

Sin embargo, esta posición no fue unívoca. No cito nombres para no cometer la injusticia de olvidar alguno pero, sobre todo entre quienes compartieron ideales de izquierda y hasta posiciones radicalizadas, son muchos los que hoy condenan con fuertes argumentos esa violencia que solo condujo a pérdidas irreparables de vidas.

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