
Cantarero: hasta el escándalo, yo era un desconocido
Dice que Menem lo exhortó a luchar
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SALTA.- "Yo era un anónimo salteño en Buenos Aires hasta que pasó todo esto. No, no estoy marginado de la política y cumplo mis funciones. El martes pasado Menem me invitó en Buenos Aires a la reunión con los senadores peronistas y allí me exhortó a no bajar los brazos y a seguir luchando."
Una cierta dificultad en el habla y un cansancio que le pesa en los párpados y le apaga la mirada dan la impresión de un hombre deprimido y vencido.
Deprimido puede ser, aunque el senador Emilio Cantarero lo niega sin énfasis. Vencido, no.
Pese al escándalo de los presuntos sobornos en el Senado al que le regaló su nombre -y a otro escándalo que está por estallar aquí-, el Gallego o el Cabezón Cantarero parece mantener su poder. Ha sido y quizás aún sea el cerebro financiero de la dinastía política y empresarial de la familia Romero, del viejo don Roberto, el ex gobernador ya fallecido, y de su hijo Juan Carlos, actual mandatario.
"¿Por qué Reutemann se sacó de encima en el acto al senador Jorge Massat y Romero no puede apartar a Cantarero?", se pregunta el periodista independiente Sergio Poma. "¿Quién es el jefe de la organización, Romero o Cantarero?" -Emilio, te llama el gobernador -le avisa la esposa, Maruja (María), desde el primer piso en la hermosa casa de los Cantarero en la avenida del Golf 80, en el barrio Tres Cerritos.
"Discúlpenme muchachos, tengo que ir al aeropuerto a recibir a Menem, que viene a presidir el congreso de mujeres peronistas."
Así terminó ayer a la mañana la entrevista a la que accedió en el acto luego de que La Nación tocó el timbre y que se desarrolló mientras apuraba un desayuno de café con leche y galletitas con queso y mermelada.
-No me vayás a sacar la foto comiendo, ¿eh? -advierte al fotógrafo-. No, no tengo asesor de imagen. Ojalá lo hubiera tenido. Hasta han escrito que soy el jefe de una mafia, pero mi abogado me dijo que no hable de temas judiciales. Me planteó que eligiera entre seguir siendo un hombre político o un ciudadano dedicado a demostrar su inocencia. Son varias causas... voy a pasear mucho por los tribunales.
Cantarero se ha convertido en mala palabra y lo sabe. En el ambiente político local se dice que sale poco de esta casa, una de sus nueve propiedades declaradas y valuadas en 2.330.000 pesos. También que desvía la vista cuando se cruza en la calle con algún conocido.
Su esposa permanece a su lado y sus tres hijas lo apoyan. "Las tres se llaman María. Adriana María, que vive con nosotros. María Soledad, que vendrá pronto, y María Paola. Tuvimos una finca que se llamaba Las Tres Marías."
La cuarta María es Maruja, y quienes la conocen destacan su fuerte personalidad. Ella, no el esposo, se habría transformado en la obsesión de uno de los principales senadores imputados en el cansino expediente del juez federal Carlos Liporaci. En la bancada peronista del Senado comentan que ese senador teme que, si la situación judicial de Cantarero se complica, ella no estaría dispuesta a que lo conviertan en chivo expiatorio y podría contar varias historias que harían más repartidas las sanciones judiciales.
"A ver, a ver, esto lo tiene que responder ella. Vení, Maruja, acá me dicen que vas a meter miedo si agarrás la guitarra." Ella asoma la cabeza, escucha la versión y niega: "No puede ser cierto porque yo no sé nada. Sólo sé que Emilio es inocente".
"Tranquilizá al senador", pide Cantarero. Quien no estaría tranquilo es Romero. En público se ha distanciado de Cantarero, pero en privado, y así lo prueba la llamada, no puede y quizá no quiera hacerlo.
Desde que Cantarero afirmó a La Nación que había cobrado una coima por votar la ley de reforma laboral, Romero recaratuló su relación con él como "una amistad heredada" de su padre, Roberto. No es así y ahí radica el problema de Romero y el reaseguro de Cantarero.
Fue Roberto Romero, el fallecido ex gobernador y creador del imperio político y económico, quien en los hechos adoptó a Cantarero y lo instituyó en una suerte de hermano mayor de sus ocho hijos. Cantarero había ingresado a los 15 años como cadete en el diario El Tribuno, empresa insignia de los Romero. "Eso es cierto. Para mí Roberto Romero es un grande. Me enseñó a afrontar la vida más allá de los estados de ánimo."
Roberto, de quien él habla en presente como si aún viviera, también lo erigió en el cerebro financiero del clan. El contador Cantarero, título que en parte se lo debe al afán de don Roberto para que estudiara, maneja el dinero de la familia Romero desde hace décadas.
El senador integra la empresa Horizontes SA, de los Romero, y propietaria de El Tribuno, único diario salteño. Fue su contador y gracias a su estilo campechano dejó un buen recuerdo entre los periodistas.
Aquí se comenta que en algún momento el gobernador hará que Cantarero renuncie a su banca en el Senado, donde después del escándalo gozó de una licencia de 60 días prorrogada la semana pasada por otros 15 sin una palabra de apoyo de sus pares peronistas. A cambio, y tras comprarles las acciones a sus siete hermanos, Juan Carlos Romero y Cantarero se quedarían con el diario.
La urgencia de Romero por sacar a su senador del escenario nacional obedecería a que su gestión no pasa por un buen momento. Dos semanas atrás, a raíz del piquete en General Mosconi que ocasionó un muerto, el párroco de La Quiaca, Jesús Olmedo, habló en público de algo que en Salta suele comentarse por lo bajo, pero con insistencia.
"Vamos a ser claros, señor gobernador de Salta. Hay una muy sospechada, digamos, denuncia -dijo Olmedo- de que estaban (los Romero) mezclados en el tema de la droga."
Otro frente amenaza al gobernador. A partir de marzo El Tribuno deberá competir con un diario flamante, Nueva Provincia, propiedad del ingeniero Jorge Federico Méndez, constructor y político peronista que, luego de ser amigo y socio de Juan Carlos Romero y de Cantarero, se distanció en 1988denunciando que lo habían estafado y los enfrentó con tanto éxito que logró embargar las rotativas de El Tribuno.
Méndez, también precandidato a senador nacional por un sector del PJ salteño, afirma que "aquí hay un monopolio de la prensa que permite malversar a la opinión pública".
"El Tribuno está perfectamente manejado. Quiero mucho a los Romero, pero desmiento que vayan a hacerme copropietario del diario", asegura Cantarero.
-¿Renunciará a la banca? ¿Por qué le renovaron la licencia sólo por 15 días en el Senado?
-Porque el 7 de diciembre tengo el careo (en la causa de Liporaci) con la periodista María Fernanda Villosio (autora de la entrevista donde Cantarero admitió haber cobrado un soborno). No hay renuncia, pero siempre está a disposición del bloque justicialista si el bloque la pide.
-Un semanario local informó sobre el escándalo con las viviendas mal construidas del barrio Juan Pablo II. En la primera etapa de esa obra de 1008 viviendas participó Consultora Norte, donde usted era socio de Juan Carlos Romero.
-En Consultora fuimos socios, pero la responsabilidad ahí fue del sindicato de la construcción.
Un vocero del gobernador negó a La Nación que vaya a digitar la renuncia de Cantarero a la banca. "No es tema ni competencia del gobernador", explicó. Un pedido de entrevista con Romero no tuvo respuesta.
El escándalo del Senado retrotrajo a Cantarero a un infierno que lo quemó a fuego lento en 1988, cuando unas grabaciones telefónicas lo presentaron coimeando al presidente de la Corte de Justicia salteña para que manipulara el expediente sobre una estafa radicada por el ingeniero Méndez. Alguien había sembrado de micrófonos los teléfonos del poder y, dice Méndez, una copia de las cintas le llegó a él y terminó en la Justicia y en la Legislatura provincial.
Si bien no hubo sanción judicial con el argumento de que las grabaciones no las dispuso la Justicia, hubo sanciones morales. El presidente de la Corte renunció y Cantarero sufrió una depresión de dos años. A diferencia de hoy, la esposa y las hijas lo habían abandonado.
La memoria de un país de escándalos sin tregua es corta, y en 1995 Cantarero resurgió de sus cenizas y llegó al Senado como el hombre de Romero. Ahí comenzó otra historia.
"Me ha llamado Manolo desde España para preguntarme." Cantarero tiene un medio hermano en España, Manuel Cantarero del Castillo, que fue parlamentario franquista y hoy, a los 70 años, está retirado de la política. "Un hombre muy sano, Manolo", dice.
Crónica de una caída en desgracia
Todo comenzó el 29 de agosto último
Emilio Cantarero era el influyente presidente de dos comisiones clave (en términos económicos) del Senado hasta la tarde del 29 de agosto pasado en que admitió a La Nación que había cobrado el soborno por la aprobación de la reforma laboral.
La admisión, sorprendente, fue el dato decisivo para confirmar las versiones que envolvían a la clase política en una grave crisis. Cantarero fue el único legislador que aceptó su participación en los hechos (aunque luego desmintió haberlo hecho).
"Todos estamos en ésto..., aunque hubo algunos bol... que quedaron afuera y hablaron", dijo a María Fernanda Villosio, periodista de La Nación acreditada en el Senado. "Tengo miedo de ir preso", le confió.
Al día siguiente, cuando la confesión anónima (había hablado bajo esa condición), apareció publicada, el escándalo fue mayúsculo. Asustado, escudándose en la presión de sus pares del bloque peronista, y sin que nadie lo incriminara, se autoidentificó como el senador que había hablado con La Nación , pero negó el contenido del artículo.
"Lo publicado en el diario La Nación no tiene nada que ver con lo conversado con la periodista", dijo, rompiendo el pacto de off the record que había hecho. Al día siguiente, el diario reveló su identidad.
Dos días después debió admitir, en Salta, que, aunque públicamente lo había negado, era cierto que había estado con Villosio en su despacho. Pero denunció ante la Justicia a la periodista y al diario por "coacción".
En septiembre, la senadora Silvia Sapag, del Movimiento Popular Neuquino, denunció que Cantarero le dijo que "había plata de las petroleras" para aprobar la ley de hidrocarburos. Una semana más tarde, el senador salteño renunció a la presidencia de las comisiones de Combustible y Mixta Revisora de Cuentas.
El 27 de septiembre, el bloque del PJ le dio una licencia a su banca. El jueves último, la licencia, que vencía, fue prolongada por quince días.


