
El ministro récord
En 1955 decía que el peronismo era sanguinario; ahora es el funcionario más antiguo del menemismo
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De adolescente predicaba que el peronismo era sanguinario y en 1955 se probó la ideología de un comando civil que apoyó la caída de Juan Perón. Abandonó esas ideas como quien se desprende de una camisa manchada para declararse luego peronista renovador.
Cuarenta y cuatro años después, Guido Di Tella sabe que los libros de historia argentina lo mencionarán como el canciller que batió los récords de permanencia en ese cargo y en el gobierno menemista.
¿Cómo hizo para ser el ministro que más duró junto a Menem?, es la pregunta obligada a Di Tella.
"Aplico la filosofía del peronismo ortodoxo: "De casa al trabajo y del trabajo a casa"."
Excéntrico, irónico, prudente pero espontáneo y sólo en apariencia superficial, a los 68 años, el canciller sabe también que su futuro se erige, tal vez, turbio: cuando deje su despacho de un piso 13 de Retiro perderá los fueros. Y con ellos, la inmunidad que lo exime de ser indagado por la Justicia por haber firmado decretos que permitieron la venta de armas a Croacia y a Ecuador.
"No era gorila, pero tenía una actitud poco tolerante del peronismo, al que veía sanguinario y autoritario. Pero los bombardeos de 1955 sobre la Plaza de Mayo y la secuela de 300 muertos demolieron la ficción de un peronismo criminal y una oposición santa", interpreta.
A Carlos Menem lo conoció por azar, cuando desistió de participar en el ala más progresista de la democracia cristiana para encolumnarse detrás del peronismo renovador de Antonio Cafiero.
Otoño del 76
El inicio de la amistad con el Presidente le trae malos recuerdos. Fue en una noche de otoño de 1976. Era 24 de marzo y Di Tella fue detenido a escasas horas del golpe militar que derrocó a María Estela Martínez, viuda de Perón. Fue alojado en el barco Los 33 Orientales, donde luego llegó Menem, ya caudillo en La Rioja.
"Tuve miedo y dejé de ser chistoso en ese barco", confiesa. Los pedidos de sus compañeros de militancia hicieron que el entonces ministro José Martínez de Hoz intercediera por Di Tella, el menor de los dos hijos varones de Torcuato Di Tella, un inmigrante italiano cuyo apellido era la marca de una línea de electrodomésticos y de un automóvil: el Siam Di Tella.
Una semana después estaba en Inglaterra. Ya graduado de ingeniero en Buenos Aires y doctor en Economía en Massachusetts, vivió en el exilio gracias a las clases sobre economía general que dictó en la Universidad de Oxford.
El inglés era su segunda lengua: lo había aprendido en clases que pagó con su primera novia, Nelly, una jovencita de Rojas con quien se casó y convive en un piso de plaza Francia. Comparten cinco hijos, todos graduados en Inglaterra, que le dieron 9 nietos. "Todos mis nietos son casi extranjeros", escribió Di Tella a los malvinenses en una de sus cartas que, junto con ejemplares de "El principito", postales de Buenos Aires y ositos Winnie The Pooh, remitió a las islas en las últimas navidades.
"Parece un enamorado no correspondido", criticaron los ex combatientes. Pero él prefiere creer que en Puerto Argentino "están convencidos de recibir cartas de un viejito amigable, casi un ga-gá".
Coleccionista de arte y de guacos precolombinos (donó sus adquisiciones al Museo de Bellas Artes), Di Tella se muestra como un idealista distraído, pero se mueve en la diplomacia como un disciplinado realista. Tomó como modelo a Bernardo de Irigoyen, canciller en el siglo pasado, un federal abierto hacia los unitarios.
La seducción como arma
Di Tella eligió como estrategia lo que la religión define como las armas del diablo: la seducción. La intenta probar con los casi dos mil isleños, de quienes conoce sus nombres y apellidos (leyó minuciosamente la guía telefónica de las Malvinas).
"La seducción se traba en el secreto, lenta o brutal", definió Jean Baudrillard. Y Di Tella parece adherir al filósofo francés. Tras aceptar que los isleños evitaran fotografiarse junto con él no dudó, en mayo último, en Londres, tararear un desafinado "Mi Buenos Aires querido" ante dos perplejas consejeras isleñas, a quienes besó en las mejillas.
A los isleños, Di Tella explicó "más de cien veces", calcula, los beneficios de restablecer los vuelos. Cansado de explicaciones, sintetizó: "Si no hay vuelos, no hay verduras", por el desabastecimiento que sufren las islas.
Llegó en 1989 a la embajada argentina en Washington por pedido de Menem, tras ocupar una banca de diputado desde 1987, y respaldó el alineamiento con los Estados Unidos. "A los gringos los engañamos para que nos tengan en cuenta", festejó. Y luego de proclamar las relaciones con Washington "como carnales", compartió una conferencia de prensa con la secretaria de Estado norteamericana, Madeleine Albright.
Un periodista preguntó por las "relaciones carnales" y cuando la intérprete tradujo, Albright miró con ojos rapaces a Di Tella. "Hay un error, no puede ser lo que estoy escuchando", se ofendió la funcionaria. Tranquilo, el ministro tomó su mano y susurró: "Madeleine, la traducción es correcta, después te explico".
Entre sus definiciones, que parecen pensadas para que rocen el punto más alto de ironía, tuvo frases de mal gusto, como la que dio acerca de la investigación, en España, sobre el destino de los desaparecidos: "Los muertos, muertos están", dijo.
No es menemista fanático, pero defiende fervorosamente a su jefe en los lugares que frecuenta, como el instituto y la universidad que llevan su apellido.
No obstante, a veces se metió en un brete. Fue el único defensor oficialista de Domingo Cavallo, su predecesor, cuando éste se había ido del Gobierno, e hizo lo mismo con Cafiero, tras la elección interna de 1988 en contra de Menem.
Admite haber transgredido algunos de los principios que de joven defendió con garra. Y con la misma pasión con la que compra pinturas de artistas argentinos (en 1975 fue titular del Fondo Nacional de las Artes) devora biografías.
"¿Qué pasó?"
Se levanta a las 6, estudia portugués y escucha música clásica. Huye de los deportes, aunque le gusta montar a caballo.
"La poligonal está muerta y enterrada", casi decretó, en 1998, y enojó al gobierno chileno en plena disputa por los límites de los hielos continentales.
Tuvo un papel protagónico en los acuerdos del Mercosur y en convertir a la Argentina en aliado extra-OTAN de los Estados Unidos.
Las encuestas lo señalan como el funcionario con mayor imagen positiva. Sus preferencias son disímiles de las de Menem y no es habitué de las citas gastronómicas de Olivos.
La única vez que fue a una cancha lo hizo invitado por el vicecanciller, Andrés Cisneros, a quien incorporó a su círculo de amigos en los setenta, por considerarlo "un tipo muy lúcido". Ambos parecen inseparables.
"Fuimos a la cancha de Vélez a ver un partido entre la Argentina y Brasil. Hubo un gol y Guido me preguntó: "¿Qué pasó?"", cuenta Cisneros. Y relata lo que sigue.
-Metió un gol Brasil.
-¿Y por qué nadie dice nada, no aplauden?
- Porque fue Brasil y no la Argentina, y la mayoría hincha por la Argentina.
-Deberíamos aplaudir y no ser irrespetuosos.
Rasgos
- Amistad: conoció a Menem en el barco donde ambos estuvieron detenidos luego del golpe militar de 1976.
- Las Malvinas: impulsó la política de seducción con los isleños, a quienes conoce por su nombre y apellido.
- Frase controvertida: dijo respecto de los desaparecidos que "los muertos, muertos están".
- Palabras polémicas: habló de las "relaciones carnales" con los Estados Unidos y aseguró que la "poligonal (para los límites en los hielos continentales) está muerta y enterrada".
- Hábitos: es coleccionista de arte. Se levanta a las 6. Estudia portugués.



