
"El optimismo de la razón", nueva serie de notas de La Nación
Un proyecto de desarrollo de Pablo Gerchunoff y Lucas Llach.
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Con la primera edición del año La Nación inició una serie de artículos, que hoy concluye, sobre las enseñanzas que deja la crisis argentina.
Durante ocho días, intelectuales, empresarios, economistas y periodistas expresaron puntos de vistas fundados en la idea de que, si se aprovechan como lecciones las duras experiencias habidas, será posible revertir los hechos y superar, por lo tanto, la sensación generalizada de desaliento que se ha instalado en el país.
La respuesta entre los lectores a la publicación de esta serie ha sido notable, a tal punto que se ha decidido prolongar por varios días más la difusión de la correspondencia recibida.
Y la calidad de la respuesta ha sido lógica, porque es impensable que haya cuestión alguna que pueda involucrar con mayor intensidad las emociones y el razonamiento de los argentinos.
No hay otros que puedan pensar más hondamente el país que aquellos a quienes les duele, precisamente por ser sus protagonistas.
Como una manera de cerrar con un conjunto de proposiciones económicas sistematizadas el objetivo de trazar lineamientos que permitan dejar atrás una crisis recesiva que se ha prolongado treinta meses, La Nación publicará, a partir de mañana, en diez notas sucesivas, un trabajo de los economistas Pablo Gerchunoff y Lucas Llach que lleva, como título común, "El optimismo de la razón".
La esperanza explícita en la contribución de Gerchunoff, jefe de asesores del ministro de Economía, y de Lucas Llach, autor con aquél del libro "El ciclo de la ilusión y el desencanto", parte de la base de que hay un proyecto viable de desarrollo inmediato del país.
Ese proyecto, que los autores denominan de desarrollo nacional dentro de una economía abierta, será desmenuzado en los sucesivos artículos que La Nación publicará desde mañana.
Gerchunoff y Llach analizan los momentos dominantes de la historia económica del país, se detienen en las características del contexto económico internacional que gravita hoy sobre la Argentina y concluyen que tres componentes centrales del modelo nacional para las primeras décadas del siglo XXI deben ser:
- La salud financiera del Estado en todos sus niveles.
- El fomento de la productividad, que garantizará el crecimiento.
- La promoción de la equidad, como un fin en sí misma pero también como un medio de legitimidad social y, por lo tanto, de sostén político a un nuevo esquema de desarrollo.
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Tras el blindaje financiero, que otorgó previsibilidad ante los mercados internacionales a la Argentina inmediata, llegó el descenso de las tasas de interés en los Estados Unidos y, con esto, una promesa más de alivio interno para tantas angustias, como también parece serlo el aumento que se ha ido dando en los precios de algunos productos básicos de exportación agropecuaria.
¿Es sólo nuestra crisis o a nuestra crisis se suma un desasosiego extendido, por diversas razones, en todo el mundo?
John McNeill, en un libro de reciente aparición en inglés sobre la historia del medio ambiente en el siglo XX, confirma que en los últimos cien años la población mundial creció cuatro veces, hasta superar los 6000 millones de habitantes.
Pero que también se desencadenaron estos otros hechos destinados a gravitar sobre el futuro de la Humanidad: el consumo de energía creció en el siglo XX dieciséis veces; la polución del aire, cinco veces; las emisiones de dióxido de carbono, diecisiete; las de sulfuro, trece; el uso del agua, nueve... mientras que la extracción de peces de los mares, ¡se multiplicó por treinta y cinco!
Por esto último Canadá prohibió en 1992 en su mar territorial la pesca del bacalao; pero por eso mismo, también, una de las crisis argentinas de 2000 fue la de la merluza.
La inseguridad en las grandes urbes es un fenómeno de la Argentina de las últimas décadas, pero lo es también en el mundo, con la excepción, tal vez, de los Estados Unidos, cuyas principales ciudades dan la sensación de estar de vuelta de los años de su violencia más intensa.
El tedio por la política partidaria y la crisis de la representatividad política son otros datos de la Argentina de transición entre un siglo y otro, pero están también presentes entre las cuestiones en debate en grandes centros del mundo, particularmente en Europa.
Las organizaciones no gubernamentales han acrecentado en estos años su significación en la sociedad argentina, pero igualmente lo han hecho en diferentes países de América y de otros continentes.
Claude Smadja, director del World Economic Forum, sugiere que la actividad de esas organizaciones, tan representativas de la llamada sociedad civil, se ha hecho tan fuerte que el análisis del caso ocupará un espacio en la conferencia anual de Davos, que se abrirá el 25 del actual. Y no porque el crecimiento de las ONG se observe sólo como una reacción contra las fuerzas fuerzas políticas convencionales, sino también contra la concentración del poder en los mercados financieros.
Una crisis nacional, pues, en medio de problemas y cambios compartidos por todos en un mundo que procura acomodarse a los dictados de la globalización, caracterizada, según Smadja, por:
- La amplitud de la revolución tecnológica en la información y las comunicaciones.
- La magnitud de los procesos de integración económica.
- El volumen y extrema movilidad de los flujos financieros internacionales.
El desempleo y la desigualdad económica han sido otras de las notas distintivas de la crisis argentina.
¿Pero no son también ellas manifestaciones de lo que sucede en la globalización, cuando se sabe que uno de los temas de Davos será si los negocios privados no deberán asumir en adelante una carga mayor en la resolución de los problemas sociales?
Una premisa que lo dice todo, tratándose de la inminente cumbre del capitalismo, en los Alpes suizos: "El mercado no tiene respuesta para todo".
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Por naturaleza el hombre expresa las venturas y desventuras de su tiempo con un dramatismo egocéntrico, que lo lleva frecuentemente a excesos que las generaciones siguientes juzgarán con severidad o indulgente ironía.
En ese sentido, que el lector juzgue, como mejor le plazca, lo que afirmaba el editorialista del Herald Tribune, en la edición del 8 de enero de 1901: el siglo XIX será recordado como el que abolió las distancias en la transmisión del pensamiento y redujo de diez a uno el tiempo de transporte de hombres y mercaderías; y esto hará de él el siglo más notable de todas las edades de la historia.
¿Qué podría, entonces, decirse de los resultados del siglo XX, a pesar de tantas aberraciones y tantos asuntos insolubles que ha dejado pendientes?






