Dos países en pugna, en un final dramático

Fuente: Archivo
Las encuestas exhiben una tendencia a la paridad; también que a Fernández y a Macri cada vez les cuesta más sumar votos; es el reflejo de una sociedad partida
Jorge Liotti
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21 de julio de 2019  

Cuando faltan apenas tres semanas para las PASO, la campaña electoral parece condenada a una evidente pobreza conceptual, pero al mismo tiempo expuesta a un notable despliegue estratégico. Tiene cierta lógica. La polarización actúa como un marco de referencia general que facilita el discurso y simplifica los mensajes. El maniqueísmo del "nosotros o ellos" no requiere mucha explicación. Si hasta simula el lenguaje de la Guerra Fría, con Miguel Pichetto calificando a Axel Kicillof de "comunista" y Cristina Kirchner apelando a escenas de la película Good Bye Lenin para decir que ella es más capitalista que Mauricio Macri. Claro, se enfrentan, pero ninguno quiere estar del lado de los rusos.

En este contexto, las encuestas siguen marcando hoy una ventaja de Alberto Fernández, pero con una tendencia a emparejarse. Es producto del repunte de Macri, quien entre mayo y julio tuvo sus primeros 100 días de crecimiento sostenido desde su pico a fin de 2017. El promedio de más de una decena de sondeos ubica esa diferencia en torno de los 4 puntos, aunque hay consultoras importantes, como Isonomía, que ya hablan de un empate.

El Gobierno logró instalar la percepción de que quizá su ciclo no está terminado, como parecía hace unos meses. Y esa es la clave que define esta elección. En gran medida lo logró porque ahora pareció domesticar la inflación y el dólar. La correlación es directa: en abril, el 17% decía que Macri podría controlar la suba de precios y hoy esa cifra subió a 38%. Del mismo modo en abril, el 20% aprobaba la gestión de gobierno y hoy lo hace el 39%.

Los dos candidatos principales acumulan cerca de un 80% de la intención total de votos, si se proyectan indecisos, casi 10 puntos más que en las últimas elecciones. Esto quiere decir que además de la fuerte paridad, ya hay pocos lugares de dónde sumar. Por eso a partir de ahora, lo que empieza a verse es una cristalización de las cifras y la dificultad para crecer de las dos fórmulas. En esta interpretación se debe tener en cuenta que prácticamente no hay trasvasamiento de electores entre ellos, y que Roberto Lavagna, el extercero en discordia, ya está en un piso que promedia los 10 puntos y no tiene mucho más para ceder. El trabajo de Isonomía actúa como ejemplo: así como hoy marca un empate en 35 puntos, cuando indaga sobre el ballottage también registra un escenario de paridad. El fracking ya llegó a la roca dura.

Tal como está planteado el escenario, la elección se va a definir por detalles. Es como la escena de Match Point, de Woody Allen: la pelota puede caer de un lado o del otro de la red. Los encuestadores no hacen más que pulir sus mecanismos de proyección de indecisos. Por ejemplo, la consultora Opinaia realizó un ejercicio de análisis estadístico que permite comparar todas las respuestas de los encuestados independientemente de a quién dicen que votarán. Así determinó que el 8% de los que manifiestan la voluntad de votar a Lavagna podrían hacerlo por Macri, lo mismo que el 14% que afirma que apoyará a José Luis Espert; mientras que el 15% de los votantes de Nicolás Del Caño podrían acompañar a Alberto Fernández. Pero no solo se afinan los mecanismos de big data. Tan ajustado está todo, que en el oficialismo evaluaron la posibilidad de que los adultos mayores -que no están obligados a sufragar, pero que en su mayoría respaldan a Cambiemos- tuvieran urnas separadas para que pudieran agilizar el trámite, un auténtico incordio impracticable a esta altura. Hasta el pronóstico meteorológico del domingo 11 de agosto es parte del análisis. Unas PASO sin internas no son un gran atractivo para los ciudadanos más perezosos, un segmento que suele acompañar al oficialismo.

Segmentar versus generalizar

En el búnker de Cambiemos y en el de Frente de Todos coinciden en que la elección se define con los votantes del medio. Lectura básica de la hiperpolarización. Allí están Pichetto, Lousteau, Alberto, Lammens y otros con mensajes dirigidos al mundo libre. Por eso Lousteau pudo compartir actividad esta semana con Rodríguez Larreta y criticar su política de salud y educación sin que al jefe de gobierno se le moviera un pelo. Por eso Lammens puede decir que no es kirchnerista y Fernández diferenciarse del cristinismo sin que La Cámpora salga a lapidarlos. Hay que mostrarse amplios y moderados.

Pero en lo estratégico hay una diferencia sustancial. La Casa Rosada apuesta a la hipersegmentación mientras el peronismo mantiene una concepción generalista de la campaña. También tiene lógica. El Gobierno carece de un gran relato exitoso, y por eso el único leitmotiv común en sus spots son las obras, que según las mediciones es el activo más valorado por más del 50%. En tanto la oposición se apalanca en la crisis económica, con números que muestran que más de dos tercios consideran negativa la gestión macrista en ese rubro.

El diseño de la campaña de Cambiemos es cada vez más sofisticado, no solo por su capacidad de procesamiento de datos, sino por una organización que activa candidatos y mensajes como teclas en un tablero. La segmentación del mensaje llega hasta tal punto que, por ejemplo, esta semana Vidal le envió un mensaje por WhatsApp a un pequeño club de barrio bonaerense por su aniversario, pero además felicitó a un chico de ese club que recientemente ganó un premio deportivo. Lo más parecido a una campaña on demand. Durán Barba para dummies: no importa el mensaje, la gente vota en base a sus emociones. Incluso el anuncio del servicio cívico voluntario fue producto de la medición que les indicó que los jóvenes son un segmento adverso para ellos, que quienes a esa edad no estudian ni trabajan son una preocupación para la clase media de Cambiemos y que la Gendarmería es una de las instituciones con mayor nivel de aprobación.

Alberto Fernández, ahora con un jefe de campaña (Santiago Cafiero, nieto de Antonio e hijo de Juan Pablo), apuesta en primer lugar a su instalación como candidato (de allí su intenso recorrido por el interior y la cantidad de entrevistas que brinda), y en segundo término a exhibir apoyo dirigencial. Esta semana se mostró con la CGT y con los intendentes bonaerenses, como la semana pasada lo hizo con los gobernadores peronistas. Apunta a demostrar un esquema de poder propio, que le permita diferenciarse del kirchnerismo puro que tanto irritó a esos mismos sectores. Pero muchas veces esa gestualidad política queda eclipsada por los puntos irresueltos de su discurso. Sus recurrentes enojos cuando le preguntan por Cristina y la corrupción parecen minimizar un dato evidente: que ella es su compañera de fórmula y quien le ofreció ser candidato.

La grieta más profunda

Pero más allá de las estrategias que van a definir la recta final, hay otro dato que emerge con nitidez de las encuestas: la hiperpolarización electoral tiene un correlato social directo, que marca una fractura nítida entre dos concepciones del país. La grieta fue exacerbada por motivos políticos, pero tiene un sustento tangible. Un trabajo de la Universidad de San Andrés permite predecir el voto con el cruce de tres variables: edad, situación económica y ubicación geográfica. El 59% de los que tienen más de 70 años aprueban el trabajo del Gobierno, pero solo lo hacen el 22% de los millennials. En el segmento socioeconómico ABC1, la gestión de Macri tiene el apoyo del 57%, aunque en la clase baja solo del 25%. Y en el centro del país la acompaña el 54%, mientras que en el Gran Buenos Aires la valida el 22%. El jesuita Rodrigo Zarazaga, uno de los mayores conocedores del conurbano bonaerense, ancla esos indicadores en el territorio: "Los segmentos de votantes se pueden identificar claramente entre quienes viven en las villas y quienes están en otras zonas; entre quienes trabajan en la formalidad y quienes son trabajadores informales, y entre quienes reciben planes sociales y quienes deben solventarlos. Sufrimos un Big Bang social y vivimos en galaxias que se van separando". Sabe muy bien de qué habla porque realizó un profundo estudio sobre el tema y tiene mapas de calor por municipios que grafican cómo, por ejemplo en Lanús (considerado un distrito promedio), toda la zona de las villas Caraza y Sapito votó en la última elección al peronismo/kirchnerismo, y el área central que rodea a la estación de tren lo hizo por Cambiemos. La geografía electoral ya es casi una ciencia exacta.

Alejandro Katz define esta fractura con total contundencia: "Los dos candidatos expresan países muy diferentes; reales, no imaginarios. El oficialismo refleja un país relativamente moderno, próspero, dinámico y abierto al mundo, y tiene una localización geográfica precisa en el centro del país. Y el peronismo expresa las provincias pobres del norte y del sur, y los conurbanos de las grandes ciudades. Son dos países cada vez más distanciados, no solo por lo que representan hoy, sino como proyectos de sociedad, como formas de imaginar el futuro, como estructura de producción simbólica. Y el gran problema es que los actores políticos relevantes, en vez de entender cuál es el problema de quienes no representan, están diciendo que son una amenaza para ellos. Entonces cada sector percibe que el otro es una amenaza".

La elección más dramática de las últimas décadas se empezará a definir pronto en base a estrategias y detalles. La reconstrucción de un país partido en dos será un proceso mucho más complejo, que aún no encontró indicios en la campaña.

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