El diario de Yrigoyen
Según versiones que recogió la sección "En off" de LA NACION de anteayer, el secretario general de la Presidencia Oscar Parrilli habría ordenado que los diarios LA NACION y Clarín no circulen más por los despachos oficiales. También se sabe que ningún otro medio gráfico fue alcanzado por esta restricción y que la decisión que transmitió Parrilli habría obedecido a una instrucción directa de la Presidenta. Algunos observadores memoriosos compararon esta decisión del Gobierno con el famoso "diario de Yrigoyen" que, según se dice, le editaban al gran caudillo sus más íntimos colaboradores entre 1928 y 1930 para "dibujarle" una descripción "rosada" de los acontecimientos, disociada de la realidad.
No quedan pruebas fehacientes de esta legendaria conjura pero, si bien el "no" a algunos diarios de Cristina ilustra en cierto modo el clima de clausura ante la información al que puede llegar un gobierno, todavía subsisten diferencias relevantes entre Yrigoyen y los Kirchner. Debe anotarse, por lo pronto, que don Hipólito, más que el autor de la "desinformación" que lo acompañaba era su "víctima", ya que ignoraba la manipulación de la que era objeto. En el caso de Cristina, al contrario, la censura "interna" de los diarios que le llegan habría provenido de ella misma y, habida cuenta de que el Gobierno ha recurrido a otras desinformaciones a veces tan groseras como las estadísticas del Indec o el anuncio de los encuestadores complacientes que lo daban ganador de las elecciones en la noche del 28 de junio, tendrían cierta razón aquellos que vienen de señalar que, a la inversa de 1928, los destinatarios del nuevo "diario de Yrigoyen" seríamos, en 2010, el conjunto de los argentinos.
Un rasgo común liga de todos modos a ambos episodios. Los amigos de Yrigoyen le estaban haciendo un grave daño con la mejor de las intenciones porque, para ahorrarle disgustos, lo privaban de saber lo que pasaba. Y fue así como todos sabían del inminente golpe del 6 de septiembre de 1930, que acabaría con ochenta años estabilidad, menos el propio Presidente quien, de haber sido bien informado, quizás habría podido tomar medidas para evitarlo. Aislarse de lo que ocurre a su alrededor ha sido una tentación recurrente de nuestros gobernantes pese a que los primeros perjudicados, cuando caían en ella, eran ellos mismos. Negar las noticias desagradables que en estos días les vienen de afuera, por ejemplo el aumento de la inflación, quizá proporcione un breve alivio a los actuales gobernantes, pero no por ello deja de ser verdad que las críticas al Gobierno, aunque sean molestas, le son necesarias para tratar con la realidad. Lo alarmante no es sólo que el Gobierno pretenda burlar al pueblo mediante la desinformación, sino también que, al hacerlo, se exponga al riesgo de burlarse a sí mismo.
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