A bordo del "Kicimóvil": intimidad de una campaña a todo o nada con espíritu amateur

Axel Kicillof busca el contacto directo con la gente, donde lo tratan como un rock star
Axel Kicillof busca el contacto directo con la gente, donde lo tratan como un rock star Crédito: Silvana Colombo
El candidato a gobernador del kirchnerismo recorre la provincia en un Renault Clio, acompañado por un equipo reducido; el discurso crítico contra Vidal
Gabriel Sued
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21 de julio de 2019  

Todo sucedió en segundos. Un perro se cruzó en la autopista Buenos Aires-La Plata, el auto que iba delante clavó los frenos y Carlos Bianco, al volante del Renault Clio en el que Axel Kicillof viajaba a Mar del Plata, frenó de golpe y maniobró de urgencia para evitar el choque. "Nos salvamos por centímetros", recuerda el exministro de Economía, en el asiento del acompañante del " Kicimóvil", ahora rumbo a San Nicolás.

Reconoce, entre risas, la pericia de su amigo Carli Bianco, exsecretario de Relaciones Económicas de la Cancillería y dueño del auto que se convirtió en emblema de sus recorridos por la provincia de Buenos Aires. Pero enseguida se pone serio y retoma el libreto de campaña: "No era un perro de la calle, era un perro con collar. Muchas familias que tienen problemas para darles de comer a sus hijos están abandonando a sus perros".

De cara a las elecciones que marcarán el futuro de su carrera política, Kicillof no se relaja ni por un instante. Por primera vez al frente de una campaña de relieve nacional, transita días frenéticos, en los que se esfuerza por sacarse el traje de exministro de Economía y calzarse el de candidato a gobernador de Buenos Aires, un distrito en el que no vive, pero que recorre sin descanso desde hace tres años y medio.

Con equipo reducido y espíritu amateur, se apega a la estrategia discursiva del Frente de Todos: evita enfrascarse en discusiones sobre su gestión, casi no nombra a Cristina Kirchner y responsabiliza a María Eugenia Vidal, y no solo a Mauricio Macri, por el aumento de la pobreza y la desocupación en la provincia.

"A la gobernadora le preocupa más ayudar a Macri que cuidar a los bonaerenses", dice, en una charla telefónica con un canal de San Nicolás, minutos antes de llegar al municipio.

Le pasó el celular Jésica Rey, vocera de Kicillof desde su gestión en Economía, sentada en el asiento trasero. El elenco estable del "Kicimóvil" lo completa Nicolás Beltram, secretario privado. Antes de atender la llamada, Kicillof desplegó sobre su falda hojas con datos sobre el distrito (población, nombre del intendente), y otra con el encabezado "Frases AK San Nicolás". La primera oración dice: "La gobernadora niega el cierre de pymes". Cuando él la pronuncia al aire, Bianco asiente y Jésica levanta los dos pulgares.

Unos kilómetros más adelante, ella divisa un puesto de naranjas y bromea: "¿Paramos?". Dos semanas atrás, un video de Instagram del candidato comprando naranjas se volvió viral y blanco de críticas del oficialismo. Lo fustigaron por no distinguir naranjas de mandarinas y pusieron en duda la espontaneidad de la escena porque pagó más caro de lo que decían los letreros.

"¿Qué querían, que le discutiera el precio a la señora del puesto? A los buitres les discuto lo que sea, no le iba a discutir a la señora", se defiende él, y contragolpea: "Como no tienen gestión para mostrar ni nada para proponer, me atacan con el Clio y las naranjas".

Apenas se baja del auto para la primera actividad en San Nicolás, un almuerzo con sindicalistas, se le acerca un anciano con lágrimas en los ojos. "Ay, te vi tanto en televisión. ¡Qué emoción!", le dice, antes de abrazarlo y hacerlo desaparecer debajo de su camperón gris. Algo retraído, Kicillof sonríe, le palmea la espalda y posa para una foto. "¡Una fotito más, por favor!", le pide una señora de unos 60 años que cruza la calle al trote y se acomoda para una selfie. Con la mano temblorosa por los nervios, no logra tomar la imagen. Él la abraza para tranquilizarla, estira el brazo hacia el teléfono y saca la foto por ella. La escena queda registrada por un equipo audiovisual. Son cuatro jóvenes (un fotógrafo, dos camarógrafos y un encargado de redes) que lo acompañan en los recorridos.

En el restaurante lo espera Cecilia Comerio, precandidata a intendenta y dirigente de La Cámpora. "Voy a ser gobernador de los 17 millones de bonaerenses. No voy a gobernar para una fracción ni por orden de una fracción", respondió Kicillof, durante la nota telefónica, cuando le preguntaron por su relación con la agrupación que lidera Máximo Kirchner.

Después de comer unas empanadas, anota en un cuaderno el calvario que describen enfermeras, bancarios y trabajadores del puerto. "La gobernadora tiene muchos instrumentos para cuidar a los bonaerenses. Las tarifas están dolarizadas en la provincia por una decisión suya", dispara, cuando le toca hablar a él.

El recorrido sigue rumbo al parque industrial de Ramallo. Otra vez a bordo del Clio, muestra un libro que escribió. Se titula De Smith a Keynes. Cuenta que lo va a usar al día siguiente para dar una clase en la escuela de su hijo menor, Andrés, de 7 años.

"Tengo que explicar qué es el dinero. Es el tema más difícil de toda la teoría económica", advierte, antes de apoyar el libro sobre la guantera, llena de polvo. "No tengo tiempo de lavarlo", se excusa el dueño del "Kicimóvil". Conoció al candidato en 1998, en la Universidad Nacional de Quilmes. Kicillof dictaba la materia Corrientes Económicas Contemporáneas y Bianco era su alumno.

La visita arranca en la firma Termal Solution. Los dueños le cuentan que están facturando la mitad que en 2015 y lo llevan a conocer la planta. El recorrido se interrumpe cuando Jésica se le acerca con el teléfono y le habla al oído. Kicillof pide disculpas y se aparta. No lo suficiente para no adivinar que habla con Máximo.

"Maxi. Sí, me dijo Cristina que me ibas a comentar algo sobre el tema de la Justicia en la provincia. Sí, yo creo que hay que salir. Sin ir a los tobillos, pero habría que decir algo. Había pensado algo como que no podemos permitir tener un Comodoro Py en la provincia, o algo así".

La segunda parada es en Provser, una planta proveedora de Ternium y Acindar. José Luis Zanini, dueño de la compañía, lo recibe en su oficina. "Dame buenas noticias que vengo medio bajón", rompe el hielo Kicillof, antes de que Zanini se queje por la falta de crédito.

El candidato recuerda que había estado en el parque industrial en 2014. "Vine a hacer las paces con Paolo", cuenta, en referencia a Paolo Rocca, CEO del Grupo Techint, dueño de Ternium. "Es importante hacer las paces con Paolo", responde el empresario. "Sí, es muy importante", concede Kicillof.

Después de una reunión con dirigentes de clubes de barrio y una conferencia de prensa, cierra el día con un acto en el gimnasio del club San Nicolás, colmado de militantes. Mientras él habla, Jésica escribe en su teléfono la gacetilla de prensa, sentada en el piso. Apoyado contra un equipo de sonido, Bianco organiza la agenda de la semana siguiente.

Al terminar el acto, Kicillof se zambulle entre la gente y se entrega a una intenso ritual de selfies, la mayoría con mujeres. Lo abrazan, lo besan, le acarician la cabeza. Él se deja llevar por la marea humana. Nicolás lo sigue de cerca y le señala el dedo anular. "En el último acto perdió un anillo", explica. Bianco ya fue a buscar el auto para esperarlo a la salida. El candidato saluda por última vez, parado en el estribo. El "Kicimóvil" se pierde en la noche.

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