Desafíos para un bipartidismo aparente

Claudio Jacquelin
Claudio Jacquelin LA NACION
Fuente: Reuters - Crédito: Agustin Marcarian
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29 de octubre de 2019  

Una imagen contundente dejó en la superficie la elección presidencial: el mapa político quedó dividido en dos hemisferios, que expresan un aparente bipartidismo.

La conclusión adolece de provisionalidad. Que dos fuerzas reúnan poco más del 88% de los votos es apenas un boceto de una construcción por hacer. Hay mucho por superar para convertirse en una realidad efectiva, capaz de adquirir alguna estabilidad. Por ahora, son ilusiones ópticas de la hiperpolarización.

Lo que emerge son dos frentes electorales, que ni siquiera han llegado al plano de alianzas programáticas sólidas y en cuyo seno conviven cosmovisiones que pueden llegar a resultar antagónicas.

La experiencia del actual oficialismo sirve para analizar el presente y hacer un análisis prospectivo sobre lo que puede ocurrir con el futuro oficialismo del Frente de Todos y con la próxima oposición cambiemita. También para avizorar cómo podrá ser el gobierno que empezará el 10 diciembre.

Alberto Fernández, presidente electo
Alberto Fernández, presidente electo Crédito: Silvana Colombo

La consagración de Alberto Fernández desborda de singularidades. La primera es que llega con una legitimidad indiscutible, con más votos que los obtenidos por la propia Cristina Kirchner en su primera elección presidencial.

Segundo, arribará a la Presidencia con un conocimiento del espacio y la función que no tenía ninguno de los que lo precedieron. También, con experiencia en la relación con los poderes formales y fácticos. Y una vivencia de más de 30 años dentro de la burocracia estatal.

Sin embargo, también llega con un poder delegado por Cristina, con quien ha tenido y tiene notorias diferencias. Las visiones discrepantes no solo no se han saldado, sino que la expresidenta reivindica todo su accionar y se considera reivindicada desde ayer. Más aún con la consagración como gobernador bonaerense de su exministro de Economía. Todo un detalle.

En la noche triunfal, las palabras de Cristina fueron tan explícitas como la selección de quienes ocuparon el escenario. El dominio lo tuvieron Axel Kicillof y La Cámpora.

En ese estrado no estuvieron los gobernadores. Y no fue siquiera mencionado Sergio Massa, a cuya cara nadie pareció haberle comunicado que estaban de festejo.

Al trípode sobre el que Fernández pretende asentar su poder le hicieron flaquear dos de sus patas en la primera noche.

Debe computarse, además, otro dato que arrojaron los comicios. El 80% de la diferencia que obtuvo el presidente electo lo alcanzó en la primera y en la tercera sección bonaerense. Ese conurbano infinito, del que Cristina ha hecho su bastión casi inexpugnable. No faltan en el cristinismo quienes dicen que esos votos solo le fueron prestados.

En las horas subsiguientes Fernández pareció hacer una demostración de independencia con la elección de dos de los cuatro integrantes del equipo de transición: Gustavo Beliz y Vilma Ibarra.

Ibarra es la autora de un best seller titulado Cristina vs. Cristina, que expone muchas contradicciones entre la palabra y la acción de la vicepresidenta electa.

Beliz vuelve después de que debió exiliarse del país y de la política durante la mayor parte de las administraciones kirchneristas tras haber sido ministro de 2003 a 2004 por iniciativa de Alberto Fernández y echado por Néstor Kirchner.

Esta misión sería el primer paso de un trayecto que depositaría a Beliz en un lugar de gran influencia en el próximo gobierno. Fernández ya lo ha dejado trascender.

Son las primeras pulseadas en la cima. No serán las últimas. El equilibrio es un objetivo que se alcanza después de varios golpes y que estabiliza el éxito. El fracaso, en cambio, suele reponer a los extremos.

Más allá de ciertos orígenes comunes de sus integrantes, la consolidación de un espacio oficialista medianamente homogéneo en visiones y objetivos es un modelo para armar. El ejercicio del poder lo pondrá a prueba.

Por el lado opositor, Cambiemos nunca pasó de una alianza electoral y parlamentaria a una coalición de gobierno. Lo que en tiempos de oficialismo no concretó será más arduo lograrlo en la oposición. Hay una ley de la política casi infalible: el poder aglutina; el llano dispersa.

Se avecina una horizontalidad sin dueños, aun cuando la elección dejó a Mauricio Macri con una fortaleza que no se avizoraba tras las PASO, cuando ya varios lo radicaban en Madrid. Sin cargos, sin institucionalidad en su espacio y sin propensión natural a la "rosca" política, en el llano estará obligado a ejercitarse en prácticas que supo desdeñar. Deberá reconstruir y resignificar su liderazgo.

Los aliados radicales de Cambiemos y varios de quienes han sido los socios fundadores del macrismo también tienen cosas para decir después de los duros cuatro años de oficialismo en los que tuvieron más sinsabores que satisfacciones. Ingratitud ha sido una palabra muy transitada entre quienes no habitaron y solo eran visitantes ocasionales de la Casa Rosada. Otro modelo para armar.

La capacidad de negociar será puesta a prueba hacia adentro y hacia afuera de cada fuerza política emergente de estas elecciones. El bipartidismo por ahora deberá esperar. En lo inmediato solo queda una hiperpolarización más líquida que sólida.

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