A la deriva, entre apocalípticos y anestesiados

Crédito: Presidencia
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25 de septiembre de 2020  • 05:45

En solo diez días la triple crisis que padece la Argentina inició una dinámica de aceleración. La crispación política solo tiende a agudizarse a la par de la tensión cambiaria, mientras la pandemia pone al límite los sistemas sanitarios de varias provincias.

Un notable aporte hizo el miércoles el Presidente, al denunciar un supuesto "maltrato a la democracia", por parte de opositores y algunos medios "irracionales" (a los que no identificó). Palabras inflamadas e inflamables.

Alberto Fernández se sumó, así, al discurso de uno de los polos en los que la política nacional divide posiciones y pasiones. Agitó, además, el más que preocupante fantasma de una desestabilización institucional en curso. Fue un viaje sin escalas desde el hasta hace poco neonopasanadismo optimista al catastrofismo duhaldista. Nada con raíces verificables, pero todo recubierto de suficiente follaje narrativo como para sostener cada paisaje.

En momentos en que los problemas sin solución abundan, el manual populista aconseja identificar un enemigo. Fernández volvió a encontrar como presidente algunos de los antagonistas que eligieron Néstor Kirchner y Cristina Kirchner en 2008, cuando él todavía era jefe de Gabinete. Curiosidades de la historia. Lo que el actual jefe del Estado considera verosímil al exjefe de ministros le resultaba un exceso persecutorio. Por eso terminó renunciando y alejándose del kirchnerismo durante casi una década. "Volvimos mejores", suele repetir Fernández.

En este contexto, la antinomia sesentista de Umberto Eco entre apocalípticos e integrados parece haber transmutado en una nueva dicotomía entre apocalípticos y anestesiados

El cambio de roles y de responsabilidades tal vez resulte la mejor explicación para la mutación de las percepciones y la construcción de realidades en las que cree. Mucho más que la adjudicación a una elaborada estrategia de inspiraciones laclausianas. La inseguridad, la desconfianza y la fragilidad suelen agigantar temores y obturar la admisión de errores.

Desde hace un tiempo lo que se escuchaba en la periferia de la Presidencia parece haberse impregnado en las paredes de los principales despachos de la Casa Rosada. Los temores y las pesadillas oficialistas abundan y encuentran puntos de apoyo en tres hechos concretos:

  • El creciente hartazgo social, fruto de la prolongación de la pandemia y la cuarentena sin fin, expresado en la declinante imagen presidencial en las encuestas.
  • Las recurrentes y crecientesmarchas opositoras al Gobierno.
  • La profundización de la crisis económico-financiera, que el acuerdo con los bonistas no despejó ni postergó.

Detrás de cada uno de esos tres escenarios adversos, el oficialismo ve la mano de los desestabilizadores (políticos y mediáticos), que cobran más entidad a medida que los problemas se ahondan, el descontento crece y las críticas de los sectores más extremos de la oposición se profundizan. Los problemas están afuera. Las objeciones asordinadas o la desazón que expresan algunos gobernadores, intendentes y legisladores oficialistas, insospechables de antialbertismo, apenas se dejan oír, sin ser escuchadas.

La dinámica de acción y reacción solo tiende a ahondar los extremos peligrosos. La moderación que durante un tiempo ocupó la centralidad de la escena política empieza a ser desplazada por la radicalización.

En esa línea se inscribió el discurso de Fernández, anteayer, en Entre Ríos, pletórico de adjetivos descalificativos como "irracional", "locos", "maltratadores de la democracia". Un discurso cuya sintaxis sugirió una inquietante sinonimia entre locos, medios y periodistas que la conjunción "o" no logra descartar. Ya se sabe, esa "o" puede ser tan exclusiva como inclusiva. Trampas del lenguaje o de la psiquis.

La deriva del Gobierno, profundizada con las urgentes (o desesperadas) acciones para desplazar y reemplazar a los jueces Leopoldo Bruglia, Pablo Bertuzzi y Germán Castelli, que incomodaron e incomodan a Cristina Kirchner, solo logró extremar las aprehensiones de los sectores más radicalizados de la oposición.

El desafío de la moderación

Los cultores de la moderación de Juntos por el Cambio, con Horacio Rodríguez Larreta al frente, no se rinden, pero deben extremar esfuerzos para sostener su posición, resultar creíbles y no perder adhesiones.

El recorte de la coparticipación a la ciudad de Buenos Aires a punta de pistola de la bonaerense no facilitó en nada las cosas para los moderados. Para ellos, su último y gran soporte son las encuestas de opinión publica, La imagen del jefe de gobierno porteño se mantiene en lo alto y no ha dejado de crecer, mientras los confrontativos no logran revertir el resultado neto negativo en ningún sondeo.

En la oposición más dura las percepciones o la interpretación de la realidad también juegan un rol preponderante para reafirmar su posicionamiento. Les sobran los motivos para coincidir, desde la disidencia, con el Presidente. Para ellos tampoco hay dudas de que la democracia (más la república) está amenazada. Los sesgos cognitivos están en su mejor momento.

"Mauricio [Macri], Patricia [Bullrich] y otros duros no tienen dudas de que Cristina está llevando al gobierno a una deriva madurista. Y encuentran argumentos en las palabras y las acciones recientes de Alberto", explica un macrista que, aunque adhiere a la vertiente larretista, mantiene diálogo frecuente con el entorno del expresidente.

Según esos intérpretes, "Macri está convencido de que Cristina y La Cámpora aprendieron de las experiencias propias, pero sobre todo de las de Lula y Rafael Correa, que terminaron condenados por no ir a fondo, mientras que Maduro sigue en el poder tras arrasar con la oposición y las instituciones republicanas". Política comparada (de urgencia).

Es un hecho, la distancia que separa a cada una de las posiciones más extremas se ensancha cada día, al compás de la crisis económica y la extensión geográfica y temporal de la pandemia. Los temores, las desconfianzas y las peores presunciones solo tienden a profundizarse. Cada uno tiene su profeta para el apocalipsis democrático. Demasiado peligroso. El riesgo de las profecías autocumplidas siempre está latente.

Las tardías, descoordinadas y contradictorias reacciones del Gobierno ante la complicada situación económico-financiera agudizaron las percepciones negativas. El optimismo oficialista sobre un futuro esperanzador, que el paso del tiempo solo ha logrado alejar y poner en duda, aparece ahora como una versión aggiornada de aquel discurso nopasanadista del macripeñismo, que naufragó en las PASO del año pasado.

En este contexto, la antinomia sesentista de Umberto Eco entre apocalípticos e integrados parece haber transmutado en una nueva dicotomía entre apocalípticos y anestesiados, que tiene al país a la deriva de los fuertes vientos sanitarios, económicos y políticos.

La nula o muy acotada conflictividad en las calles, con la excepción del motín salarial de la bonaerense, solo tranquiliza a los anestesiados. La crisis cambiaria, agravada tras el refuerzo del cepo, hace diez días, encendió nuevas alarmas. La inquietud excede a la cuestión financiera y al malestar de quienes ahora no pueden comprar dólares. El termómetro solo da cuenta de un síntoma.

El fantasma del "que se vayan todos" ya no ronda solo en los dormitorios de los apocalípticos. Algunos racionales, moderados o dialoguistas temen que cualquier disparador pueda corporizarlo.

La bochornosa situación protagonizada ayer por el diputado oficialista salteño Juan Ameri, en medio de una sesión parlamentaria, constituye un triste y preocupante aporte para la causa de la antipolítica. La rápida reacción de Sergio Massa, como presidente de la Cámara, apenas logró atenuar el daño. La potencia escandalosa de la imagen y las explicaciones del legislador lo hacen irredimible ante una ciudadanía que atraviesa penurias de toda índole.

Un soplo alentador, sin embargo, aun exhalan algunos de los sectores menos crispados. No son pocos los dirigentes opositores y algunos funcionarios albertistas que, pese a todo, apuestan todavía a frenar a tiempo y reencauzar la crítica situación.

Sin embargo, para eso deberán hacer un arduo trabajo. No será suficiente el determinismo histórico duhaldista del "condenados al éxito" remixado en el optimismo albertista, expresado en el sanmartiniano "unidos venceremos". Menos aún si los apocalípticos tienen razón o si triunfan los anestesiados.

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