Carmen Argibay: una jueza que honró a las mujeres

Susana Medina
Susana Medina PARA LA NACION
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11 de mayo de 2020  

Hace seis años, el 9 de mayo de 2014, moría Carmen Argibay . La noticia me sorprendió en el aeropuerto de Nairobi, cuando regresaba de la Conferencia Bienal de la Asociación Internacional de Mujeres Juezas realizada en Arusha (Tanzania). Había ido en su representación, ya que Carmen no estaba bien de salud. Traía buenas noticias que no llegué a contarle. Había resultado presidenta electa para el período 2016/2018. Tampoco pude estar en la capilla ardiente que se levantó en la Corte Suprema de Justicia .

Después de un largo viaje llegué a Ezeiza y de allí fui directo al cementerio de Pilar para despedir a mi amiga y mentora. No había nadie. En la sala, solo su ataúd a la sombra de un gran y brillante crucifijo de bronce. Ironías de la vida: Carmen era una atea confesa y también bastante anticlerical. Recordé en ese momento lo que me había dicho una vez: "Susana, yo no creo, pero vos que creés, rezá por mí". Lo hice allí y lo sigo haciendo cada día, recordando su trabajo y cómo abrió un camino que terminó por instalar en la agenda pública, para siempre, los temas de justicia y la mujer que hoy resultan de ineludible tratamiento.

Estuvo privada de su libertad casi un año sin justa causa ni debido proceso por el autodenominado "Proceso de Reorganización Nacional", y sin embargo no guardó rencor ni deseos de venganza. Por el contrario, demostró grandeza de espíritu e independencia de criterio al momento de tener que resolver causas por delitos de lesa humanidad. No hizo de los derechos humanos un negocio. Esclava de la ley, no hacía interpretaciones académicas ni dogmáticas de ella. Solo recurría al sentido común y la experiencia.

Sus convicciones democráticas eran profundas e inclaudicables. De pocas palabras e ideas claras, las transmitió con valentía y sin ambigüedades. No tenía grises ni matices.

Reconocida y respetada internacionalmente, fue cofundadora de la Asociación Internacional de Mujeres Juezas, que presidió entre 1998 y 2000. Sería natural que luego fuera elegida para el Tribunal de Tokio, que tenía como objetivo escuchar los relatos de mujeres ya ancianas, violadas y sometidas a esclavitud sexual por las fuerzas armadas de Japón durante la Segunda Guerra. Ellas necesitaban una reparación y la obtuvieron con la sentencia dictada en diciembre de 2001 en La Haya.

El Tribunal de Tokio fue uno de los primeros tribunales integrados totalmente por mujeres que supieron escuchar a otras mujeres y comprender las situaciones traumáticas vividas por ellas. Carmen estuvo allí. Esa experiencia dejó profundas y dolorosas huellas en su alma.

En junio de 2001 fue nombrada por las Naciones Unidas jueza ad litem en el Tribunal Internacional para juzgar crímenes de guerra en la ex-Yugoslavia. Finalizado ese juicio, el 3 de febrero de 2005 asumió como ministra de la Corte y allí estuvo presente la Asociación de Mujeres Jueces de la Argentina, de la que había sido fundadora y presidenta.

Convencida feminista, en 2009 creó la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema, única en su tipo en el mundo, para capacitar en temas de género a magistrados y empleados. Recuerdo que decía: "No vamos a ver los resultados, pero tenemos que empezar. La clave está en la educación; educar para la igualdad". Carmen no está para ver que ese modelo ha sido replicado en diferentes provincias argentinas, que de manera progresiva han ido cambiando la doctrina y jurisprudencia de sus tribunales.

Más que una jurista, Carmen fue una humanista. Dedicó su vida a mejorar la de los demás a través de múltiples y variadas acciones, que llevó a cabo en silencio, con humildad, reserva, empatía y generosidad. Trabajó por una judicatura independiente, eficaz, eficiente, cercana a la gente y con perspectiva de género. Una judicatura igualitaria, transversal, abierta y federal.

Tengo en mi despacho la toga que usó en el Tribunal de La Haya, varias de sus distinciones honoríficas, las placas de bronce de las oficinas que ocupó, los libros y cartas de quien fue mi mentora, mi hermana en la ley, una jueza justa, independiente, coherente y transparente que me honró con su amistad, pero por sobre todo, con su visión y trabajo, honró a todas las mujeres, y a la Argentina, su país, al que tanto amó.

Jueza de la Corte de Entre Ríos y titular de la Asociación de Juezas Argentinas

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